Lecciones de yerba mate

Uruguay siempre me ha parecido una nación digna de admirar. Y es que los uruguayos pertenecen a un país que, según las estadísticas oficiales, conserva una población de tan sólo 3 millones de habitantes desde hace más de 30 años y que lidia constantemente con vaticinios que anuncian su desaparición. Pero a pesar del escaso número de moradores, Uruguay en la práctica, y en contra de todo pronóstico, da cátedra en América Latina. Los más futboleros me entenderán. La selección uruguaya, o la celeste, es sinónimo de pura gloria deportiva: 2 mundiales, 15 veces ganadora de la Copa América, protagonistas del Maracanazo y de uno de los partidos más épicos que nos ha tocado ver en un mundial de fútbol, cuando se enfrentaron a Ghana, en cuartos de final del mundial de Sudáfrica, con la heroica mano de Luis Suárez y el recordado penal del Loco Abreu.

Pero la verdad, mi admiración por los charrúas va más allá del fútbol. Política y económicamente también los podemos aplaudir. En el ámbito económico, Uruguay se posiciona permanentemente entre los líderes de la región en base a su alto ingreso per cápita, bajos niveles de desigualdad y pobreza, y ausencia casi total de indigencia. Mientras que en el ámbito político, se caracteriza por garantizar una gran cantidad de libertades individuales a partir de la legalización del matrimonio homosexual, del aborto y, quizás la regulación más polémica, de la producción, venta y consumo de marihuana. Esto último significó que, durante el año 2013, por primera vez la revista británica The Economist incluyera entre sus listas de “lo mejor del año” a un país. Y el elegido fue, precisamente, Uruguay.

Sin embargo, The Economist no solo destacó las reformas pioneras que protagonizó Uruguay ese año. También elogió al presidente uruguayo de ese entonces: José “Pepe” Mujica. Pepe fue calificado como un presidente “admirablemente humilde” y con una “franqueza inusual para un político”. Y es que el ex mandatario realmente se caracterizó por ser un líder diferente durante su gestión: Vivía en una humilde casa de campo, conducía él mismo para ir a trabajar en su Volkswagen Escarabajo y siempre llevaba su mate en mano. No podía ser de otra manera. Hablamos de un personaje que perteneció en su juventud a la guerrilla urbana de los Tupamaros, siendo parte de enfrentamientos armados que le significaron ser apresado cuatro veces (de las cuales dos veces se escapó). Su último período de detención duró cerca de 12 años, siendo víctima del aislamiento y las torturas, cambiando para siempre su vida. Para quienes quieran conocer la historia con más profundidad, recomiendo ver el documental El pepe, una vida suprema de Emir Kusturica, disponible en Netflix.

Pepe terminó su mandato el año 2015, pero durante las últimas semanas, y a raíz de la pandemia del coronavirus, Mujica ha vuelto a dar que hablar. En el programa Lo de Évole, el ex presidente de Uruguay declaró una frase que es digna de ser analizada: “Ahora que las papas queman todos se acuerdan del Estado”.

¿Qué hay detrás de la frase de Pepe Mujica?

Es difícil desnudar con menos palabras las contradicciones del liberalismo que defiende a ultranza el individualismo y la reducción máxima del poder público. Y es que para los creyentes de un gobierno limitado, la pandemia ha significado ver todo lo contrario a sus ideales. A lo largo de todo el mundo el Estado ha crecido enormemente y no es casualidad: El rol del Estado se ha hecho imprescindible, a grandes rasgos, por dos razones. Primero, por la coerción. Solo el Estado tiene la capacidad de coaccionar a los ciudadanos y generar las cuarentenas necesarias para que el virus no se siga propagando. Segundo, por el apoyo económico. Los vastos recursos con los que cuenta el Estado permiten movilizar rápidamente los medios necesarios para reactivar la economía. Acá en Chile, de hecho, hemos sido testigos de cómo desde la gigante LATAM Airlines, hasta el más pequeño de los emprendedores han pedido la asistencia financiera del gobierno. Y es que en tiempos donde las papas queman, los actores privados tienen pocos incentivos para invertir y arriesgar, y las políticas públicas generadas desde el Estado aparecen como la principal acción que permite reactivar una economía dormida por cuarentenas y cordones sanitarios. En Chile lo estamos viendo con los paquetes de liquidez que el gobierno está generando para comprar tiempo mientras se desarrolla la vacuna y las empresas puedan sobrevivir en medio de una economía paralizada a propósito. Y todavía no vemos las medidas que se vienen después de la crisis: En una situación clásica de recesión, las recetas del economista inglés John Maynard Keynes serán desempolvadas y seguramente seremos testigos de un incremento del gasto público para estimular la demanda agregada y disminuir el desempleo.

Algunos querrán asegurarse de que el crecimiento que ha experimentado el rol del Estado sea solo temporal. Pero las crisis a lo largo de la historia nos han enseñado que los Estados salen de ellas fortalecidos, con más poderes y con más responsabilidades, ¿o ustedes se imaginan a alguien manifestando post pandemia que se deberían bajar los niveles de inversión en salud pública? Yo no, o por lo menos no públicamente.

Pero ojo, el crecimiento estatal no solo será en la dirección deseada. Durante esta pandemia, también hemos sacrificado cosas, lo que puede significar una amenaza relacionada al abuso de poder, a la libertad de movimiento y a la protección de nuestros datos privados. A algunos políticos, de hecho, ya se les otorgaron poderes absolutos por tiempo indefinido en respuesta a la crisis del COVID-19, como es el caso del primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. Así es como mueren las democracias, le leí a alguien por ahí.

Me parece que es tiempo de reflexionar sobre si es que el Estado en tiempos de pandemia es el mismo que queremos para la vida cotidiana. El virus cambiará muchas cosas y somos nosotros los que tenemos el poder de decidir cuáles queremos que se mantengan y cuáles no. Sobre todo acá en Chile, estando ad portas de un proceso constituyente. La realidad es que el rol del Estado apareció y se quedará por un largo rato. Mientras tanto, les recomiendo escuchar a Pepe Mujica, más de una lección vamos a aprender. Ah, y obviamente háganlo con un mate en mano.

¿Virtuoso?

La pregunta sobre el buen gobierno parece ser una de las máximas preocupaciones de la ciencia y filosofía política. Hoy a los ciudadanos de a pie también les cobra mucho sentido la cuestión de gobernar bien o mal.

Filósofos de gran talla han aportado a profundizar la pregunta inicial dando ciertas luces. David Hume nos enseñó que el buen gobierno dependía de las instituciones políticas y aquellos individuos que ocupan cargos de poder político; señalando que le “apenaba creer que los asuntos humanos estén a merced del humor y el carácter de unos pocos” pero entendía que había diferencias entre los distintos sistemas por el peso que se le atribuía a los distintos poderes. Jerry Cohen le agregaría la importancia de la naturaleza de los gobernados; señalando la posibilidad de que estos no necesariamente sean autointeresados. Nicolás Maquiavelo también aporta y refuerza que el príncipe debe contar con la virtud y la fortuna, refiriéndose en cuanto a virtud a la inteligencia, disciplina o talento; y a la fortuna como suerte. Pensando en que cada día las decisiones suben su nivel de importancia y urgencia, además de la dificultad de modificar la suerte, la naturaleza y las instituciones; pareciera ser que la ponderación de los actores políticos cobra vital relevancia.

En Chile, la escala de las decisiones del presidente, junto con sus ministros y ministras resulta hoy muy notoria, recordando además lo presidencialista que se considera nuestro sistema. Facultades como las de decretar estados de excepción por parte del presidente, con acuerdo del Congreso, son cruciales para repercutir en vidas salvadas pensando en el timing en que se aplican, algo de lo que muchos países lamentablemente ya han dado cuenta. Por otro lado, el ministro de Salud tiene la misión de tomar las medidas correctas en cuanto a difusión de información y a políticas públicas para enfrentar probables colapsos de hospitales, mientras que el ministro de hacienda debe enfrentar los efectos económicos que golpearán a muchas empresas y por consiguiente a sus trabajadores.

Hoy parecemos estar en manos de estas autoridades, por lo que resultan centrales, para enfrentar una crisis sanitaria histórica, las exigencias de transparentar y explicar sus decisiones, dejar de lado ese natural autointerés enfocado en cálculos políticos y encuestas, además de tomar las decisiones al tiempo que necesitan.

En estás situaciones es donde aparecen los/as grandes estadistas como se han visto a Merkel, Trudeau o Macron, pero también es un momento en donde la historia puede dejar grabado a personajes como populistas, egoístas o incompetentes. El gobierno tiene la posibilidad de resarcirse de grandes errores pasados y de quedar, en ésta pasada, dentro del grupo de los virtuosos.

Un sólo Chile

El ambiente de crispación en nuestro país me resulta preocupante frente a la fiesta que se nos viene, el plebiscito del 26 de abril. Las masas detrás de las dos alternativas principales, apruebo y rechazo, al parecer estarían elevando la magnitud de la cita y rememorando la disputa por el SI y el NO a finales de los 80 en que lo que estaba en juego era volver a la democracia o seguir en dictadura, y pese a tal disyuntiva aun así fue posible respetar el resultado y seguir buscando, a través de acuerdos, las formas para tener un mejor país. Hoy los extremos parecieran estar torpedeando el proceso vía condenas morales por el simple hecho de tomar postura, caricaturizando duramente el declararse parte de alguno de los bandos, reflejado en el hecho de que por apoyar el apruebo parecen tildar de estar también a favor de la violencia y la primera línea, o estar en contra de las bondades que han traído estos treinta años, mientras que el tomar partido por el rechazo pareciera significar que se está a favor de la violación a los derechos humanos, las desigualdades latentes y los grandes empresarios, por decir algo.

Un tema que también se ha presenciado es el fatalismo que se endosa a cada una de las opciones en caso de que prosperen. El politólogo alemán Yascha Mounk ya ha descrito que ver de esta manera ciertas contiendas electorales es una de las grandes causas de la erosión la democracia y podría también considerarse de la convivencia cívica.

Es, a opinión de quien escribe, de suma importancia apaciguar los ardores y poner por sobre el apruebo o rechazo, el histórico proceso que convoca a cada chileno a decidir por un nuevo pacto social.

La filosofía política nos puede ayudar a encontrar una serie de virtudes que harían a los ciudadanos encarar mejor el proceso hacia las elecciones.  La amistad cívica, nos recuerda Aristóteles, es aquella que mantiene la unión un país. John Stuart Mill elevaba la virtud de la tolerancia frente a aquellas creencias o posturas que nos pueden resultar absurdas pero que en miras del bienestar de toda la sociedad dan cabida a voces y opciones que puedan aportar al progreso, en este caso debatir sobre cambiar la constitución pareciera dar espacio a un nutritivo debate sobre que seria lo mejor para nuestro país en este ámbito, desde diferentes miradas. John Locke también nos enseñaba sobre la importancia de la tolerancia en función de moderar el ímpetu con el que pretendemos imponer nuestras opiniones a los otros y acercándonos a una paz cívica, muy necesaria justo después de los resultados de unas elecciones de este calibre.

Con el objetivo de pensar más allá del 26 de abril es crucial recordar a Patricio Aylwin en su discurso del 89: “Es hermosa y múltiple la tarea que tenemos por delante, restablecer un clima de respeto y de confianza en la convivencia entre los chilenos cualesquiera que sean sus creencias, ideas, actividades o condición social (…), Chile es uno solo”.

Los vigilantes

Si hay algo que el transcurso de estas semanas nos ha dejado claro -en un momento en el que pocas cosas parecen ofrecer señales de certeza- es que en la historia nada debe darse por sentado.

Fue hace menos de 30 años que este país dijo adiós a la más feroz dictadura de la que hayan sabido los montones de miembros de nuestra vida nacional. Los números revelados por el Informe Valech son simplemente atroces: 28.459 personas fueron torturadas; 2.125, asesinadas; y 1.102 siguen desaparecidas hasta el día de hoy.

“Para que nunca más en Chile” clamaba el verso de una canción muy famosa en los tiempos de la transición. Se erigía ésta como la representación de un emergente anhelo colectivo: ese de aprender de nuestro pasado y sacar las lecciones que nos permitieran construir una nueva vida en comunidad. ¿No era acaso ese el fin último de la democracia? ¿Que fuera la voluntad general la que determine los cauces de su destino tras una retrospección profunda? Desde luego que la respuesta ideal sería decir que sí, pero, en esta pasada, la realidad supera la ficción.

Y es que lo que ocurre hoy en Chile es brutal. A pocos días de cumplir un mes del inicio de este estallido social se contabilizan 22 muertos; 2.009 heridos; 197 personas con traumas oculares. Se han presentado 192 querellas por torturas; y 52 por violencia sexual. No, no son cifras de alguna zona de conflicto en Medio Oriente o de los primeros años de Pinochet; esto está ocurriendo en el 2019, y en Chile. Y lo que es peor, probablemente en estos momentos dichos números ya están angustiosamente obsoletos.

Estamos, pues, frente a una clara muestra de uso excesivo de la fuerza y de abuso de poder. Hoy en el país se están violando los Derechos Humanos frente a nuestros ojos y los del mundo. Realidad que no se condice con los valores de la democracia que suponemos tener. Y esto tiene directa implicancia sobre la sociedad civil, su sentir y sus posibilidades de manifestación. La violencia observada ha provocado descontento y rabia, pero también ha evocado ese miedo de antaño. Ese del que nos cuentan nuestros padres y abuelos, pero que poco atendíamos. “Ya no estamos en dictadura” era una frase que con vigor expresábamos los primeros días de protesta. Pero el desarrollo de la “Primavera chilena” se ha encargado de enseñarnos que en la historia nada debe darse por sentado.

A lo anterior se suma el audio filtrado en el que el general Rozas tajantemente afirma que los agentes del estado que abusaron durante procedimientos policiales no serán dados de baja, aunque aquello implique contradecir a su autoridad, esto es, al Ministro del Interior. Y, de paso, la voluntad del Presidente de la República. Inverosímil. 

La pregunta que surge entonces es: ¿quién vigilará a los vigilantes? ¿Quién nos protegerá de nuestros protectores? Decía Platón, en La República, que serán ellos mismos. Colocados en una situación en donde se les ha hecho creer que son mejores que aquellos a quienes servirán, tendrán el deber y la responsabilidad de hacerlo, porque es justo que así sea. En lugar de pretender privilegios o prerrogativas, ostentarán la dignidad y las intenciones morales más propicias para sus roles.

Lo que anticipaba Platón hace 2400 años tiene un símil con el principio de legitimidad. Carabineros, ciertamente, carece de este. No por nada una porción importante de las proclamas ha sido en su contra. La institución ha perdido la posición dominante en la relación asimétrica que compartía con la ciudadanía. Pensaría Platón que han dejado de creer que son “mejores”. Por ello es que no sienten aquella responsabilidad que creían justa como su contribución a la sociedad. La relación ha mutado a una hostilidad y antipatía crecientemente recíproca; lo que ha desencadenado la represión -y provocación- de la cual somos testigos, y que está peligrosamente fuera de control.

Las mutilaciones que estamos viendo en la calle no tendrán una incidencia puramente unilateral, es decir, probablemente no sólo le traigan consecuencias a Carabineros. Los cientos de torturas y abusos, y las desgarradoras pérdidas tendrán una repercusión en nuestra convivencia y forma de hacer sociedad. Hablar de deslegitimación, creo, se queda corto. En su lugar, están -preocupantemente- brotando sentimientos muy negativos. Sensaciones de odio y de rechazo total a lo que se cree es una amenaza, a la que incluso hay que temerle más que a un encapuchado. Esto supone una herida enorme para nuestra democracia entendiendo que la confianza en las instituciones es vital para su estabilidad.

Es así como de aquí en adelante la sensatez y la voluntad serán esenciales para la restitución del contrato social y, lo que es aún más urgente, de la paz. Pero para ello, antes, es imperante que haya sanciones fuertes y gestos de humildad y arrepentimiento. Y, por cierto, una reestructuración de la institución que obedezca a una modernización del propio Estado; con gran énfasis en un sistema de inteligencia y eficiencia. La policía no puede mandarse sola y debe tener trazadas las directrices de su actuar, ya que, contrario a lo que creía uno de los padres de la filosofía occidental, los vigilantes, al igual que muchos, son susceptibles a corromperse.

Sólo así es posible una reconciliación. Porque la vida democrática consiste justamente en eso: en ser capaces de convivir con el otro, con el más diferente a mí; con el que he odiado empedernidamente. Y para eso no debemos cegarnos, sino siempre encontrarnos. Aquello influirá en la elaboración del tan necesario nuevo pacto social, pues, queramos o no, de todos depende construir un nuevo Chile.  

Matías Acuña Núñez

Diálogo hacia un mejor Chile

El descontento social que explotó en las últimas semanas, ya sea por los treinta pesos o por los treinta años, provocó una hecatombe en el gobierno de Sebastián Piñera como también en el resto del espectro político. Nuestra joven democracia, tal como la conocemos, está sufriendo su mayor vaivén.

Los principales sentimientos que brotaron detrás del “estallido social” parecen ser, según las encuestas, rabia, temor y esperanza. Tiendo a creer que cada uno de esos sentimientos pueden ser representados por los distintos sectores que hoy se disputan el poder.

Con la ayuda de Edmund Fawcett, dividiré el panorama político en tres sectores ideológicos que se tomaron el siglo XIX y que hoy aún tienen defensores que impulsan sus banderas: la izquierda que encarna al socialismo, la derecha que en gran medida podría ser asociada al conservadurismo y el centro que, en su amplio margen, representaría los ideales liberales.

Cada uno de estos grupos podría hacerse cargo, relativamente, de los sentimientos antes mencionados y tomar postura frente al cambio, clivaje que se erige como el gran punto divisorio entre las tres ideologías y que determinara los caminos a seguir de aquí en adelante.

Por un lado, el socialismo, algo representado por el Partido Socialista y algunos sectores del Frente Amplio, se hace cargo de la rabia proveniente de la gran desigualdad que existe en nuestro país y rehuye al dialogo y al camino institucional, transformándose en uno mas del movimiento social buscando derribar el modelo y esperando una revolución social.

Por el centro, las ideas liberales, ampliamente representadas por la centroizquierda y centroderecha, buscan cuidar la democracia y sus instituciones, instaurando una conversación entre la clase política para abordar la crisis y buscar un cambio gradual, mediante las instituciones de una democracia liberal, que haga frente a las demandas por el alto costo de la vida y haciéndose cargo de las esperanzas de una pasar digno, escuchando el pacífico movimiento y creyendo, como históricamente lo ha hecho, en el cambio como una guía más de la historia liberal.

Mientras que la derecha, aquella conservadora representada por algunos sectores de Renovación Nacional, la UDI y el Partido Republicano; rehuyen al cambio y se hacen cargo del temor que ha surgido en amplios sectores de la ciudadanía frente a sucesos violentos, intentando hacer oídos sordos a las demandas sociales, y entregándole el poder a las fuerzas armadas para que se hagan cargo de los temores de la ciudadanía.

Frente al escenario anterior, y sin querer caricaturizar, creo correcto defender a los segundos, por el hecho de que el sentimiento que mayormente ha aflorado ha sido la esperanza: un deseo por un mejor pasar, un sistema en que ni el proletariado ni la burguesía sea aquel que domine al resto, sino que podamos coexistir en base al igual respeto los unos con los otros, haciendo de nuestro sistema uno más justo e inclusivo.

Es por eso por lo que hago un llamado al diálogo al sector político para que no escape de su deber de defender la democracia y hacerse cargo de las esperanzas de la ciudadanía avanzando, vía instituciones y reflexión, hacia un mejor Chile en donde el progreso económico, político y social se tomen la agenda y los incluya a todos.

CaD – Libertarismo Arcoíris

¿Por qué la población LGBTI es socialista? Pues porque estoy convencido de que no tienen idea de lo que es socialismo ni capitalismo. Hay diversas razones para admitir que el libertarismo es la ideología pro LGBTI por naturaleza, las pruebas están y la historia lo demuestra; no hay autor liberal clásico, libertario, anarquista individualista o agorista que en su vida intelectual no haya reclamado en contra de la intervención estatista y religiosa en las relaciones privadas y consentidas entre adultos. Sin ir más lejos, la propia filósofa capitalista Ayn Rand decía “todas las leyes sobre homosexualidad deberían ser abolidas… es totalmente inapropiado que la ley interfiera en las relaciones personales entre dos adultos”. Pero aún más razones hay para desmitificar el apoyo y tolerancia que los “progres” se jactan de darles. Repasemos la historia un poco.

No fue sino en la época de la gloriosa revolución cubana donde bajo el nuevo régimen castrista comenzaron las persecuciones y se abrieron campos de concentración destinados a homosexuales. Esto no es invento de un burgués/capitalista/explotador/agente de la CIA como el que les escribe, no señoras y señores; esto es declaración de Reinaldo Arenas, escritor gay y partidario de la revolución cubana hasta que fue víctima de la dictadura de Fidel Castro, quien terminó encarcelándolo, sometiéndolo a las condiciones más duras existentes para un disidente cuya agravante fue el ser homosexual. Pero no nos quedemos con solo este lado del mundo, vayamos a la Rusia de Lenin a ver que se decía. “Exterminad a los homosexuales y el fascismo desaparecerá”, una frase del ensayo “Humanismo proletario” del comunista ruso, Máximo Gorki. También, no muy lejos de ahí, pero un poco más reciente, en la Alemania Oriental se consideraba la homosexualidad como contraria a las buenas costumbres de los trabajadores y como parte de la decadencia de occidente. Luego de esto, la verdad es que no sorprende mucho que la gran mayoría de los socialistas consideraran la homosexualidad como un “vicio burgués” y que cualquier noción de libertad y emancipación sexual era propia de la rancia sociedad capitalista burguesa. Hay mucho más de donde vino esto, de hecho, no fue sino hasta la privatización de la vivienda en China cuando las parejas gays pudieron salir de sus hogares, abandonar sus comunidades intolerantes y vivir juntos en una casa que no les fue asignada por un funcionario de gobierno pendiente de todos sus datos personales, lo cual conllevo a que se formaran barrios de atracción exclusiva para la comunidad LGBTI.

Está claro, las condiciones de desarrollo para las personas LGBTI son mucho más posibles y tienen mucho más sentido en una sociedad de libre mercado sin el alero de quienes dicen llamarse sus “aliados”.

El Hippie Burgués

Pensando en medio ambiente

Este año la cumbre Conferencia de las Partes (COP) se realizará en Chile. Consiste en la reunión climática más importante a nivel internacional en donde se discuten las contingencias más relevantes del acontecer climático. El evento como mínimo reclama que reflexionemos acerca de la situación actual en la que nos encontramos y además descubrir los caminos para perdurar. La emisión de gases de efecto invernadero emitidos por el hombre nos ponen en una década crucial para adaptarnos y mitigar el cambio climático, si es que no queremos llegar a una distopía en donde, en palabras de Cortázar, haya una atmósfera de fin de mundo. Muchas veces se culpa al liberalismo, a veces tildado de “neoliberalismo,” como el causante de este fatal destino por poner al progreso económico por sobre cualquier elemento y laissez faire (dejar hacer, dejar pasar) a la industria con el fin de ampliar las condiciones materiales del presente, pese a que con tal avance se menoscabe nuestro ecosistema.

En base a la situación descrita, ¿Cómo es que se puede mejorar la situación a futuro? Mi respuesta es, con liberalismo.

¿Pero cómo, se preguntarán? Bueno, la familia liberal es bastante amplia y aquel liberalismo por el progreso, muchas veces asociado a Friedrich Hayek, no es más que un miembro de esta extensa parentela. Pero el liberalismo al cual yo me refiero como solución es el liberalismo igualitario, aquel que va más allá de la ausencia de coacción y exige en la sociedad, libertad, pero también justa igualdad de oportunidades y el principio de diferencia. El autor que impulso estos tres principios es John Rawls, un filósofo estadounidense que, siguiendo de alguna manera las palabras de Isaiah Berlin, revivió la filosofía política.

Con respecto a los principios antes mencionados, el de libertad, y de manera más precisa la prioridad de las libertades básicas, señala que hay ciertos derechos y libertades básicas de la persona que son más importantes que otros, y que se necesitan para caracterizar el ideal moral de las personas libres e iguales. En lo referente a la justa igualdad de oportunidades, Rawls la ve como no discriminación y posiciones abiertas, pero también como un principio que busca corregir las desventajas sociales. Y en relación con el principio de diferencia, el se refiere a que los sistemas económicos y las desigualdades deben ser solo legitimados si están en función de los más desfavorecidos.

Bajo este liberalismo no se considera justo entonces que los individuos del mañana estén condenados a peores condiciones relativo a las que le han tocados a los del presente, lo anterior debido a que la época en que uno nace es arbitraria, a cada uno le llega sin “mérito” alguno, por lo que se requiere tomar medidas para que, en este caso, los ciudadanos del futuro no se transformen en “ciudadanos de segunda clase”. Esto dice mucha relación con el principio de diferencia, que requiere cuanto menos, mejorar la situación de las personas que habiten el planeta en las siguientes décadas, entendiendo la justicia como imparcialidad.

Por lo tanto, corresponde superponer al liberalismo igualitario en esta discusión, por sobre el liberalismo clásico o al libertarianismo (Samuel Freeman llega a tildar a este último de iliberal en uno de sus trabajos) y usar los principios mencionados para dar batalla al cambio climático entendiendo el crecimiento económico como un medio para alcanzar la justicia, y nunca como un fin en sí mismo.

Marco Bravo