La patria de todos y todas

Por Matías Acuña Núñez

Cuando ya ha pasado una semana de la celebración de fiestas patrias es inevitable para mí realizar una reflexión producto del escenario que vivimos y que se nos viene.

Es un hecho que lo que comúnmente se entiende por “patria” genera poca simpatía en un sector importante de la sociedad, lo cual es entendible, desde mi punto de vista, cuando observamos que este concepto ha sido asociado históricamente a un sector político en particular. No es novedad que asociaciones de extrema derecha como Patria y Libertad o el Partido Republicano han hecho uso de los símbolos patrios y los han consagrado como parte de su propia identidad política. Tampoco es novedad que muchas veces este tipo de posturas, esto es, las nacionalistas, han estado enlazadas con conductas que relativizan y no respetan necesariamente la dignidad humana, tales como el racismo, la xenofobia, la homofobia o el machismo. Los nazis y los fascistas son, de hecho, versiones exacerbadas de los nacionalistas.

Sin embargo, creo importante hacer una distinción, primeramente, conceptual. La patria o, si se quiere, la nación, puede ser entendida desde dos dimensiones: una excluyente y una inclusiva. La primera supone una idea de nación autoritaria, que antepone el principio del orden por sobre todo. Esto tiene efectos en la preservación del orden social (en desmedro, muchas veces, del progreso social) y el gran énfasis que se brinda al mantenimiento del orden público. A mi entender, esta concepción es la que ilustra más certeramente la idea de “patria” de los sectores políticos de extrema derecha mencionadas en el párrafo anterior y que causan tanto resquemor en buena parte de la población.

Afortunadamente esta no es la única visión de “patria” que existe. Al menos no conceptualmente hablando. Como adelantaba más arriba, también existe la denominada “nación inclusiva”, la cual persigue el progreso social e, irrestrictamente, la democracia y sus valores.

De esto es posible concluir que no es correcto afirmar que “la patria” le pertenece a un sector político.

Pero otra cosa es con guitarra: podríamos señalar que, en la práctica, efectivamente una forma de nación predomina por sobre la otra. Desde un punto de vista que suscribo, en el corazón del estallido social de octubre yace la idea de que la patria de la que somos hijos no nos abraza a todos y a todas como iguales. Hay ciudadanos que no sólo son más privilegiados que otros, sino que pareciera ser que, a todas luces, son más importantes. De ahí que surja un resentimiento tan grande hacia un Chile que se concibe como injusto e indigno. Desde esta óptica, las instituciones en nuestro país -el “sistema”- tendría más que ver con la concepción excluyente, que con la inclusiva.

Este análisis también se puede aplicar al conflicto en La Araucanía. Probablemente el pueblo mapuche sea la expresión máxima de los problemas que surgen del concepto de nación, y particularmente de los que trae consigo el vivir en una nación excluyente que no reconoce a todos los ciudadanos como iguales. Basta sólo leer un poco de historia para notar que los mapuches han sido excluidos del bienestar en el aspecto cívico, cultural y económico, y de la participación política a lo largo de la historia y hasta el día de hoy.

En un momento en que estamos ad portas de discutir las bases de nuestro nuevo pacto social sería interesante hacernos cargo de estos temas. Para ello, la concepción de nación inclusiva pareciese tener algunas claves, la cual asocio a la tradición política de “patriotismo constitucional” (el sociólogo Daniel Chernilo tiene una columna homónima muy interesante al respecto), que plantea primordialmente 3 principios: un compromiso irrestricto del Estado con los derechos humanos de todos quienes residen en el país, derechos sociales garantizados universalmente que permitan el desarrollo de una vida digna, y promoción de las libertades individuales con sujeción a la igualdad ante la ley1.

Si bien es cierto que hay que bajar las expectativas en torno al resultado del proceso constitucional, ya que probablemente no será la cura a todos los dramas que existen en la realidad chilena, también es cierto que este resultado, sí puede tener efectos prácticos y reformular las reglas del juego, si es que se dan las condiciones.

Y más aún, el sólo hecho tener la posibilidad de sentarse a conversar sobre lo que nos aqueja y sobre cómo podemos formular un proyecto que lo enmiende y cimiente el marco institucional que nos regirá para las próximas décadas, es muy valioso en sí mismo. Es una demostración extraordinaria de soberanía popular, de ciudadanía y de libertad. Porque no hay pueblo más libre que el que decide, en conjunto, su propio destino. Ese, propongo, es el patriotismo que debemos defender, porque no hay nada menos patriota que las decisiones las tomen unos pocos.

Es cierto que nuestra patria no va cambiar lo que fue; las aberraciones de nuestro pasado están ahí, y por eso es que es tan importante la memoria. Pero el proceso constituyente se instala como una ocasión invaluable para determinar lo que queremos que sea. Tengo esperanza de que será un hito de sanación y de reencuentro con la patria que alguna vez quisimos. O el momento de hacerlo por primera vez. Y es que después de todo, como Víctor Jara sostuvo alguna vez: también existe el amor a la patria.

1 Chernilo, Daniel. 2019. Columna “Patriotismo Constitucional”. https://comentarista.emol.com/1707474/10237521/Daniel-Chernilo.html

Democracia, una discusión necesaria

Por Marco Bravo Gatica

Con el panorama electoral ya instalado en la agenda política y la mayoría de los grupos ubicados en las distintas alternativas, pareciera ser que la primera elección que abre el camino constitucional ya está decidida. Tanto así que muchos de los bandos ya empezaron la batalla por posicionar a sus constituyentes, del mismo modo que muchas figuras ya hablan de su nueva constitución predilecta, entre aquellas, la del mismísimo presidente de la república. Si será o no una constitución socialdemócrata, si los derechos sociales se instalan con fuerza, si se dará mayor reconocimiento a los pueblos indígenas, entre muchas otras, son las cuestiones que comienzan a sonar de cara al contenido de una nueva CPR.

Uno de los temas relacionados que hemos visto aparecer en debates, quizás más especializados, es la cuestión de la participación y representación en nuestra democracia. Desde la Antigua Grecia hasta hoy, la versión de la democracia y su estatus en la sociedad ha sido pensada y discutida por diversos intelectuales. Para los mismos griegos, la concepción de los ciudadanos -una muy pequeña porción de la población podía llevar ese “título”- como animales políticos los hacía partícipes totales y constantes de las asambleas, tratando desde cuestiones nimias hasta las más fundamentales. En ese momento lo que vimos fue la expresión de lo que hoy se suele llamar “democracia directa”. Por mucho tiempo denostada, la palabra democracia fue vista con desconfianza durante mucho tiempo, principalmente por la percepción de que una gran parte del pueblo no fuese capaz de cargar con la responsabilidad de decidir sus propios destinos.

Así las cosas, en el siglo XIX el sistema de gobierno antes mencionado retomó su vigor y vimos algunas naciones pasar de la monarquía a la democracia. Pero con este regreso entró en escena un nuevo debate, uno al que, con grandes matices, podría retornar en nuestra conversación constituyente, el de decidir entre democracia directa y una democracia representativa. En la Francia del XVIII, Jean Jacques Rousseau, un influyente filósofo suizo de la época, reivindicó la idea griega en una especie de democracia “semidirecta” donde la legislación quedaría a cargo del pueblo y el ejecutivo sería comandado por magistrados electos. Esa sería la libertad. Al poco tiempo de estos planteamientos, respondió un filósofo menos conocido en los días que corren pero que bien podríamos decir que sus ideas se nos presentan con mayor fuerza en nuestras democracias actuales, Benjamin Constant. Este último señalaba, en pocas palabras, que la democracia antigua reivindicada por Rousseau no se ajustaba a los tiempos modernos -aquellos del capitalismo y los grandes estados-nación- en que la gente valora mucho más su disfrute privado, y atribuyendo a ese goce la “verdadera” libertad (moderna).

Hoy nos encontramos en una encrucijada, guardando las proporciones, similar, dado que al interior del pueblo existe una gran desconfianza hacia aquellos que dicen representarlos, lo que se puede ver en el hecho de que la “popularidad” de todos los partidos políticos y los legisladores está por los suelos, además, los mecanismos de participación democráticos parecieran estar agotados, algo que nos viene a la mente al ver la baja participación en las urnas y algunos sucesos de violencia. La posibilidad de dar mayores espacios de participación está sobre la mesa y los costos asociados también. Con más preguntas que respuestas, parecen resonar el “¿Cómo conectamos a la “clase política” con la ciudadanía? o “¿Cómo mejoramos la confianza y la legitimidad de nuestra clase dirigente?”, dudas que se requieren ir resolviendo con el fin de recuperar una especie de estabilidad en nuestro país y considerando que el camino constituyente nos da la oportunidad de trabajar el tema tanto como una terapia y como un diálogo hacia una especie de soluciones o mejoras.

Contra la pena de muerte

Por Matías Acuña Núñez

Últimamente hemos sido testigos de una serie de sucesos atroces que han hecho de esta cuarentena un período aún más angustiante. Entre ellos se encuentran el caso de Norma Vásquez, el de Antonia Barra y el de Ámbar Cornejo, que es -tras enterarnos del historial de su presunto asesino- de lo más inexplicable e inaudito que hemos sabido en el último tiempo. Un despropósito, sin duda, que acabó lamentablemente en las peores consecuencias.

No es, por ello, una sorpresa, que en la población hayan despertado sentimientos de rabia, indignación y de injusticia, a partir de lo cual ha vuelto a la palestra una vieja discusión que se abre de vez en cuando: la restitución de la pena de muerte.

Tanto es así, que en la encuesta Pulso Ciudadano de la semana pasada, el 67% de los chilenos está de acuerdo con que se restablezca esta medida, y sólo 2 de cada 10 está en desacuerdo o muy en desacuerdo con ello.

Pese a la adhesión y el fervor, esta idea es, desde mi impresión, no sólo controversial, sino que profundamente incorrecta, y, por cierto, anacrónica al presente que vive Chile. 

En primer lugar, porque es contraria al principio de que todas y todos tenemos derecho a la vida sólo por el hecho de ser seres humanos. Aquello, que a primera vista se puede entender como trivial, no lo es, puesto que implica, elementalmente, que el Estado debe proteger ese derecho. Esto significa que no debe interferir en la capacidad de vivir de los individuos, puesto que esa es condición necesaria para el desarrollo de su libertad. Y la libertad es fundamental para cualquier sociedad que se dice democrática. Entonces, naturalmente, un Estado que cree que para lograr una sociedad justa es preciso que se respete la libertad de sus individuos, no puede permitir la pena de muerte. Y es que no sería sólo incorrecto, sino que también injusto.

Sin embargo, cabe preguntarse -dadas las atrocidades que enunciamos al principio-: ¿por qué sería injusto castigar con la pena máxima a alguien que hizo tanto daño a la sociedad y que, de hecho, en la medida que es concebido como un peligro público, podría eventualmente cometer un crimen aún peor en el futuro? Podemos responder a esta pregunta desde dos perspectivas.

Desde la primera perspectiva se requiere comprender, primero, que matar es un acto malo en sí mismo, porque se atenta para siempre contra la libertad de un individuo. El que alguien haya matado a 100 personas no justifica que el Estado lo mate, porque de esa forma este último estaría cometiendo un crimen, y eso es incorrecto. Y lo es más aún si pensamos que nos estamos refiriendo, ni más ni menos, que al propio Estado, entidad que tiene, a mi entender, el deber de corregir los defectos de la naturaleza y de los propios individuos, y velar por el progreso ético e intelectual de estos últimos.

Y, por cierto, ¿cuál es el principio que guiaría ese actuar? ¿Matarlo porque mató? ¿No es eso lo que comúnmente conocemos por “venganza”? ¿Es correcto actuar por venganza ante algo tan valioso como decidir si alguien vive o no? Me parece que aquello merece un principio más elevado que un simple sentimiento o impulso.

¿Es entonces la racionalidad -y con esto nos metemos en la segunda perspectiva- el principio que guiaría la idea de aplicar la pena de muerte? ¿Es correcto matarlo porque de esta manera evitamos que siga cometiendo crímenes? La intuición nos dice que, bajo esta lógica, sí lo sería, porque de esa forma se evita un mal mayor. Sin embargo, la evidencia no acompaña esta afirmación, ya que diversos estudios concluyen que la pena de muerte no disminuye los crímenes ni es disuasivo con los asesinos.

Por tanto, parece ser que la pena de muerte, ya sea evaluando el acto en sí mismo o sus efectos, no es una medida normativamente correcta.

Trayendo el tema a Chile, dado nuestro contexto socio-político, no me parece que sea la pena de muerte la solución adecuada a los problemas que se atañen. Si el estallido de octubre se entiende como un acontecimiento histórico en el que el pueblo de Chile se levantó en contra de la autoridad exigiendo un país más justo, una forma de interpretarlo es plantear la idea de que nuestro orden social debe ser más justo. Esto implica -desde un punto de vista que comparto- llegar a niveles sociales más igualitarios, sin por ello dejar de lado la esfera de la libertad; lo que se puede entender como -más allá de llegar a un igualitarismo material- lograr una igual ciudadanía, una igualdad en lo democrático. En donde el sexo, la raza o la preferencia sexual no determine el respeto que la sociedad te debe, qué tan libre puedes ser, ni las ventajas y costos que obtendrás de la cooperación social.

Volviendo a la premisa que se plantea al principio del párrafo anterior, la evidencia internacional nos señala que la pena de muerte es profundamente discriminadora con los pobres y las minorías raciales, es decir, existe más probabilidad de que condenen a muerte, por ejemplo, a una persona pobre que a un rico; a un negro que a un blanco. Esto nos quiere decir que, al final, como tantas otras veces, la posibilidad de vivir de un procesado dependería del tamaño de su billetera o de la suerte de nacer en una familia con características que la sociedad ha enaltecido. Esto significa que no hay igualdad ante la ley y, por ende, el orden social da beneficios a unos por sobre otros, lo que lo convierte en injusto. Esto se aleja de sobremanera de lo que creo tenemos que aspirar como país.

La rabia que todos sentimos producto de los horribles sucesos que se han conocido en el último tiempo es absoluta y legítimamente comprensible. Los crímenes son brutales. Y como sociedad debemos estar a la altura de las circunstancias, lo que implica sancionar adecuadamente a quienes no respetan la libertad, y, más que eso, la vida misma. No obstante, debemos resistirnos -aunque sea tentador- y evitar -aunque sea muy difícil- tomar el camino más fácil. Organizar nuestra sociedad requiere, justamente, de acciones y decisiones complejas. Y eso requiere tener valentía para defender con convicción los valores de justicia para una sociedad democrática. Es un deber moral. Pensar lo contrario es lo peor que podemos hacer.

¿Cómo sentirte parte de un sistema quebrantado?

Por Victoria Correa J.

Indagar en las ideas que sirvieron de sustento al sistema actual puede permitirnos ver un panorama promisorio. Pues son precisamente las ideas, y sobre todo las innovadoras, las que lideran los cambios estructurales. Para ello, es necesario situarnos por allá en el siglo XVIII antes de que la revolución francesa estallara. Así, nos toparemos con las mentes que dieron forma a la manera en la que vivimos y nos relacionamos. Los contractualistas, por ejemplo, afirmaban que la ley es un producto de la libertad de los ciudadanos. ¿Suena raro no? ¿Que una ley que me prohíbe conductas o las permite, sea generada por mi libertad? Efectivamente suena raro. Pero, no es raro cuando lo miramos en perspectiva pues, los creadores de la ley somos nosotros mismos, que por medio de unos pocos a quienes llamamos representantes, generamos la articulación de un sistema social, político y jurídico que garantice la coexistencia de los derechos de todos, que son entre sí recíprocos e iguales. Hoy en día encontrar en la práctica la esencia de lo anterior, es una tarea compleja. Ya no nos sentimos representados por nuestros representantes, no sabemos muy bien de dónde vienen sus intereses o a quiénes sirven, y la idea de vivir en un sistema que abandona niños, que deja fuera mujeres y que no tiene en cuenta a su población envejecida, nos agobia.

Rousseau en el contrato social afirma: “el soberano, que no es más que un ser colectivo, no puede ser representado más que por sí mismo: el poder puede transmitirse, pero no la voluntad”. Ciertamente, creo que el colectivo no puede ser representado más que por sí mismo, pero el único mecanismo capaz de producir lo anterior es la votación de una mayoría por una minoría en las urnas. O, ¿eso creíamos?

 La tecnología y la innovación se han puesto al servicio de la persona y ahora de la democracia. Crowdlaw, un movimiento de regeneración democrática que nació dentro de The GovLab de la NYU, impulsó este mecanismo que ofrece una oportunidad significativa para que la ciudadanía participe de cualquier proceso legislativo, ejecutivo o de toma de decisiones públicas, combinando la Inteligencia Colectiva de las comunidades con la Inteligencia Artificial, permitiendo mejorar la legitimidad del proceso de toma de decisiones, fortaleciendo la confianza en la ciudadanía y dando lugar a una nueva era más abierta y democrática. En el área nacional, Chile posee desde el año 2003 una plataforma digital de participación ciudadana, Senador Virtual, en la cual personas naturales pueden participar y dar su opinión en ciertos debates legislativos previo a la votación de los senadores. Los resultados de las votaciones virtuales son procesadas en un informe que es enviado a los Senadores parte de la comisión pertinente, para enriquecer el debate legislativo. Pero, una de las sugerencias definidas por el estudio Senador virtual: 16 años de crowdlaw en el parlamento Chileno, es que aún es necesario extender el uso de esta herramienta para capturar información útil para el proceso legislativo, agregando más valor a la discusión parlamentaria.

La afirmación de que “vivimos en pleno siglo XXI y sin embargo nuestras instituciones políticas son propias del siglo XIX” es un total acierto. Con una ciudadanía que tiene cada vez más ganas de romper con el status quo y que se interesa cada vez más por el quehacer político, este mecanismo se presenta como una oportunidad que nos permite sentirnos un poco más dentro del sistema.

Referencias

Universidad Adolfo Ibáñez | Senador virtual: 16 años de crowdlaw en el parlamento Chileno. Noviembre 2019 from: https://gobierno.uai.cl/assets/uploads/2020/04/paper-crowdlaw-2.pdf

Ideas Imprescindibles | CrowdLaw, la inteligencia colectiva al rescate de la Democracia. From: https://ideasimprescindibles.es/crowdlaw-inteligencia-colectiva-democracia/

El liberalismo y sus tensiones

Por Marco Bravo Gatica

Mucha tinta se ha escrito en nuestro país sobre el debate entre liberalismos. Con pretensiones electorales o de influencia de ideas se han escrito muchos libros desde izquierda a derecha para ofrecer el proyecto más convincente y, también suelen decir, el “más” liberal. Cristóbal Bellolio, en su libro “Liberalismo, una cartografía”, ofrece un material distinto, uno que gráfica las principales tensiones del liberalismo, en lo que destaca un fin educativo más que persuasivo. En este libro se deja afuera la distinción entre falsos y verdaderos liberales, buscando llevar a sus límites este conjunto de ideas que sitúan a la libertad en su centro. Bajo ese marco entonces podríamos decir que más que enemigos o impostores, lo que vendrían siendo entre si los Axel Kaiser, Lucia Santa Cruz, Andrés Velasco, Daniel Brieba, Agustín Squella o Vlado Mirosevic, y la mayoría de quienes han escrito libros sobre liberalismo, consistiría en una muy amplia familia, con dimes y diretes, pero con bordes a sus extremos relativamente definidos. Bellolio nos ofrece un mapa que instala, ubica y rastrea las características de diferentes liberalismos, en cuanto a lo que comparten como a lo que los diferencia. Con esta cartografía en mano se puede evaluar las contribuciones como deficiencias de los distintos principios liberales mientras se percibe el alcance y el poder del liberalismo en su conjunto.

A través de distintos debates contemporáneos el autor va repasando los puntos elementales de esta gran parentela. En una especie de manual para principiantes -con puntuales pasajes complejos- identifica siete criterios para definir la vereda en que se encontraría un liberal. Al recorrer el libro el autor va mostrando como se ajustan y reajustan los principios centrales del liberalismo de tal manera de afrontar los escollos que se van presentando, pero también dando espacio para mostrar sus cerrojos, un ejemplo sería el consenso a una especie de tolerancia a la desigualdad.

Esos frentes internos serían los que ordenen las alianzas del espectro político por la búsqueda del poder, pactando a distintos liberales junto a socialistas y conservadores. Este punto resulta interesante para entender el panorama, porque daría cuenta de que la mansión liberal sería muy amplia como para poder coexistir y que prefieran las potenciales amistades que podrían generar con otras ideologías, o que las posibilidades de obtener buenos resultados electorales sean escasas al ir en familia. Ambas parecerían plausibles, pero la primera se expresa con mayor claridad en el libro, al dar cuenta de una gran amplitud al interior la familia.

Ya sean tensiones internas o externas, este árbol de muchas ramas llamado liberalismo sigue resistiendo a los muchos ventarrones que le han sobrevenido. Sin embargo, el autor cierra con que no es ni de cerca el fin de la historia, siendo él un escéptico frente a la posibilidad de que la ideología liberal tenga las herramientas suficientes para responder a los nuevos desafíos, aquellos que hoy le imponen el populismo, la inteligencia artificial o el cambio climático. Hoy la pandemia refuerza esa duda y se le abren muchos frentes a los cuales debe responder, a saber, el atractivo que toma el autoritarismo, el debilitamiento de la globalización, entre otras dificultades. Si algo queda claro es la apertura de la familia liberal para poner en evaluación sus premisas y el espacio para los cuestionamientos. Cristóbal Bellolio indica que “por ahora el liberalismo sería el mejor discurso que hemos sido capaces de elaborar para conducir nuestros pasos” y que la tensión vendría siendo un componente más de su morfología. La historia sigue su curso.

Poder

Por Matías Acuña Núñez

La muerte de George Floyd a manos de la policía la semana pasada ha desatado una ola de manifestaciones en Estados Unidos. En medio de uno de los momentos más complejos en mucho tiempo, la gente está saliendo a las calles a protestar contra el abuso policial y, principalmente, contra el racismo. Gracias a las bondades de la tecnología y por el hecho de que vivimos en un mundo altamente globalizado, la noticia se ha expandido rápidamente, lo que tiene a millones personas de diversos lugares del planeta apoyando esta legítima causa; ya sea mediante sus redes sociales o en la misma calle, como es el caso de varios países europeos.

La historia de Estados Unidos está marcada por una larga tradición de discriminación racista que va desde la esclavitud, al movimiento por los derechos civiles de Martin Luther King y lo ocurrido históricamente con la población indígena e inmigrantes latinoamericanos, asiáticos y europeos. Dado ello, probablemente resulte simplista atribuir sólo a Trump la responsabilidad de lo que ocurre. Sin embargo, un presidente que hizo campaña con la idea de instalar un muro para controlar la inmigración de ciudadanos mexicanos y que hoy ha respondido a las protestas con un discurso violento y polarizador, sin duda que ayuda a intensificar el descontento. De alguna forma, el mandatario ha colaborado a convertir esta lucha minoritaria, en una reivindicación social.

Los recientes sucesos se suman a la no menor cantidad de levantamientos sociales ocurridos en el último año -y en la última década, por cierto-, dentro de los que se hallan Chile, Ecuador, Francia y Puerto Rico, sólo por mencionar algunos. Aquello produce interrogantes sobre la estabilidad de la democracia, y su latente vulnerabilidad a las crisis sociales. ¿Será esto algo propio de su naturaleza? ¿Algo que yace intrínseco en un sistema que da libertades a sus integrantes para actuar de manera en que socavan el status quo?

En medio de toda esta discusión, algo que sin duda ha provocado curiosidad es la irrupción de Anonymous. La aparición de la famosa máscara en cada una de nuestras pantallas probablemente haya provocado sensaciones diversas. Por un lado, parece brindar la narrativa que estaba haciendo falta para consignar a este año como digno de un rodaje cinematográfico; lo que ayuda a la distensión en un momento en que esto es especialmente necesario (dada la catástrofe sanitaria y económica que vivimos). Pero por las mismas razones por las que para algunos supone algo entretenido, es que para otros este hecho ha despertado signos de la más grande desesperanza. No obstante aquello, ¿cuál es el origen de la máscara de la que todos hablan?

Cuenta la historia que en los albores del siglo XVII, la comunidad católica residente en Inglaterra estaba altamente descontenta con la gran represión que el Estado absolutista, dirigido por Jacobo I, les imponía. Un grupo de ellos, liderados por Guy Fawkes, organizó la llamada “Conspiración de la Pólvora”, la cual tenía como objetivo hacer explotar el Palacio de Westminster -lugar en donde se reunía el rey junto al parlamento británico- como un primer paso para acabar con la represión y establecer un Estado católico. Pese a los esfuerzos, el complot fue descubierto y sus responsables fueron ejecutados públicamente. Sin embargo, la historia se encargó de convertir a Fawkes en un símbolo de revolución, dando inspiración a la máscara que hoy forma parte de la cultura popular y que está basada en sus rasgos faciales.

Es así que nos preguntamos nuevamente: ¿Son las crisis sociales algo propio de la democracia? Aristóteles probablemente nos diría que más que de la democracia, las crisis sociales son propias de la política. Y es que -parafraseándolo- si la gente cree que tiene menos de lo que merece; se siente despreciada o socialmente inferior; y habita un lugar en donde el bienestar se desarrolla de manera desproporcionada, pueden armarse facciones que busquen un cambio. Es decir, cuando los oprimidos se dan cuenta de que son oprimidos, no tarda en llegar un levantamiento social, sea en una monarquía como la de Jacobo I o en una democracia como la que eligió a Trump.

Sin embargo, también es interesante analizar las diferencias entre la Inglaterra de esa época y la de los conflictos sociales actuales. No es difícil advertir la gran brecha temporal que los separa, lo que involucra divergencias en torno al nivel de conocimiento, información circulante, ciencia y tecnología. Las sociedades de hoy son, con toda seguridad, mucho más avanzadas que las de ayer. Y las personas, al ser más educadas, son más autónomas.

En este sentido, podemos apreciar que la tecnología ha impulsado algo así como la “digitalización de la vida”, lo cual implica que gran parte de nuestra cotidianeidad y nuestras relaciones sociales son en torno a nuestros dispositivos electrónicos. Cada persona vive su propia burbuja, mirando los contenidos que le gustan, lo que tiene efectos en la construcción de la propia identidad. Aquello podría interpretarse como sinónimo de que la tecnología nos está aislando y haciendo más individualistas, y menos propensos a hacernos parte de causas sociales. Pero académicos como Manuel Castells le dan una interpretación algo distinta. Según el sociólogo español, la tecnología, y más precisamente, las redes sociales, han aumentado el sentimiento de solidaridad entre las personas del mundo.

Por consiguiente, el acceso a la información y el conocimiento, y el avance de la tecnología nos han hecho, por un lado, más autónomos (lo que no implica que más individualistas) y, por otro lado, más solidarios. Es decir, podemos concebirlos como una herramienta para la organización social, una suerte de catalizador de las causas sociales. Al final, sociedades con más acceso al conocimiento son, probablemente, sociedades más empoderadas y democráticas. Esto toma sentido cuando pensamos en que la manifestación ciudadana de los problemas sociales es un acto profundamente democrático.

Podemos apreciar, entonces, que a diferencia de otros tiempos, hoy el conocimiento está notablemente más democratizado. Gracias a la tecnología, ya no existe un monopolio de la información por parte de la autoridad, lo que implica que esa autoridad cede algo de poder.

Y ante esta premisa, Anonymous es la representación por excelencia. Su alto acceso al conocimiento tienen hoy a varias instituciones, incluido el presidente de la nación más poderosa del mundo, amenazados públicamente respecto de revelar información comprometedora. Cierto o no, esto significa grandes obstáculos para la gobernanza, debido al efecto que provoca esta circulación de información entre las masas.

Ya no nos preguntamos, entonces, por la estabilidad de la democracia, sino que por la del poder mismo. Es la figura de la autoridad lo que está en jaque: ¿hasta qué punto el avance de la tecnología, y más precisamente, la masificación de la información son coherentes con la noción de sociedad y de política que tenemos? ¿Podrán coexistir en el futuro la sociedad de la información y el poder?

Interferencia a la autonomía.

En el amanecer de esta semana mucha gente fue someramente interferida. En aras de la libertad de información, la intimidad de muchos pacientes -afectos al virus que atemoriza a la población- fue obstruida por un medio de comunicación y se pudo ver, casi exactamente, donde se encontraban aquellos que poseían el virus. El hecho ilustra un punto a tomar en cuenta en las décadas venideras, a saber, el peligro de perder el poder de nuestro espacio más íntimo, ya que en las sociedades liberales en que habitamos, la privacidad es el lente a través del cual se puede ver la autonomía.

Sin duda que el progreso de los últimos siglos nos ha traído diferentes bondades, pensando en mejores condiciones materiales, aumentos en derechos, y sobre todo un aumento exponencial del conocimiento. Pero también esa mejora en el conocimiento impacta en lo que se sabe de la vida de cada uno de los individuos.

El drama de los datos de esta semana intimida al avizorar que, frente la debilidad de la privacidad y al galopante progreso de esta nueva sociedad del conocimiento, el futuro moderno augura la ventilación de los hábitos de consumo y movimiento con los que se pueden extraer patrones que a la larga permiten manipular de manera invisible a los individuos, poniendo en riesgo la autonomía individual.

Vista comúnmente como la capacidad de tomar decisiones auténticas sobre cuestiones centrales de la vida, la autonomía cedería un inmenso terreno a aquellos que buscan manipular los intereses con el fin de dirigir tu consumo o conducir tus ideas en elecciones, como ya se ha visto en la elección de Donald Trump o la victoria del Brexit.

Ya nos recordaba Immanuel Kant, hace cerca de tres siglos atrás, que la conducta moral que nos distingue como seres humanos y que nos entrega dignidad es la autonomía, pero cuando distintas entidades nos usan como objetos- heterónomos diría Kant- es cuando dejamos de ser fines y nos transformamos en simples medios.

Justamente el hecho de que las personas tomen sus propias decisiones es la justificación, para algunos como John Stuart Mill, de que exista una coerción social para que las personas no se dañen unas a otras.

Las razones anteriores me parecen suficientes para condenar el oprobio hacia la sociedad cometido por aquel medio de comunicación. Esta interferencia al ejercicio de la autonomía firma un peligroso precedente, uno del que deberemos ir haciendo frente con el correr del siglo. La contienda ya comenzó.  

Coronavirus y liberalismo

Columna publicada el día 30 de abril del 2020 en El Mercurio.

Cuando los principios más básicos del liberalismo -vida, libertad y propiedad- están en juego, el naipe de la sociedad se altera. El coronavirus ya repartió sus cartas. Cuidamos la vida con medidas sanitarias. Coartamos la libertad con aislamiento y prohibiciones. Y vemos amenazado nuestro bienestar. En resumen, todo lo que es propio, tambalea. En cierto sentido esta crisis nos permite valorar los fundamentos del liberalismo y nos aleja de las caricaturas que se han construido en torno a éste.

Si reflexionamos sobre el llamado a quedarse en casa, es un llamado a cuidarnos para cuidar a los demás. Nos preocupamos de nosotros mismos para ayudar a los otros. Esta es la idea del interés propio de Adam Smith, o del amour de soi de Rousseau. En cambio, el egoísmo, el self-love de Smith o el amor-propre de Rousseau, son moralmente reprobables porque se relacionan con la vanidad. En cambio, cuidarnos, preocuparnos de lo propio, lo íntimo y lo cercano se extiende hacia los demás. Este es el mensaje del coronavirus.

La mano invisible, la metáfora más famosa de la historia del pensamiento económico, se refiere a esto último. Según el padre de la economía, cada persona motivada por su propio interés frecuentemente promueve el interés de la sociedad (notar que, así como interés propio no es egoísmo, frecuentemente tampoco es lo mismo que siempre). Es moralmente aceptable y socialmente deseable que cada uno se preocupe de lo propio en su sentido más amplio, más allá de lo material y pecuniario.

Pero todo este virtuoso entramado que vincula y conecta lo propio con lo público, ocurre bajo una concepción de la competencia y del mercado que difiere de la ley de la selva o de la sobrevivencia del más fuerte. Al observar el fenómeno del comercio y el progreso, nos recuerda Smith, pareciera que existiera “asistencia y cooperación” entre las personas. De hecho, si pensamos en las complejidades detrás de la producción de cualquier bien, aparece una coordinación espontánea que nada ni nadie podría planificar de mejor manera. El interés propio, bajo ciertas reglas y normas, permite la competencia como un fair play en la cancha del mercado.

Adam Smith también nos recuerda que el fundamento de una economía social de mercado es la “propensión al intercambio”. Pero no se trata de cualquier intercambio. No somos perros que mordemos y peleamos por un hueso. El intercambio entre personas es “honesto y deliberado”, o sea, combina justicia con razón, moral con información. En definitiva, complementa ética y economía. Y si además recordamos esa otra facultad Smithiana de la empatía (sympathy), esto es, esa capacidad para ponernos y proyectarnos en los zapatos del otro, entendemos lo que hay en juego detrás de esta crisis. Es el mercado en su más amplia y genuina expresión.

En esta crisis la competencia como cooperación ha surgido con fuerza. Es la mano invisible que mueve la rueda de la sociedad. Basta ver todas las iniciativas que involucran al Estado, bajo el timón del gobierno, con empresarios, académicos y representantes de la sociedad civil. Hasta ahora Chile ha enfrentado con éxito el coronavirus. Los esfuerzos para empujar el carro de la alicaída oferta y demanda, cuidando la vida, la libertad y la propiedad, así lo demuestran. Este es el momento de la acción colectiva, de la flexibilidad y de poner a prueba nuestra capacidad de adaptación.

Pero los naipes se barajan con mano veloz. La fea cara de la crisis económica ya se asomó. El desempleo se disparó. El déficit fiscal rondará el 8% del PIB. Y nuestra deuda, el 40% del PIB. Si la profunda crisis del 82 la enfrentamos bajo una dictadura, esta crisis la estamos enfrentando en el mercado de la democracia liberal. Es el tiempo para el juego honesto y deliberado. Y es también el tiempo para la austeridad y la responsabilidad. Vaya desafío.

Leonidas Montes

Director del Centro de Estudios Públicos.