Era la economía, estúpido

Por Bruno Odone Pasquali

La frase “It’s the economy, stupid…”  fue acuñada por primera vez durante la campaña presidencial estadounidense de 1992. El encargado de inventar la repetida frase fue James Carville, asesor de Bill Clinton. Carville tenía la dura tarea de hacerle frente al casi imbatible, para la mayoría de las encuestas y analistas políticos, George H. W. Bush. De esta forma, la frase se transformó en un verdadero mandato filosófico dentro del equipo de campaña de Clinton y orientó todo discurso, palabra y gesto del candidato demócrata. Ese era, según Carville, el único modo de vencer al ampliamente favorito Bush, quien se presentaba para su reelección con cerca de un 90% de aprobación debido a la exitosa primera guerra del Golfo (la vieja táctica de usar conflictos bélicos para ganar elecciones). Sin embargo, y contra todo pronóstico, Clinton logró dar vuelta las encuestas y lo hizo precisamente haciendo énfasis en el elemental (y muchas veces ignorado) hecho de que, sin una economía próspera para la sociedad completa, todo lo demás pasa a segundo plano.

Y cuando Carville decía todo lo demás, efectivamente era todo lo demás.

Yo mismo me hubiese negado a aceptar una afirmación así de rotunda hace dos meses. Pero la actual crisis me puso frente a la verdad. Las situaciones extremas, dicen, te ponen frente a la verdad. Es casi poético, una manera elegante de decir que las situaciones normales la eluden (posiblemente esa es la razón por la cual muchos quieren volver prontamente a la nueva normalidad). Y es que las mentiras habituales que nos acompañaban todos los días ya no funcionan bien, hay que crear mentiras especiales que sirvan para tranquilizarnos durante este sombrío y triste espectáculo.

Y hay una mentira que circulaba con particular fuerza: que China pudo enfrentar de mejor manera la pandemia porque es una dictadura, que pudo cerrar sus ciudades y obligar a sus ciudadanos a respetar las cuarentenas porque es un régimen autoritario. La idea se transformó en uno de esos lugares comunes que aceptamos y repetimos sin repensar. Me incluyo porque también lo creí en un principio, pero pronto apareció Corea del Sur, quienes igualmente supieron contrarrestar el virus con éxito. Solo me quedaba una explicación: La cultura asiática. La caricatura era perfecta: Ordenados, metódicos, organizados y respetuosos. Pero luego llegó Nueva Zelanda y la caricatura se derrumbó como castillo de naipes. No eran ni las dictaduras ni los asiáticos. La crisis me puso frente a la verdad: Los países que enfrentaron con mayor éxito al virus fueron los países más ricos. Efectivamente, ¡era la economía, estúpido!

El obstáculo para establecer cuarentenas extremas en las democracias occidentales nunca fue la libertad. Nada indica que millones de ciudadanos se habrían negado a encerrarse, arriesgando su salud y la de sus familias por gusto. La clave estaba en el axioma más esencial que tiene la ciencia económica: Los individuos responden a incentivos. Nadie podía quedarse encerrado en su casa sin trabajar, el incentivo a tener algo en la olla para el otro día es más fuerte que cualquier virus.

El caso de Chile, y Latinoamérica en general, nos hizo abrir los ojos. Acá, a diferencia de Europa y de los países ricos de Asia, la gente no respeta el encierro, pero la explicación nunca fue el sistema político ni la raza (si es que existe eso de la raza), siempre fueron los incentivos económicos. No hay cuarentena viable en la práctica cuando el porcentaje de empleo informal en nuestro país era cercano al 30% hasta antes de la crisis. La gente saldrá igualmente para poder comer al día siguiente sin distancia social ni comisaria virtual que lo impida. Y ahí surge el rol del Estado para entregarle los recursos a quienes no puedan generar ingresos producto de la medida. El incentivo para quedarse en casa no era repetir la orden mil veces en un matinal o hacer campañas por redes sociales (#QuédateEnCasa), el incentivo real era entregar los recursos suficientes para que las familias puedan quedarse tranquilas en las casas, sin necesidad de salir.

Siempre fueron los incentivos, y siempre lo serán. Como para tenerlo en cuenta para la próxima vez.

Poder

Por Matías Acuña Núñez

La muerte de George Floyd a manos de la policía la semana pasada ha desatado una ola de manifestaciones en Estados Unidos. En medio de uno de los momentos más complejos en mucho tiempo, la gente está saliendo a las calles a protestar contra el abuso policial y, principalmente, contra el racismo. Gracias a las bondades de la tecnología y por el hecho de que vivimos en un mundo altamente globalizado, la noticia se ha expandido rápidamente, lo que tiene a millones personas de diversos lugares del planeta apoyando esta legítima causa; ya sea mediante sus redes sociales o en la misma calle, como es el caso de varios países europeos.

La historia de Estados Unidos está marcada por una larga tradición de discriminación racista que va desde la esclavitud, al movimiento por los derechos civiles de Martin Luther King y lo ocurrido históricamente con la población indígena e inmigrantes latinoamericanos, asiáticos y europeos. Dado ello, probablemente resulte simplista atribuir sólo a Trump la responsabilidad de lo que ocurre. Sin embargo, un presidente que hizo campaña con la idea de instalar un muro para controlar la inmigración de ciudadanos mexicanos y que hoy ha respondido a las protestas con un discurso violento y polarizador, sin duda que ayuda a intensificar el descontento. De alguna forma, el mandatario ha colaborado a convertir esta lucha minoritaria, en una reivindicación social.

Los recientes sucesos se suman a la no menor cantidad de levantamientos sociales ocurridos en el último año -y en la última década, por cierto-, dentro de los que se hallan Chile, Ecuador, Francia y Puerto Rico, sólo por mencionar algunos. Aquello produce interrogantes sobre la estabilidad de la democracia, y su latente vulnerabilidad a las crisis sociales. ¿Será esto algo propio de su naturaleza? ¿Algo que yace intrínseco en un sistema que da libertades a sus integrantes para actuar de manera en que socavan el status quo?

En medio de toda esta discusión, algo que sin duda ha provocado curiosidad es la irrupción de Anonymous. La aparición de la famosa máscara en cada una de nuestras pantallas probablemente haya provocado sensaciones diversas. Por un lado, parece brindar la narrativa que estaba haciendo falta para consignar a este año como digno de un rodaje cinematográfico; lo que ayuda a la distensión en un momento en que esto es especialmente necesario (dada la catástrofe sanitaria y económica que vivimos). Pero por las mismas razones por las que para algunos supone algo entretenido, es que para otros este hecho ha despertado signos de la más grande desesperanza. No obstante aquello, ¿cuál es el origen de la máscara de la que todos hablan?

Cuenta la historia que en los albores del siglo XVII, la comunidad católica residente en Inglaterra estaba altamente descontenta con la gran represión que el Estado absolutista, dirigido por Jacobo I, les imponía. Un grupo de ellos, liderados por Guy Fawkes, organizó la llamada “Conspiración de la Pólvora”, la cual tenía como objetivo hacer explotar el Palacio de Westminster -lugar en donde se reunía el rey junto al parlamento británico- como un primer paso para acabar con la represión y establecer un Estado católico. Pese a los esfuerzos, el complot fue descubierto y sus responsables fueron ejecutados públicamente. Sin embargo, la historia se encargó de convertir a Fawkes en un símbolo de revolución, dando inspiración a la máscara que hoy forma parte de la cultura popular y que está basada en sus rasgos faciales.

Es así que nos preguntamos nuevamente: ¿Son las crisis sociales algo propio de la democracia? Aristóteles probablemente nos diría que más que de la democracia, las crisis sociales son propias de la política. Y es que -parafraseándolo- si la gente cree que tiene menos de lo que merece; se siente despreciada o socialmente inferior; y habita un lugar en donde el bienestar se desarrolla de manera desproporcionada, pueden armarse facciones que busquen un cambio. Es decir, cuando los oprimidos se dan cuenta de que son oprimidos, no tarda en llegar un levantamiento social, sea en una monarquía como la de Jacobo I o en una democracia como la que eligió a Trump.

Sin embargo, también es interesante analizar las diferencias entre la Inglaterra de esa época y la de los conflictos sociales actuales. No es difícil advertir la gran brecha temporal que los separa, lo que involucra divergencias en torno al nivel de conocimiento, información circulante, ciencia y tecnología. Las sociedades de hoy son, con toda seguridad, mucho más avanzadas que las de ayer. Y las personas, al ser más educadas, son más autónomas.

En este sentido, podemos apreciar que la tecnología ha impulsado algo así como la “digitalización de la vida”, lo cual implica que gran parte de nuestra cotidianeidad y nuestras relaciones sociales son en torno a nuestros dispositivos electrónicos. Cada persona vive su propia burbuja, mirando los contenidos que le gustan, lo que tiene efectos en la construcción de la propia identidad. Aquello podría interpretarse como sinónimo de que la tecnología nos está aislando y haciendo más individualistas, y menos propensos a hacernos parte de causas sociales. Pero académicos como Manuel Castells le dan una interpretación algo distinta. Según el sociólogo español, la tecnología, y más precisamente, las redes sociales, han aumentado el sentimiento de solidaridad entre las personas del mundo.

Por consiguiente, el acceso a la información y el conocimiento, y el avance de la tecnología nos han hecho, por un lado, más autónomos (lo que no implica que más individualistas) y, por otro lado, más solidarios. Es decir, podemos concebirlos como una herramienta para la organización social, una suerte de catalizador de las causas sociales. Al final, sociedades con más acceso al conocimiento son, probablemente, sociedades más empoderadas y democráticas. Esto toma sentido cuando pensamos en que la manifestación ciudadana de los problemas sociales es un acto profundamente democrático.

Podemos apreciar, entonces, que a diferencia de otros tiempos, hoy el conocimiento está notablemente más democratizado. Gracias a la tecnología, ya no existe un monopolio de la información por parte de la autoridad, lo que implica que esa autoridad cede algo de poder.

Y ante esta premisa, Anonymous es la representación por excelencia. Su alto acceso al conocimiento tienen hoy a varias instituciones, incluido el presidente de la nación más poderosa del mundo, amenazados públicamente respecto de revelar información comprometedora. Cierto o no, esto significa grandes obstáculos para la gobernanza, debido al efecto que provoca esta circulación de información entre las masas.

Ya no nos preguntamos, entonces, por la estabilidad de la democracia, sino que por la del poder mismo. Es la figura de la autoridad lo que está en jaque: ¿hasta qué punto el avance de la tecnología, y más precisamente, la masificación de la información son coherentes con la noción de sociedad y de política que tenemos? ¿Podrán coexistir en el futuro la sociedad de la información y el poder?

Momento

Por Pablo Torrejón 

Daron Acemoglu y James A. Robinson hablan en su libro “¿Por qué fracasan los países?” sobre “el mundo que creó la peste”. En este pasaje del libro exponen cómo la plaga bubónica que llegó a Constantinopla en 1347 y que ya en 1348 se extendía por Francia y el norte de África, matando alrededor de la mitad de la población de cualquier zona afectada, transformó los aspectos sociales, económicos y políticos en las sociedades europeas medievales.  La falta de trabajadores provocó una crisis en el sistema feudal presente en esos tiempos y animó a los campesinos a exigir cambios. Particularmente, en Inglaterra, el intento del Estado por acabar con los cambios institucionales que se pedían no fue exitoso y en 1381 estalló una revuelta que decantó en un mercado de trabajo más inclusivo y con mayores sueldos. Los autores también explican que, a pesar de que el impacto demográfico que tuvo la peste negra en toda Europa fue bastante similar entre los países, los cambios institucionales que trajo no fueron iguales para todos. En Europa oriental, donde las ciudades eran menos pobladas, los señores aumentaron los impuestos que recaudaban de los inquilinos y se quedaban con la mitad de la producción bruta acrecentando el mercado del trabajo extractivo. Esta divergencia institucional derivada de una crisis sanitaria terminaría influyendo en el futuro de Europa.

La portada del 23 de mayo de 2020 en The Economist (publicación semanal con sede en Londres) lleva como título: “Seize the moment”. Según el traductor de google quiere decir “Aprovechar el momento”. Aunque parece una frase motivacional sacada de las redes sociales en realidad es muy acertada. La publicación reconoce que la crisis climática y la crisis producto de la pandemia no sólo se parecen, sino que están conectadas y además presentan una ventana para cambiar la forma de la demanda por energía. Las cuarentenas masivas alrededor del mundo han mejorado los niveles de gases de efecto invernadero con la primera semana de abril de 2020, un 17% menor respecto del año anterior, y proyectando que durante todo el 2020 podrían caer un 2-7% respecto al 2019 si es que volvemos a mediados de junio y entre un 3-13% si es que están durante todo el año dependiendo de qué tan estrictas sean. Sin embargo este es un efecto transitorio y la demanda por energía volverá y las medidas que se realicen para enfrentar la pandemia determinarán la forma que tome aquella demanda. 

Si pensamos en Chile, producto de su particular geografía, podemos determinar que es altamente vulnerable a los efectos de la crisis climática ya que cuenta con múltiples factores de riesgo: áreas de borde costero de baja altura; zonas áridas, semiáridas; zonas con cobertura forestal y zonas expuestas al deterioro forestal; desastres naturales; zonas propensas a la sequía y la desertificación; zonas urbanas con problemas de contaminación atmosférica; y zonas de ecosistemas frágiles, incluidos los sistemas montañosos. Como vemos afecta gran parte del territorio y ya ha mostrado algunos efectos concretos como en agosto del año 2019 cuando se decretó zona de escasez hídrica en Santiago para 17 comunas como Alhué, Colina, Til Til y Curacaví entre otras. 

El consejo que hace la revista británica es acertado pensando en los tiempos de pandemia y en lo difícil que es el desafío de la crisis climática. Las situaciones como la escasez hídrica nos comprometen especialmente en una situación de crisis sanitaria. Es en ese sentido que la peste bubónica que describe un momento, un ímpetu ganado por un objeto en movimiento, es un ejemplo de como un evento crítico puede remecer el equilibrio económico y político existente en la sociedad con resultados diametralmente opuestos. Nos permite desde un contexto histórico entender lo relevante que es cómo se forman las instituciones en momentos de coyunturas críticas en determinar el futuro de una sociedad.

Por tanto es razonable aprovechar el ímpetu del momento para que cuando, por ejemplo, se evalúen medidas de rescate a grandes empresas estratégicas nos cuestionemos qué nos puede decir esa gran estrategia, que apunta a mitigar los efectos económicos y sociales de la pandemia, sobre los efectos económicos y sociales de la crisis climática. Son interrogantes complejas planteadas en tiempos amargos pero es el momento.  

Omertá

Por Bruno Odone Pasquali

La publicación de El Padrino en 1969 convulsionó el mundo literario. Por primera vez, la mafia siciliana protagonizaba una novela, desnudando las complejas estructuras sociales que dominaban el crimen organizado italiano y sacando a luz la cultura, tradiciones y secretos que la cosa nostra soportaba.

La novela escrita por Mario Puzo, un italoamericano con un trabajo mal pago y lleno de deudas, se vendió como pan caliente y terminó arribando a la pantalla grande, donde el éxito se multiplicó. Pero no todo fue fácil para el autor: Las presiones de la mafia fueron tantas que todos los que participaron en la producción del filme sufrieron amenazas telefónicas y se amenazó con boicotear el rodaje en diversas ocasiones a partir de avisos de bomba y de fuertes presiones de la Liga de derechos civiles italoamericanos, movimiento liderado por Joe Colombo, el jefe de la familia Colombo, una de las ‘Cinco Familias’ de la cosa nostra en Nueva York.

Y es que la historia protagonizada por la familia Corleone destapaba los secretos más ocultos de la mafia siciliana, pasando a llevar lo más preciado que tiene el crimen organizado: La ley del silencio u omertá. La omertá es el código de honor siciliano que le prohíbe a los involucrados entregar información sobre las actividades delictivas de las cuales forman parte, imposibilitando a cualquier miembro de la mafia a cooperar con autoridades estatales y permitiendo que la información se mantenga exclusivamente en el círculo cerrado de la mafia. Si la omertá se rompe, el castigo es claro: La muerte o, en jerga siciliana, dormir con los peces.

Así, la ley del silencio no cumple un rol banal dentro del crimen organizado, por el contrario, es la razón de su existencia. Desde la economía, podemos describir a la omertá como el principal incentivo para generar un equilibrio cooperativo, es decir, que todos los agentes cooperen entre sí y tomen una decisión socialmente conveniente, decisión a la cual sería imposible llegar si es que los agentes se comportaran buscando exclusivamente su interés individual sin intervención externa. La omertá nos enseña que a la mano invisible de Adam Smith muchas veces le llegan ofertas que no puede rechazar.

En este mundo pandémico hemos confirmado lo que ya sabíamos, lo que le valió un premio Nobel en 1994 al economista John Nash: No todas las situaciones se corrigen persiguiendo intereses individuales, hay ciertas ocasiones en donde todos dependemos de todos los demás. La coordinación, al igual que en la mafia siciliana, es necesaria en los tiempos actuales: Si uno habla, caemos todos. Actualmente, en la lotería del contagio, ocurre lo mismo: Un infectado nos puede contagiar a todos. Mientras no exista remedio, la vacuna somos cada uno de nosotros. De esta forma, el que decide perseguir sus intereses personales (hablar más de la cuenta o romper la cuarentena) nos puede hacer caer a todos.

Los momentos críticos de la historia son aquellos en que el destino no es individual sino común. O, mejor dicho: esos momentos en que no hay forma de negar que el destino no es individual sino común. Aquellos que nos recuerdan lo que Aristóteles nos advertía hace más de 2300 años: Somos un animal político, un ser social por naturaleza, que no puede vivir aislado y sin contacto social (quizás por esta razón nos acompleja tanto lo que estamos viviendo, ¿no?). Y es que el filósofo griego, autor de La Política, aprendió de lo que en su época llamaron “revolución hoplítica”, una nueva estrategia de guerra en donde todos los pelotones sostenían su escudo codo a codo, la deserción de cualquiera mataba a todo el resto. Allí, nuevamente, cada hombre valía lo mismo que el de al lado. De esa experiencia, se dice, nace la democracia.

Y aunque muchos negaron, y seguirán negando, las situaciones en donde la coordinación social supera los beneficios de la mano invisible, los demás podemos quedarnos con una sola certeza: si nos pasó una vez puede pasarnos de nuevo.

El escape del coronavirus

En tiempos de cuarentena, en que nuestra capacidad de observar, desde casa, y reflexionar sobre lo que acontece afuera aumenta, muchos tratan de entender que está pasando y como salimos de un embrollo como el que vivimos. Lógicamente expertos en salud, pero también filósofos, psicólogos, sociólogos o economistas entregan sus puntos sobre el acontecer. Yo rescataría un gran aporte de las ciencias económicas para iluminar un poco el asunto.

Angus Deaton, premio nobel de economía del año 2015, describe en su libro “El Gran Escape”, basado en una película de 1963 que lleva el mismo nombre, los avances en materia económica y sanitaria que se presentan en nuestra época, analizando gran parte del camino que nos trajo hasta aquí y que hoy podrían tenernos en una mejor posición que hace 200 años para enfrentar una pandemia.

Deaton nos señala que el aumento del crecimiento y los avances científicos pueden impactar en mejoras en la salud, si es que la buena política los acompaña. Pese a lo anterior, comenta que no todos los países se han beneficiado del crecimiento de la torta, y no logran escapar de la pobreza ni de las enfermedades. Ejemplos de ellos son países como el Congo, Nigeria o Haití, donde el retraso podría transformarse en gran cantidad de fallecidos. Esa desigualdad que se da entre países también suele ocurrir en el fuero interno, por lo que corresponde avanzar con políticas que al tiempo de progresar también procuren no impactar en aumentar la brecha.

El traer a colación a un economista de la talla de Angus Deaton nos ayuda a ser optimistas, al notar que, a medida que el progreso avanza, la ciencia se hace más fuerte para enfrentar grandes dificultades y en estos últimos siglos es de Perogrullo resaltar los avances del conocimiento científico.

Deaton cierra su libro señalando que: “Los conocimientos básicos y los nuevos tratamientos pueden responder a las necesidades, y lo pueden hacer a una escala de tiempo que, aunque demasiado corta para quienes murieron, es veloz de acuerdo con los estándares de otras epidemias históricas.”

Hoy podemos ver como toda la comunidad científica ha dejado a un lado esa carrera entre países que nos acostumbra. La cooperación se ha tomado la forma de trabajar y las distintas instituciones han liberado sus investigaciones con el fin de ir avanzando en conjunto por una vacuna que combata el virus.

El escape del coronavirus, más temprano que tarde, será uno más de los que Angus Deaton data, una poderosa epidemia que cae ante la ciencia.

Las venas expuestas de América Latina

“Nunca seremos dichosos, ¡nunca!” Escribía, lleno de ira y decepción, el héroe libertador de América, Simón Bolívar, cuando le sinceraba a uno de sus más leales aliados, el General Rafael Urdaneta, su preocupación por las divisiones internas que terminarían desvaneciendo sus sueños de unir a la incipiente América Latina libre e independiente en una sola gran nación: La Gran Colombia.

Casi como un profeta, Bolívar fallecería un año después siendo testigo de la aniquilación de su proyecto político a partir de la guerra que se generó entre la Gran Colombia y su vecino Perú, y de la desintegración del territorio con las separaciones de Ecuador, Panamá y Venezuela.

Y es que el héroe libertador pretendía dejar en el olvido el cruel y sanguinario pasado con el que la región debía coexistir: Con el desembarco de los españoles durante el año 1492, América Latina había sido condenada a convivir con guerras, pestes, imposiciones religiosas y el exterminio de sus pueblos originarios.

Los datos son categóricos. En Haití, por ejemplo, país que junto a República Dominicana forman parte de la isla de La Española, el primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo, estiman que contaban con cerca de 500.000 indígenas al momento de la aparición de Colón, en tan solo 20 años se habían asesinado a 470.000 nativos y esclavizado a los 30.000 restantes, 50 años después ya no quedaba un solo aborigen para contar lo ocurrido.

Pero no bastó con devastar las islas del caribe, ¿Dónde más buscarían oro los españoles? En tierra firme latinoamericana. Así, Hernán Cortés se embarcaría hacia México y destruiría la magnífica capital del imperio azteca: Tenochtitlán, Francisco Pizarro arribó al Perú para aprovecharse de los conflictos entre Atahualpa y su hermano Huáscar y aniquilar el glorioso imperio inca, Vasco Núñez de Balboa a punta de pólvora y espadas logró encontrar la primera ruta hacia el océano pacifico y Pedro de Valdivia, usando las mismas estrategias, cruzó el desierto de Atacama y llegó hasta Chile. De esta forma, comenzaría un largo suplicio en Latinoamérica que Bolívar soñaba con dar por terminado.

Hoy en día, la región vive una realidad diametralmente distinta a la descrita anteriormente. Pero se avecina una nueva amenaza que, al igual que la masacre conquistadora y la desintegración de la Gran Colombia, pareciera reavivar la frase de Simón Bolívar.

La pandemia del coronavirus aterriza en un territorio que se perfila como uno de los más expuestas del mundo a la enfermedad por dos grandes razones: Los bajos niveles de inversión en salud pública y el negacionismo que predomina en los líderes políticos de Brasil y México, los dos países más populosos de América Latina. Pero, ¿Qué tan baja es la inversión en salud pública de la región?

La gran mayoría de los países latinoamericanos declaran la salud como un derecho social garantizado por la constitución. Las constituciones de Brasil y de Venezuela, por ejemplo, la proclaman explícitamente como un “derecho de todos y un deber del Estado”. Sin embargo, cuando analizamos la proporción del PIB que estos países le asignan actualmente a la salud pública, nos podemos percatar de lo lejos que están de otras naciones: Según el Instituto de Estudios para Políticas de Salud (IEPS), México destina el 3% de su PIB a la salud pública y Venezuela tan solo el 1,7%, mientras que el promedio en los países OCDE es de casi 7%. Pero no es todo, si tomamos la inversión total en salud (pública y privada) por habitante, nos llevaremos otra triste sorpresa: La región es una de las que menos invierte en salud con 949 dólares per cápita (casi 4 veces menos que los países miembros de la OCDE e incluso menor a Medio Oriente y el norte de África).

La inversión en salud se identifica como uno de los factores claves que componen el capital humano. Desde la economía, el capital humano es un término que usualmente se utiliza en teorías de crecimiento para conceptualizar los elementos (principalmente educación y salud) que definen las capacidades y habilidades que hacen económicamente productivas y competentes a las personas. Es por esta razón que la inversión en salud no es algo trivial y cumple un rol clave en una región bastante desigual, donde sus habitantes más vulnerables están más expuestos a shocks de salud que les impiden formar parte del mercado laboral formal.

Si a todo esto le agregamos líderes políticos que se niegan a creer en los efectos de la pandemia o simplemente rechazan priorizar cuarentenas estrictas para no incurrir en costos económicos, el panorama se ve realmente escalofriante.

Esperemos que la región sea capaz de tomar las medidas pertinentes y que el crudo invierno que se acerca en el hemisferio sur sea más generoso de lo que nos mostraba la serie Game of Thrones. Lo que parece inevitable es que en la América Latina post coronavirus la inversión en capital humano por fin comience a tomarse en serio para poder, de una vez por todas, asegurar a los latinoamericanos frente a los múltiples shocks de salud a los que se exponen día a día debido a la eterna desigualdad y a la profunda pobreza que caracterizan a nuestra sufrida tierra.

Quizás, de esta forma, podamos acercarnos un poquito más a los sueños de Bolívar y ser algo más dichosos.

Bruno Odone Pasquali

Links de interés:

https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-51916767

https://www.nytimes.com/es/2020/03/19/espanol/opinion/coronavirus-america-latina-gobiernos.html

https://ieps.org.br/wp-content/uploads/2019/11/Garantindo-o-Futuro-da-Sau%CC%81de-no-Brasil.pdf

8M

8 de marzo, día internacional de la mujer y conmemoración de la reivindicación de igualdad de derecho de las mujeres. Esta fecha fue oficializada por la ONU el año 1975, pero tiene su origen mucho antes, en 1857. Cientos de mujeres salieron a marchar y protestar debido a que en la fábrica de textiles en la que trabajaban sus salarios eran menos de la mitad que el de los hombres, realizando la misma tarea y asumiendo en precarias condiciones laborales. Ésta jornada de protesta obtuvo un magro final, 120 mujeres fallecieron luego de la fuerte represión que se aplicó para dispersar la marcha.

Hoy han pasado 163 años desde ese día y la historia ha sido testigo de un largo y difícil camino que han recorrido las mujeres en búsqueda de obtener igualdad de derechos y oportunidades, fin a la violencia de género y justicia, y aún queda mucho camino por recorrer. Basta ver algunas cifras de femicidios que son la expresión más brutal de la violencia de género: en Chile en lo que va del 2020 han ocurrido seis femicidios según cifras del ministerio de la Mujer y la Equidad de género. En México por su parte, la cifra asciende a 320 femicidios registrando solamente durante el mes de enero, es decir, diez casos por día, según Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP).

Igualmente podemos ver que continúan acaeciendo grandes diferencias salariales. En Chile las mujeres ganan en promedio 27.2% menos que los hombres el 2019. Al ver esta cifra en comparación a otros años significa una disminución de la brecha salarial de 2.1 puntos respecto al año 2017 (datos del INE), lo que parece ser muy poco para la magnitud existente. Estas cifras son un reflejo de cómo son percibidas las mujeres dentro de la sociedad, los cambios que hacemos en esta materia deben venir por una parte desde las políticas públicas que se hacen a modo de lograr eliminar las diferencias de género y por otra parte, deben venir también desde el ámbito privado, desde el hogar, tiene que existir un cambio cultural acompañado por políticas públicas. No sirve de mucho eliminar la brecha salarial si la mujer, al llegar al hogar, debe realizar todas las tareas domésticas, pensando en que hoy las mujeres dedican más del doble de tiempo que los hombres en trabajo doméstico (5.89 vs. 2.74 horas).

El trabajo no remunerado es invisibilizado por la economía pues no tiene un precio de mercado, entonces no se puede contabilizar como una actividad económica. Sin embargo, se pueden aplicar metodologías para medir esta contribución. Esto fue lo que hizo ComunidadMujer otorgándole un precio y con eso obtuvo un valor para el  trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Para el año 2015, el valor alcanzó los 44.492 mil millones de dólares lo cual en términos proporcionales del PIB aportaría un 21,8% del total. Esto no es menor, de hecho sería un aporte mayor que cualquier otro sector económico. Esta cifra muestra la importancia de reconocer el trabajo doméstico, como una base que permite el desarrollo de los países. También muestra que al no estar reconocido se ve como una tarea naturalizada que deben realizar las mujeres lo que releva la importancia de generar políticas públicas que apunten a aumentar la visibilidad de éste aporte.

La desigualdad de género es un tema multidimensional que impacta en muchos aspectos de la vida de las personas, es por esto que todo proceso político y/o personal debe ser visto bajo una mirada feminista y no separarlo como un tema que se ve aparte. Hace unos días se aprobó en el senado la paridad de género en el proceso constituyente, lo cual marca un hito histórico en el mundo y una tremenda oportunidad para lograr alcanzar institucionalmente un acuerdo de igualdad de género y seguir avanzando en la máxima de Rosa Luxemburgo: “por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferente y totalmente libres.”

Fuentes y links de interés:

Conmemoración 8M:

https://www.t13.cl/noticia/mundo/por-que-se-conmemora-8-marzo-dia-de-la-mujer-2020-2

https://www.entrepreneur.com/article/347234

https://www.bbc.com/mundo/noticias-47489747

Femicidios:

https://www.milenio.com/policia/en-enero-de-2020-cada-dia-10-mujeres-fueron-asesinadas

https://news.un.org/es/story/2019/11/1465831

Brecha salarial:

https://www.ine.cl/prensa/2019/09/16/ine-publica-infograf%C3%ADa-que-refleja-las-brechas-salariales-entre-mujeres-y-hombres

INE: Aumentan las remuneraciones y disminuye brecha salarial

https://www.cnnchile.com/economia/ine-la-mitad-de-los-trabajadores-en-chile-recibe-un-sueldo-igual-o-inferior-a-400-000-al-mes_20190813/

Trabajo no remunerado:

https://www.eldesconcierto.cl/2019/03/10/visibilizando-lo-invisible-cuentas-satelites-y-trabajo-no-remunerado/

https://www.biobiochile.cl/noticias/nacional/chile/2018/03/07/mujeres-dedican-mas-horas-al-trabajo-no-remunerado-y-menos-horas-al-ocio.shtml

https://www.latercera.com/pulso/noticia/se-contabilizara-trabajo-domestico-no-remunerado-aportaria-218-al-pib/982359/

La sombra de nuestra historia

Hacia finales del siglo XIX, producto de la anexión de los territorios del “norte grande” como resultado del triunfo de la Guerra del Pacífico, Chile comenzó un importante proceso de modernización. El shock salitrero permitió recaudar una significativa cantidad de recursos. A modo de ejemplo, fuentes estadísticas nos muestran que se estima en 1,5 millones de libras esterlinas anuales los ingresos a las arcas fiscales derivados de las exportaciones del nitrato en la década de 1880.

Algunos antecedentes que nos pueden ayudar a dimensionar el crecimiento económico experimentado en aquella época están ligados al consumo de energías modernas, entiéndase carbón mineral, petróleo, gas natural e hidroelectricidad. La utilización de este tipo de recursos es un buen indicador para medir el grado de progreso, sobre todo cuando lo relacionamos como el motor para movilizar maquinarias que estaban en la frontera tecnológica del momento. Chile fue el mayor consumidor de energías modernas en Latinoamérica durante el período 1875 – 1913, convergiendo a los niveles que tenían importantes potencias, como, por ejemplo, Estados Unidos.

Un punto relevante, es que la intensificación de la actividad económica nacional durante el ciclo del salitre introdujo cambios sustanciales en la base política y social del país. Sólo pensemos en el enfrentamiento entre las ideas progresistas del Presidente Balmaceda y la dura oposición que encontró de la facción conservadora de la élite. El final ya lo sabemos. Por otro lado, tenemos el surgimiento de un nuevo actor en la escena pública, que nace al amparo del proceso descrito en la primera parte, me refiero a lo que se denominó como “cuestión social”. Detengámonos en lo último.

Éstos nuevos sectores sociales se configuraron en la forma de un proletariado minero, artesanos manufactureros, trabajadores portuarios, llegando incluso a incorporar a sectores medios vinculados a la burocracia de servicios públicos y privados. Se organizaron en torno a partidos políticos, sindicatos, mancomunales, etc. Con la intención de sentirse verdaderamente partícipes del crecimiento que estaba experimentando el país, una búsqueda por garantizar el respeto y reconocimiento a sus derechos como trabajadores.

La respuesta de la élite oligárquica fue francamente detestable, actuaron como si los trabajadores hubieran sido invisibles para ellos. ¿Cómo no? Si el desarrollo de sus vidas se daba en un contexto de absoluto paralelismo, de nula interacción. Lo peor de todo esto es que más allá de la falta de una institucionalidad que otorgara imparcialidad a la resolución de los conflictos, más allá de la indolencia e incapacidad de entender las reivindicaciones de la clase obrera, se optó por medidas totalmente violentas y represivas. Basta con recordar las matanzas de Valparaíso(1903), Santiago(1905), Antofagasta(1906) y el emblemático caso de la Escuela de Santa María de Iquique(1907).

Dada la magnitud de los nuevos recursos económicos generados, y la importancia que tenía el Estado para acceder a su control, la oligarquía adoptó una disposición por capturar con mayor fuerza sus redes dentro del espacio político. Teniendo como único objetivo la obtención de rentas en lo inmediato, dejando a un lado sus responsabilidades como impulsores del desarrollo de la República a largo plazo.

Vale la pena traer a colación esta breve referencia histórica para lograr dilucidar algunas tensiones presentes en medio de la crisis social que estamos enfrentando.

Al igual que en aquella época, el estallido social ocurre luego de un período de modernización capitalista muy notorio. Con el retorno a la democracia en los 90`, Chile abriéndose al mundo y un manejo macroeconómico responsable, el país ha logrado significativos avances. No obstante, el progreso que provee el modelo instaurado en dictadura, trae consigo de forma subyacente una tremenda sensación de insatisfacción y vulnerabilidad en sectores bajos y medios, puesto que el costo con el que cargan el peso de sus días se hace inviable a largo plazo. Las demandas son conocidas por todos.

Por su parte, tenemos a una élite económica que poco tiene de moderna. Actúa siguiendo las mismas prácticas de sus predecesores. Poniendo de relieve el “rentismo” como piedra angular de sus visiones y deseos. Además, del mismo modo que en la transición entre los siglos XIX y XX, los vínculos entre este sector y el mundo político se ha hecho cada vez más evidente, gozando de un poder de influencia que raya en lo absurdo.

¿Cómo responde este grupo ante la decisión de los más desafortunados por enmendar el ritmo de sus vidas? Pues como ya hemos visto, con una represión brutal. Se está dispuesto a pagar cualquier costo con tal de resguardar privilegios, incluso llegar a desconocer los diagnósticos de organismos que se dedican a temas relativos a D.D.H.H.La sombra de nuestra historia nos asecha permanentemente. Si deseamos avanzar hacia un nuevo pacto social es indispensable la desconcentración del poder. Empoderar con buenas armas a los excluidos de siempre.