Ignacio Briones

Por Marco Bravo Gatica

En las últimas semanas hemos visto cómo la carrera presidencial se ha desatado. Pese a ser una elección de menor envergadura frente a la histórica constituyente fijada para abril, los distintos conglomerados, partidos y actores están moviendo sus piezas con el fin de quedarse con la elección presidencial de fin de año y ser quien, o quienes, se hagan cargo de implementar o conducir una futura nueva constitución. En este escenario, con una centroizquierda que rápidamente se ha ido cuadrando bajo la figura de Paula Narvaez y un Frente Amplio sin una carta potente a la vista, pareciera ser que la entretención correrá por cuenta de la derecha, dónde el último que se estaría incorporando a la contienda es el actual ministro de hacienda, Ignacio Briones.

Puede que este último hecho suene irrelevante, ya que, a la larga, las posibilidades del ministro de quedarse con la victoria a fin de año son casi nulas. De hecho, las posibilidades de que se imponga frente a Joaquín Lavín o Evelyn Matthei en una eventual primaria ya suenan irrisorias.

Sin duda que sus rivales tienen un tonelaje político importante y es muy probable que entre ellos dos salga el futuro abanderado del sector. ¿Significa lo anterior que la jugada de Briones -o quienes buscan proclamarlo- es absurda?

Es común en la cuestión política que jugadas como está se lleven a cabo. ¿Cuántas veces no hemos visto candidatos que, con total certeza, compiten sin ninguna opción de salir victoriosos? De hecho, en cada elección se cuentan, cómo mínimo, tres o cuatro dentro del grupo de los “sin opciones”.

Sin embargo, dado el momento que vive la derecha en nuestro país, la candidatura de Briones, cómo todas aquellas que “sin opciones” se aventuran a procesos electorales, tiene su razón de ser.

La particularidad del caso Briones consiste, principalmente, en dar aire a una derecha que se quiera preciar como liberal. En momentos en que el sector coquetea con el populismo, tras aliarse con José Antonio Kast de cara a las elecciones de constituyentes, Evelyn Matthei repite la antigua y superflua dicotomía de que “la izquierda quiere todo regalado y la derecha es quien premia a quienes se esfuerzan” o Joaquín Lavín, quien un día puede abrazar la socialdemocracia y al otro ser contrario a demandas de libertad que cualquier socialdemócrata estaría de acuerdo, frente a todo este escenario, una candidatura que abrace gran parte del ideario liberal podría darle vitalidad a un nicho que el último tiempo ha sufrido múltiples decepciones.

Pese a ser un Ministro de Hacienda -con la impopularidad que aquel cargo conlleva- y haber sido el protagonista de algunos errores y fracasos del gobierno en este último año de emergencia sanitaria y económica, el discurso que trae consigo goza de una profundidad y coherencia liberal poco común tanto en su partido cómo en el conglomerado. Conocido defensor de las bondades del mercado, Briones no se conforma con eso y considera la relevancia de lo que se conoce cómo libertad positiva, es decir, aquella libertad que está consciente de la necesidad de brindar condiciones que puedan hacer efectiva la libertad. El relato de la igualdad de trato, que resuena mucho en el malestar que acaece en el Chile actual, está muy presente en esa concepción.

En vista de estas credenciales y de la necesidad del sector de revitalizar su discurso y profundizarlo frente a las demandas que han surgido el último tiempo en nuestro país, la posibilidad de que Ignacio Briones asista a las primarias de Chile Vamos parece ser una buena noticia. Tal cómo dijo Carlos Peña: “Briones- y quienes lo proclaman- tiene muy buenas razones para ir a perder”.

Cultura de corrupción, cultura de protestas

Por Rocío Leiva Mora

Uno podría suponer que con una pandemia mundial las personas evitarían a toda costa los eventos masivos o situaciones con riesgo de contagio. Pero muy a pesar de ello, y para sorpresa de algunos, hemos sido testigos de una serie de protestas con disturbios en Latinoamérica, en países como Chile, Perú y Guatemala, entre otros; un síntoma de descontento que, aunque por motivos aparentemente distintos, tiene como factor común un malestar hacia el gobierno por motivos de corrupción y/o desigualdades sociales. Descontento que, fundamentado o no, se alimenta de las grandes y pequeñas expresiones de corrupción en gobiernos que tal vez, cegados por el poder, ignoran que sus dichos y actos no son gratuitos. Una clase política que creció en medio de una cultura de corrupción puede que hoy esté dando a luz una cultura de protestas que, de forma explícita o implícita, fundada o infundada, busca tomar la justicia bajo métodos cuestionables.

Sin en afán de ahondar en los motivos que llevan a los disturbios, ni en la legitimidad de ellos, parece ser que es un fenómeno que se quedará por un tiempo (al menos hasta que se establezca un nuevo estatus quo), porque, a pesar de que se rechace la violencia, existe la sensación de que es un mecanismo que da resultados. Parece ser que estamos viviendo una transición cultural donde los gobiernos para poder sobrevivir deberán comenzar a considerar la presión social como una variable aún más relevante, atendiendo así a sus demandas, con lo positivo o negativo que ello pueda implicar. Porque si bien, todos deseamos gobiernos menos corruptos, la corrupción sabe cómo sobrevivir, y uno de los riegos de tener un contexto así, es el surgimiento de líderes populistas. Y no se debe pensar que el líder populista ha de surgir solo de un sector político en particular, sino que izquierda, derecha o centro son susceptibles a ello porque el poder es susceptible a ello.

Así, mi preocupación es que, si esta cultura de protestas se establece, alimentada por una cultura de acusación (y “cancelación”) cuyo hábitat natural son las redes sociales, pueda dar a luz en el mediano plazo un nuevo estatus quo de paz superficial y populismo bien elaborado; un populismo que sea comprado por los diversos sectores políticos. Porque como hemos visto, el malestar social no es propio de izquierda o derecha (evidencia de esto es la convocatoria que tuvo el “apruebo”), y, aunque el hábito de la acusación no es exento de sesgo ideológico, como tal, parece ser cada vez más transversal entre individuos.

Ante esta situación, es necesario no solo estar consciente de los sesgos ideológicos propios con tal de ser lo más objetivos posibles al momento de juzgar, sino que la población se eduque en reconocer las manifestaciones del populismo y las características de quienes lo encarnan.

La paja en el ojo ajeno

Por Pablo Salvatierra

Hace un par de semanas, Joe Biden se impuso a Donald Trump en una de las elecciones más peleadas en el último tiempo de Estados Unidos. La victoria del demócrata hace suponer un liderazgo más aterrizado y convocador a la unidad sin importar el color político de los ciudadanos. Sin embargo, uno de las cosas que más se celebró, es la “caída” de un líder con una característica que es la antítesis total a la democracia: el populismo.

Un defecto que tienen las personas, es el de buscar culpas y apuntar con el dedo todos los males ajenos. No obstante, en Chile no estamos tan lejos de figuras políticas populistas, las que en el afán de generar adherencia y valoración social, se desvían de su fin último que es velar por la seguridad y bienestar de las personas. Por ejemplo, Pamela Jiles y el revuelo mediático tras auto celebrarse por ser la impulsora del segundo retiro del 10%.

Según la RAE este concepto se define como una «tendencia política que pretende atraerse a las clases populares». De esta forma, el proyecto del segundo retiro es un fiel reflejo de demagogia. Esto, ya que carece de cualquier fundamento técnico y la mirada de los economistas –de izquierda y derecha– es categórica: solo aumentará la desigualdad y significará un gasto fiscal enorme.

Lo último es solo un ejemplo de cómo opera el populismo. Sin ir más lejos, The New York Times elaboró un artículo donde describe si efectivamente el populismo se termina con la derrota de Trump. Su conclusión fue que esta ola distaba mucho de finalizar y que, lamentablemente, deja huella: […] Es probable que algunos de estos líderes puedan explotar las secuelas de la pandemia, desde el desempleo crónico y la inseguridad hasta el aumento de la deuda pública y las tensiones raciales, incluso si ellos mismos empeoraron los problemas minimizando la amenaza del virus y politizando al país”.

Como conclusión, no estamos tan lejos del populismo. Lo que nos queda a nosotros como ciudadanos para combatir este tipo de conductas es tomarle el peso a estas figuras populistas. Es decir, no ignorar y condenar esta tendencia sin importar el sector político; informarse lo máximo posible, pues esto dará panorama amplio de lo que ocurre y se tendrá conocimiento de las diferentes posturas en torno a un tema; no ignorar los argumentos técnicos y por último, promover los valores democráticos como el diálogo y respeto mutuo, dejando de lado cualquier tipo de insultos o incitación al odio. 

Solo así estaremos a salvo de un(a) “Trump” chilen(a). Cuando un político prometa cambiarlo todo de un día para otro, salgan arrancando.

No hay aprendizaje: centralismo y pobre tacto político

Por Daniel Pacheco Henríquez

Somos la única especie capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Pero uno podría pensar que el tamaño de la piedra con la que chocamos es proporcional al aprendizaje que obtenemos, vale decir, si el primer golpe fue muy duro, es menos probable que nos volvamos a equivocar en la misma situación. Ahora, todo indica que hay personas y ciertos grupos que son más propensos a caer en esta contradicción de la experiencia humana.

A comienzos del año 2011, Magallanes se tomó la agenda pública nacional producto de la crisis social desatada a raíz del anuncio por parte del primer Gobierno del presidente Piñera conforme al cual se evidenciaría un aumento en torno al 17% en el precio del gas natural en la región. El conflicto estalla a otro nivel cuando el Ministro de Energía de la época, Ricardo Rainieri, señaló que “el subsidio al gas en Magallanes es una fiesta que debe terminar”, declaración que a la postre le terminaría costando el cargo al otrora secretario de Estado. El paro llegó a su fin, cuando se acuerda subir el precio sólo un 3% en los próximos 10 meses y la entrega de 18 mil subsidios a las familias más pobres de la región. Durísimo traspié para la coalición de derecha.

Piñera terminó entregando un importante mensaje a la población magallánica en aquel entonces: nunca más se pondrá en duda la continuidad de este importante subsidio en el territorio. Pues bien, a casi una década de esta crisis, la misma administración vuelve a insinuar una jugada similar. En efecto, en medio de la discusión del presupuesto de la nación para el ejercicio 2021, el Gobierno decidió rebajar en 3 mil millones de pesos los recursos destinados al subsidio del gas en Magallanes, transfiriéndolos desde la cartera de Energía hacia el tesoro público, lo que hace posible inferir que no está garantizado su continuidad en el futuro.

¿Cómo es posible que los mismos actores vuelvan a incurrir en el mismo error? La verdad es que no hay que sorprenderse mucho. Sobre todo, cuando ponemos en perspectiva la lógica con la que ejercen autoridad y comprenden las dinámicas sociales, es decir, a través de un exacerbado centralismo, y, por otro lado, utilizando sólo como matriz de análisis y solución de problemas, el planteamiento costo-beneficio. No puedo asegurar mala voluntad de los altos funcionarios para con la zona afectada con esta medida, pero sí hay evidencia para sostener que una variable fundamental para entender este problema es que, el poder central chileno no tiene idea alguna sobre las conveniencias del territorio. El gas no es un lujo para la gente de Magallanes, sino más bien, una necesidad básica para poder vivir en el territorio, no hay otra lectura.

También se puede afirmar –con bastante seguridad– que, si el gobierno no se retracta, y persiste el planteamiento de la ley de presupuesto original, existirá una tensión enorme desde Magallanes, teniendo a la región como una de las zonas más afectadas del país producto de la pandemia, con una estrategia en torno a la misma que corre extraordinariamente a destiempo. Todos estos antecedentes son razón suficiente para concluir en primer lugar, que Chile Vamos adolece de herramientas para leer contextos y simbolismos, mostrando un pobre “tacto político”; y en segundo término –lo más importante en mi interpretación–, es que los argumentos y resultados que terminaron inclinando la balanza hacia una estructura centralista del poder en la configuración del Estado chileno en el siglo XIX, hoy día ya no tienen validez.

Cuidar la democracia

Por Rocío Leiva Mora

Existe un amplio y difícilmente cuestionable consenso de que la democracia es el mejor sistema político que el ser humano ha creado hasta nuestros días. Un sistema que, aunque no inherente a la naturaleza humana, vale la pena cuidar y proteger por sus beneficios al desarrollo humano.

Vale la pena destacar que esta forma de gobierno es un producto elaborado el pensamiento humano y no producto espontáneo de su naturaleza. El ser humano puede ser tanto colaborativo como egoísta y, pocas cosas hay que aporten a la colaboración como los incentivos individuales. Por ello, la democracia es un bien susceptible a la desvirtuación cuando lo que queda es solo el nombre, pero se corrompe la esencia y, al ser los procesos democráticos procesos donde el humano es protagonista, este mismo humano que saca provecho de la democracia, podría llegar a corromperla.

Por ello, la democracia es en esencia frágil cuando confiamos en la mera buena voluntad de los individuos y descuidamos las estructuras e instituciones destinadas a resguardar lo democrático.

Para bien o para mal, Estados Unidos es relevante a nivel mundial, ni los individuos ni las economías son indiferentes a lo que ocurre con la democracia de este país y, su influencia en países como por ejemplo los latinoamericanos, es tanto explícita como implícita. El presidente electo democráticamente en las elecciones pasadas hoy reclama fraude electoral y surge nuevamente la cuestión de proteger la democracia. Una cosa es clara, un fraude electoral es un atentado contra la democracia, pero ¿es un atentado contra la democracia que se acuse de fraude electoral? Si no hay evidencias para ello, sí; pero de existir evidencia, sería un acto de protección a la democracia. Entonces el mero hecho de acusar fraude electoral no debe ser criticado per se, si no la acusación sin pruebas. Y la existencia de pruebas es lo que diferenciará un atentado contra la democracia de un acto de protección a esta.

Es prudente que se cuide en extremo la forma en que se comunica una sospecha de fraude sin antes contar con evidencias que le respalden (sobre todo en la era de las fake news); pero también es prudente no ocultar la posibilidad de que ello ocurra, como si fuera un asunto tabú. Proteger la democracia en estos contextos debe ser mirar estos eventos con objetividad, dejando de lado los sesgos políticos y el carisma (o falta de carisma) de quien los protagonice. La confianza en la democracia no debe ser una fe ciega, como si los procesos políticos fueran divinos e infalibles, pero sí es razonable confiar en la trayectoria de dichos procesos y en las instituciones que gozan de buena reputación, a menos que se evidencia lo contrario.

Si bien pienso que es poco probable que exista fraude electoral en este caso, el hecho de que algo sea poco probable no significa que sea imposible; y estos asuntos deberían ser tratados con la seriedad que ameritan, esperando a que las instituciones competentes los evalúen a la luz de las evidencias. Evaluar estos asuntos con objetividad colaborará en no dividir más a una sociedad cada vez más polarizada.

La unidad como Estrella de Belén

Por Pablo Salvatierra

Chile tendrá una nueva Constitución. Ratificada o no con el plebiscito de salida, pero por primera vez en la historia se le consultó a la ciudadanía si quería redactar una nueva Carta Magna y cómo elaborarla.

Frente a este acontecimiento se vienen desafíos importantes para la clase política. Una seguidilla de elecciones y una sociedad civil que de a poco se ha ido involucrando más en el debate público, exige a sus representantes estar a la altura de las circunstancias. Por esto, hay un concepto que se ha utilizado bastante a lo largo de todo el espectro político y que a estas alturas parece desgastado: la unidad.

Brevemente, la historia bíblica de la Estrella de Belén relata que los Reyes Magos veían este astro en el cielo y los guiaba hasta el lugar de nacimiento de Jesús. Pues bien, tal como ocurre con esta narración, la unidad vendría siendo la “Estrella de Belén política”. Se sabe que ese es el camino, que no hay otra formula de éxito y que no se puede conseguir ningún tipo de proyecto político si no se alcanza. Ahora bien, si se sabe que no hay otra ruta, ¿por qué cuesta tanto generar unidad? Aquí algunas aproximaciones.

El domingo pasado un reportaje del diario La Tercera, tenía como eje central diagnosticar cuán polarizados estamos los chilenos. Uno de los elementos que se destacan, es que la dicotomía izquierda-derecha y su debate más intenso se da en la clase política principalmente, ya que los dirigentes buscan desmarcarse de sus adversarios. Por el contrario, la ciudadanía tiene un apoyo transversal a la “anti injusticia”, muchas veces capitalizada por este sector.

De esta forma, el artículo señala que el personalismo tiene un costo alto, pues este tipo de liderazgo se exacerba cuando hay conflicto y evita los consensos. “Deja libre a los extremos […] que como actúan solos son mucho más visibles. La mayoría moderada está fraccionada y se ve como algo heterogéneo, entonces la ciudadanía no puede identificarse ahí”, señaló una experta dentro del texto.

Según el último estudio Pulso Ciudadano de Activa Research, un 64% de los chilenos no se identifica con ningún partido político, por consiguiente, los conglomerados buscan acercarse lo máximo posible a la ciudadanía. Es en este afán de representación cuando se cae en conflictos internos y se aleja de la política de acuerdos. Ejemplos hay varios: el Frente Amplio y el PC no fueron capaces de adherirse a la Unidad Constituyente (pacto de unidad para las elecciones de alcaldes y gobernadores), las ácidas críticas de Jadue a personas de su sector o la ambigüedad de Chile Vamos frente al plebiscito que le restó credibilidad.

Por último, Eugenio Tironi en su libro “El Desborde” donde intenta darle explicación al “Estallido social”, señala que la democracia representativa está entredicho. Esto porque en la sociedad moderna “el pueblo no es una masa homogénea sino una sucesión de historias singulares, una adición de situaciones específicas”. Teniendo en cuenta lo anterior, las coaliciones políticas –oposición principalmente– no han logrado tener un discurso bien articulado, que concite acuerdos amplios con el debido respeto a las minorías, muchas veces cayendo en descalificaciones. Lo que en consecuencia, evita la cohesión y no permite a las personas sentirse identificadas.

Tal como la estrella de Belén, la unidad política guía el camino. Está ahí. Que la siga quien quiera gobernar.  

La gente no es tonta

Por Matías Acuña Núñez

El domingo 25 de octubre de 2020 será recordado por mucho tiempo como un día histórico para la república, y para el mundo.

Lo que ocurrió no es menor. Y es que el resultado del plebiscito se erige como una salida institucional a la crisis que veníamos viviendo desde hace un año, y nos recuerda que los problemas políticos se solucionan precisamente con política. Habló la democracia. Habló el pueblo de Chile.

Sin embargo, el período previo de campaña electoral de cierto sector político brilló por su bajeza.

La campaña del rechazo reflejó los aspectos más deplorables -y no digo que todos lo sean- de la derecha. (Con campaña hago alusión no sólo a la franja televisiva, también a la propaganda y al discurso de sus adherentes). Buscó difundir una serie de imágenes y mensajes oportunistas, tales como la idea de vincular directamente al Apruebo con el tema de la violencia; o, en este mismo sentido, apelar al miedo con eso de Chilezuela.

Hubo mensajes algo ridículos, como el “en esta franja usted no verá políticos”, que fue exhibido por un partido de ese lado del espectro, en un intento por desvincularse de su rol como partido político no siendo otra cosa que un partido político. Nada más que populismo en su máxima expresión.

Eslóganes como “rechazar para reformar” resultaron a ojos de todos un tanto inverosímiles -por decir lo menos- cuando revisamos el expediente de proyectos que han sido frenados y rechazados -miren que paradójico- por ellos mismos.

Y de lo inverosímil pasaron, impresentablemente, a lo falso, cuando mostraron el secuestro de un sacerdote -parte de una secuencia artística- como si fuese un suceso de violencia en medio de las manifestaciones.

Esto último hubiese sido lo más grave si no fuera por la absoluta falta de respeto y el descaro que significó utilizar “el derecho de vivir en paz” de Víctor Jara -hombre torturado y asesinado por la dictadura que algunos integrantes de aquel conglomerado defienden- en su franja televisiva que, por cierto, también fue el emblema de la protesta social de octubre.

Estos elementos nos hablan un poco del concepto de sociedad civil que tienen en ese sector político. Nos inducen a interpretar que la idea que por allí ronda es la de una población incapaz de darse cuenta de que están intentando influir en su elección no mediante un legítimo argumento sino despertando su miedo y reforzando sus incertezas.

Lo que yace justo en el corazón de esa premisa es, pienso, la percepción de que los ciudadanos y las ciudadanas son, también, incapaces de ejercer su rol de sujetos cívicos para tomar parte de la deliberación para la autodeterminación colectiva. Es finalmente una suerte de subestimación y escepticismo de la propia autonomía del individuo. Esto, naturalmente, resuelve en una enraizada desconfianza en la democracia misma.

La toma de decisiones y la distribución del poder en Chile sin duda se ha visto influida por ello, lo que en nuestros tiempos se lee como una incompatibilidad con la época que vivimos como sociedad. El incremento en los niveles de educación que ha experimentado nuestro país en las últimas décadas viene de la mano de una madurez social, un inconformismo y visión crítica del entorno que se habita y sobre las instituciones que lo rigen. Eso explica, por lo menos una parte, del conflicto social de octubre, y hace necesario, a la vez, que en el proceso constituyente se planteen mecanismos de participación política más directos.

Entonces, sí, podrán asediar a la población con su ola de proclamas y spots propagandísticos con los que, por ejemplo, invadieron YouTube durante estos meses (y aquí no busco hacer un juicio moral respecto de que si es correcto o no permitir la gran brecha de aportes económicos entre ambas campañas; ni tampoco digo que haber votado rechazo sea algo inmoral; sólo constato los hechos). Pero no olviden que la gente no es tonta. Y tiene memoria.

Espíritu Cívico

Por Daniel Pacheco Henríquez

Al cumplirse un año del inicio de lo que denominamos “Estallido Social”, son muchas las observaciones que se pueden hacer a la luz de los acontecimientos vividos. Por temas de espacio y de capacidad del autor –desde luego– es imposible siquiera delinear nuevas aristas u aproximaciones novedosas que enriquezcan la mirada en una semana tan importante para la trayectoria del país. Sólo quisiera reforzar un punto que considero de suma importancia en relación con lo que viene: en la conciencia y despliegue de nuestro espíritu cívico, en virtud de lo que está en juego el próximo 25 de octubre y los meses posteriores.

Entiendo por espíritu cívico, el respeto irrestricto a los valores que configuran nuestro sistema democrático, cuyos ejes han demostrado ser garantes del ejercicio de nuestras libertades. Bajo esta lógica, es indispensable participar a través del voto, aquel mecanismo que no reproduce las diferencias materiales existentes entre ciudadanos y nos hace sentir –y ser en los hechos– iguales. Ahora, el desafío no consiste solamente en hacer uso del derecho a sufragio, sino también, en participar activamente en lo que vendrá posteriormente. De no ocurrir nada muy extraño –aunque ha pasado en el último tiempo–, todo apunta a que la opción vencedora en el próximo plebiscito es “Apruebo” y “Convención Constituyente”. Siendo miembros de un colectivo y actuando con sensatez en función del momento histórico que nos encontramos, es menester involucrarse enérgicamente en el proceso. Como sociedad civil nos compete ser guardianes de la dinámica constituyente, es decir, ser permanentes fiscalizadores y exigir rendición de cuentas. Si bien en este mismo medio y espacio he sido crítico respecto de ciertas carácterísticas que nos impone la interección vía redes sociales, creo que para esta ocasión, si se utilizan bien, estas plataformas nos pueden ayudar a ejercer un mejor control sobre lo que irá ocurriendo.

Son varias las comparaciones que se han establecido entre lo vivido en octubre pasado y lo que fue el desarrollo de las primeras dos décadas del agitado siglo XX chileno. Fundamentalmente, por la asociación entre el descontento popular evidenciado en las calles del país y lo que conocemos como la “Cuestión Social”, fenómeno ampliamente estudiando por la historiografía nacional. No obstante, lo que no se ha estado muy presente en el debate actual, es cómo se terminó canalizando precisamente –a nivel institucional– el malestar que aquejaba a la sociedad de aquella época. Traer ese aspecto a colación es muy importante, pues nos puede aportar valiosas lecciones. Y esto tiene que ver con que, luego que los oficiales prusianos devuelven el poder después del golpe de Estado, en enero de 1925, poniendo como exigencia al “nuevo gobierno” la idea de convocar a una asamblea contituyente de carácter popular, lo que se vio más bien fue una usurpación del poder constituyente por parte del retornado presidente Arturo Alessandri, quien lideró un proceso cargado de irregularidades, redactando una carta practicamente a su antojo, sin ningún tipo de contrapeso y convocando finalmente a un plebiscito de salida marcado por inconsistencias y desprecio a las capas más humildes del país. Carlos Vicuña Fuentes, político de la época que apoyó a Alessandri para que presidiera el proceso constituyente, relató más tarde en un famoso libro que “el plebiscito consitucional fue la más grosera e indigna mascarada que jamás había presenciado Chile”.

Volviendo a lo que nos acontece, mi lectura es que cuando el tejido que estructura a la sociedad se ha deteriorado –constitución en sentido sociológico, si se quiere– como en el caso de Chile, la constitución en tanto sistema de reglas que moldea nuestro quehacer debe cambiar. Esto plantea un escenario lleno de incertidumbres, pues nadie puede asegurar un resultado favorable. Pero sí estoy convencido que, en la medida en que cada persona se desenvuelva en todo el proceso poniendo de relieve el valor de lo público, haciendo florecer el espíritu cívico, las probabilidades de crear un mejor hábitat para nuestra vida en común aumentarán sustancialmente.