Fase 2

Por Rocío Leiva Mora

Primero la Región Metropolitana y luego comunas de la quinta región regresan a fase 2 y, tanto el contexto como el ánimo de los ciudadanos parece haber cambiado en comparación a cuando se estuvo en fase 2 meses atrás. El ánimo en las calles y en los centros comerciales parece haber cambiado, una actitud más despreocupada, aunque consciente de los riesgos se ve en los individuos que, dispuestos a hacer largas filas, acuden a las tiendas para hacer sus compras navideñas; acuden, paradójicamente, a aquellos mismos lugares que a inicios del año muchos deseaban quemar. Estos mismos Malls que hacen meses despertaban las emociones más negativas, hoy acogen a los compradores navideños que logran experimentar algo de normalidad luego de tantos meses de confinamiento.

A pesar de que el aumento del comercio en estas fechas es algo beneficioso para la economía y los comerciantes, existe algo preocupante, que no es solo la manera en que se llenan estos centros, con escaso cumplimiento de distanciamiento social, sino que la actitud despreocupada de algunos, acompañada con un deseo de “normalidad” ha llevado consigo a un aumento de los contagios por covid en estas últimas semanas. Sin embargo, todo esto era de esperarse. Era de esperarse las aglomeraciones en los centros comerciales en fechas cercanas a navidad, con gente con dinero para gastar gracias al retiro del 10% de la afp, en comunas que luego de estar meses en cuarentena comenzaban a tener medidas más flexibles. Era de esperarse porque los individuos tienen incentivos individuales; porque cada uno tiende a pensar que otros se pueden contagiar, pero uno no; porque el encierro también cansa y de algún modo, ir a gastar dinero en regalos significa una satisfacción personal en medio de tiempos de tanto cansancio y estrés.

Por ello, porque ciertos comportamientos de individuos son esperables, es necesario que las autoridades impongan medidas y no solo apelar a que cada uno se cuide lo mejor posible. Y así como se ha sido una medida necesaria regresar a fase 2, es necesario pensar en el verano 2021 y cómo se administrarán las normas que restrinjan el turismo entre regiones. Porque lo que ocurrió en otros países, es probable que ocurra acá también y, es razonable esperar que el comportamiento esperable de los individuos se materialice también. La crisis del covid se debe entender como un conjunto de factores que se interrelacionan y lo mismo con el comportamiento de los individuos en estas situaciones. Son diversos los factores que pueden llevar a comportamientos riesgosos o no apropiados en pandemia, tales como factores económicos y emocionales (entre otros) y, es necesario comprender estos de forma particular como en su conjunto para tener un panorama más claro en el avance de la pandemia.

Cultura de corrupción, cultura de protestas

Por Rocío Leiva Mora

Uno podría suponer que con una pandemia mundial las personas evitarían a toda costa los eventos masivos o situaciones con riesgo de contagio. Pero muy a pesar de ello, y para sorpresa de algunos, hemos sido testigos de una serie de protestas con disturbios en Latinoamérica, en países como Chile, Perú y Guatemala, entre otros; un síntoma de descontento que, aunque por motivos aparentemente distintos, tiene como factor común un malestar hacia el gobierno por motivos de corrupción y/o desigualdades sociales. Descontento que, fundamentado o no, se alimenta de las grandes y pequeñas expresiones de corrupción en gobiernos que tal vez, cegados por el poder, ignoran que sus dichos y actos no son gratuitos. Una clase política que creció en medio de una cultura de corrupción puede que hoy esté dando a luz una cultura de protestas que, de forma explícita o implícita, fundada o infundada, busca tomar la justicia bajo métodos cuestionables.

Sin en afán de ahondar en los motivos que llevan a los disturbios, ni en la legitimidad de ellos, parece ser que es un fenómeno que se quedará por un tiempo (al menos hasta que se establezca un nuevo estatus quo), porque, a pesar de que se rechace la violencia, existe la sensación de que es un mecanismo que da resultados. Parece ser que estamos viviendo una transición cultural donde los gobiernos para poder sobrevivir deberán comenzar a considerar la presión social como una variable aún más relevante, atendiendo así a sus demandas, con lo positivo o negativo que ello pueda implicar. Porque si bien, todos deseamos gobiernos menos corruptos, la corrupción sabe cómo sobrevivir, y uno de los riegos de tener un contexto así, es el surgimiento de líderes populistas. Y no se debe pensar que el líder populista ha de surgir solo de un sector político en particular, sino que izquierda, derecha o centro son susceptibles a ello porque el poder es susceptible a ello.

Así, mi preocupación es que, si esta cultura de protestas se establece, alimentada por una cultura de acusación (y “cancelación”) cuyo hábitat natural son las redes sociales, pueda dar a luz en el mediano plazo un nuevo estatus quo de paz superficial y populismo bien elaborado; un populismo que sea comprado por los diversos sectores políticos. Porque como hemos visto, el malestar social no es propio de izquierda o derecha (evidencia de esto es la convocatoria que tuvo el “apruebo”), y, aunque el hábito de la acusación no es exento de sesgo ideológico, como tal, parece ser cada vez más transversal entre individuos.

Ante esta situación, es necesario no solo estar consciente de los sesgos ideológicos propios con tal de ser lo más objetivos posibles al momento de juzgar, sino que la población se eduque en reconocer las manifestaciones del populismo y las características de quienes lo encarnan.

Cuidar la democracia

Por Rocío Leiva Mora

Existe un amplio y difícilmente cuestionable consenso de que la democracia es el mejor sistema político que el ser humano ha creado hasta nuestros días. Un sistema que, aunque no inherente a la naturaleza humana, vale la pena cuidar y proteger por sus beneficios al desarrollo humano.

Vale la pena destacar que esta forma de gobierno es un producto elaborado el pensamiento humano y no producto espontáneo de su naturaleza. El ser humano puede ser tanto colaborativo como egoísta y, pocas cosas hay que aporten a la colaboración como los incentivos individuales. Por ello, la democracia es un bien susceptible a la desvirtuación cuando lo que queda es solo el nombre, pero se corrompe la esencia y, al ser los procesos democráticos procesos donde el humano es protagonista, este mismo humano que saca provecho de la democracia, podría llegar a corromperla.

Por ello, la democracia es en esencia frágil cuando confiamos en la mera buena voluntad de los individuos y descuidamos las estructuras e instituciones destinadas a resguardar lo democrático.

Para bien o para mal, Estados Unidos es relevante a nivel mundial, ni los individuos ni las economías son indiferentes a lo que ocurre con la democracia de este país y, su influencia en países como por ejemplo los latinoamericanos, es tanto explícita como implícita. El presidente electo democráticamente en las elecciones pasadas hoy reclama fraude electoral y surge nuevamente la cuestión de proteger la democracia. Una cosa es clara, un fraude electoral es un atentado contra la democracia, pero ¿es un atentado contra la democracia que se acuse de fraude electoral? Si no hay evidencias para ello, sí; pero de existir evidencia, sería un acto de protección a la democracia. Entonces el mero hecho de acusar fraude electoral no debe ser criticado per se, si no la acusación sin pruebas. Y la existencia de pruebas es lo que diferenciará un atentado contra la democracia de un acto de protección a esta.

Es prudente que se cuide en extremo la forma en que se comunica una sospecha de fraude sin antes contar con evidencias que le respalden (sobre todo en la era de las fake news); pero también es prudente no ocultar la posibilidad de que ello ocurra, como si fuera un asunto tabú. Proteger la democracia en estos contextos debe ser mirar estos eventos con objetividad, dejando de lado los sesgos políticos y el carisma (o falta de carisma) de quien los protagonice. La confianza en la democracia no debe ser una fe ciega, como si los procesos políticos fueran divinos e infalibles, pero sí es razonable confiar en la trayectoria de dichos procesos y en las instituciones que gozan de buena reputación, a menos que se evidencia lo contrario.

Si bien pienso que es poco probable que exista fraude electoral en este caso, el hecho de que algo sea poco probable no significa que sea imposible; y estos asuntos deberían ser tratados con la seriedad que ameritan, esperando a que las instituciones competentes los evalúen a la luz de las evidencias. Evaluar estos asuntos con objetividad colaborará en no dividir más a una sociedad cada vez más polarizada.

A un año

Por Rocío Leiva Mora

Recuerdo que estaba en la universidad el miércoles 16 de octubre del año pasado cuando, mientras estudiábamos para una prueba con un grupo de compañeros, vi en mis redes sociales que la ministra de trasporte se pronunciaba respecto las evasiones masivas del metro por parte de los estudiantes. Recuerdo que su respuesta me llamó profundamente la atención y me preocupó; me parecía que la ministra no se tomaba la molestia de intentar comprender las razones que motivaban a los estudiantes a protestar de esta manera, es más, en vez de atender el asunto, su énfasis estuvo en que quienes evadían eran fácilmente identificables y podrían ser sancionados quitándoseles el beneficio de la TNE (tarjeta nacional estudiantil). Probablemente ella pensó (al igual que otros), que se trataba de un asunto menor, algo sin importancia que se diluiría en el tiempo; probablemente fue solo un inconveniente más en su agenda diaria.

Los estudiantes secundarios ya llevaban toda la semana evadiendo el pasaje del metro como protesta a un alza en su precio, pero no se hablaba mucho de ello; personalmente pensé que sería un asunto que se resolvería rápido, donde alguna de las partes cedería, ya sea bajándose el pecio del pasaje o con los estudiantes cesando la evasión; pensaba ingenuamente que ocurriría la primera opción. No le presté demasiada atención al asunto hasta ese miércoles 16, ese día quedó evidenciado que las autoridades no tenían interés en atender lo que ocurría, no había ninguna señal de buscar una solución razonable o de dialogar; en ese momento solo podía vislumbrar que el problema crecería como una bola de nieve, pero imposible era imaginar hasta donde llegarían las consecuencias de este error clave por parte de las autoridades. En cierta forma existió una “ventana” de oportunidad para solucionar el asunto de manera rápida, pero en vez de aprovecharla, la autoridad pertinente se mostró implacable.

Ha pasado más de un año y me cuestiono si el actual gobierno comprenderá que fueron sus propios errores, errores de sus ministros (no solo de la ministra Hutt) los que propiciaron y colaboraron con la violencia que tanto lamentan. Me pregunto si notarán que fue su propio mal manejo, la desconexión de sus autoridades, sus “comentarios desafortunados” y su indiferencia a las demandas sociales legítimas lo que abrió las puertas de par en par al debilitamiento del gobierno mismo; de alguna forma, colaboraron una y otra vez con su propia deslegitimación. Fueron sus propios dichos la gota que rebalsó el vaso; dichos y acciones que, en vez de cooperar con frenar la violencia en las calles, la provocaban aún más, hasta el punto en que esa violencia que sorprendía hace un año se ve cada vez más como algo natural.

Gobernar sin duda debe ser todo un arte: responder a las distintas lealtades, mantener contenta a la ciudadanía para contar con sus votos en las próximas elecciones, sumando a ello el amor al poder y la necesidad de mantener una reputación, entre mil cosas más. En un mundo donde los favores se intercambian como monedas no debe ser sencillo responder a todos. No es de sorprender que resolver los problemas de fondo de la ciudadanía no esté entre los primeros lugares en la lista de prioridades y que los incentivos estén más bien en mostrar resultados de corto plazo, enmarcados en los cuatro años que dura un mandato presidencial. Es necesario asumir el hecho de que cada uno, sin importar bando político, tiene sus propios intereses y agenda personal y, que estos no necesariamente coinciden con los intereses del país.

A esto mismo se debe la importancia de buscar los mecanismos institucionales apropiados para avanzar en alinear los incentivos de los gobiernos con las necesidades reales de la ciudadanía, necesidades que muchas veces no requieren de resultados vistosos y de corto plazo, sino de un trabajo pausado, prolongado, que no hace ruido, con resultados a veces de largo o mediano plazo, pero que atiende a los problemas de fondo. El desafío es buscar las herramientas para que se logre un equilibrio de horizontes, donde los gobiernos de turno no solo tengan incentivos a mirar a corto plazo, sino también a colaborar con resultados visibles a largo plazo.

Educación, futuro y desigualdad

Por Rocío Leiva Mora

Mario Waissbluth, en su libro “Educación para el siglo XXI” destaca entre las habilidades para el trabajo en el siglo XXI la “adaptabilidad frente a las nuevas tecnologías y la cultura digital”.

 Se ha hablado mucho de la importancia del manejo de las nuevas tecnologías, en particular, que las nuevas generaciones obtengan los conocimientos y aprendizajes necesarios para enfrentar un futuro incierto: incierto en lo laboral, en lo económico y en lo cultural. Entre las 21 lecciones para el siglo XXI redactadas por el historiador Yuval Noah Harari, en su libro con el mismo nombre, destaca el desafío del “trabajo” y de cómo, producto del avance tecnológico es incierto vislumbrar cuáles serán los puestos de trabajo del futuro y las habilidades necesarias para estos. Asimismo, señala el potencial problema del desempleo masivo producto del avance de la inteligencia artificial, esta vuelva obsoletos ciertos empleos y habilidades, desplazando así de lo laboral al humano menos calificado. Si bien todo esto queda en el campo de la especulación, el autor destaca que el hecho de que, aunque en el pasado junto con la automatización se generaron al mismo tiempo nuevos empleos (y, por ende, no existió un desempleo masivo), esto no garantiza que se repita así en el futuro, en particular por el hecho de que las condiciones en este nuevo siglo son muy distintas a los siglos pasados, donde los cambios eran más lentos.

Un artículo del diario “El País” señala que “el 70% de la población del mundo vive en países, ricos y pobres, en los que la desigualdad ha aumentado en las últimas tres décadas” y, que el avance tecnológico juega un rol de arma de doble filo, pues al tiempo que genera mayor bienestar a un grupo, quienes no están preparados para utilizar estas nuevas tecnologías podrían perder sus empleos o verse sustituidos por máquinas.  

Los esfuerzos en materia de desigualdad no debieran dejarse de lado, incluso cuando existan avances significativos. Varios de los fenómenos que enfrenta el mundo hoy en día van en el sentido de potenciar las brechas sociales y económicas y, con el avance de las tecnologías, es probable que a menos que los países intervengan de forma efectiva, las desigualdades solo aumenten.

Con el Covid-19, se evidenció la necesidad de que los hogares contasen con herramientas como computadores y conexión a internet de calidad, y expuso cómo esto no es una realidad que comparten todos los chilenos. Según un artículo de La Tercera “380 mil estudiantes de primero a cuarto medio a nivel nacional viven en zonas con un acceso a internet deficiente o estudian en establecimientos en categoría de desempeño insuficiente”; lo anterior ayuda a vislumbrar cómo las desigualdades en el ámbito educacional (y de acceso a herramientas) que existían ex-ante, se han incrementado durante este año de educación en línea. El Covid-19 ha dejado al descubierto ciertas desigualdades que serán necesarias de abordar y entre ellas está lo relacionado al ámbito educacional y el acceso a las tecnologías; dos asuntos que van muy de la mano con el incremento de las desigualdades en el mundo y que al mismo tiempo, son claves para recibir de mejor forma este futuro incierto que se avecina.

Lo positivo de todo esto, si es que se puede hablar en esos términos, es que la crisis que hoy vivimos ha ayudado a exponer problemáticas que, si no se atienden en el corto plazo, podrían converger a problemáticas aún mayores en un futuro no muy lejano. La crisis del covid-19 puede ser una oportunidad única para realizar los diagnósticos necesarios de las problemáticas actuales, de modo de estar mejor preparados para los desafíos del futuro.

Acuerdo y polarización

Por Rocío Leiva Mora

Tiempos vertiginosos corren en la esfera pública, ciertamente desde octubre del año pasado los asuntos políticos se han posicionado en las conversaciones triviales del ciudadano promedio. El estallido social, el debate sobre el plebiscito constitucional y los efectos colaterales del coronavirus junto al manejo de estos por parte de las autoridades, han colaborado en construir un ambiente de crítica y debate sobre los asuntos públicos, así como un fuerte cuestionamiento al statu quo. En los últimos años hemos podido apreciar una creciente polarización en la sociedad chilena, pero que también tiene su contraparte más allá de las fronteras de nuestro país.

Lo interesante es que, a pesar de esta polarización ideológica, aún existen asuntos capaces de convocar a individuos de diversos sectores ideológicos, grupos etarios y socioeconómicos y, el plebiscito constitucional anuncia ser uno de estos casos. Las encuestas anticipan la aprobación de este nuevo proceso constituyente por alrededor de un 70% de la población y, aunque el grupo que va por el rechazo parece ser bastante homogéneo en cuanto a su posicionamiento político, el “apruebo” es capaz de convocar individuos tanto de izquierda como de derecha o de centro (ver encuesta Criteria del mes de julio). Sin embargo, paralelo a esto, tenemos que, en nuestro país, quienes van adelante en las preferencias presidenciales son los actuales alcaldes Joaquín Lavín y Daniel Jadue, lo que nos advierte que, aunque se esté avanzando en el lograr acuerdos, la polarización en el país persiste. Y no solo la polarización persiste, sino también la violencia latente (por parte de distintos frentes), violencia que vimos en el pasado y que nada impide que volvamos a presenciar. Es una ingenuidad creer que luego del plebiscito viene el paraíso. La fragmentación y las heridas profundas de una sociedad no sanan de un día para otro.

La alternativa a la violencia es el diálogo, y para que exista diálogo, se necesita que existan al menos dos partes dispuestas a dialogar y un contexto propicio para que esto ocurra. ¿Esperaremos un estallido cada vez que se requiera de cambios? Asumir esto es asumir como normal algo que en realidad es una falla en nuestra sociedad. Entre los desafíos que deberá afrontar este gobierno (y los que vendrán), es el de encontrar mecanismos apropiados para canalizar las demandas sociales y, asimismo, tener la voluntad de escucharlas; se necesita tanto un gobierno que escuche como una ciudadanía que quiera y pueda comunicar. La estrategia que ha tenido el gobierno de esperar hasta último minuto antes de ceder solo ha traído división a una sociedad ya fragmentada, y no solo a la sociedad, sino al mismo oficialismo.

Si bien el plebiscito constituyente no se habría logrado si no fuera por el estallido de octubre, es peligroso suponer que la constitución es la solución al problema de fondo. Una nueva constitución puede calmar las aguas, pero no deja de ser una solución tardía a demandas históricas. Si queremos un Chile que dialogue necesitamos un gobierno que dialogue, entender que una marcha o un estallido debiera ser la excepción antes que la norma y que para ello se requiere antes que todo, la voluntad de escuchar. No se deben confundir los problemas de fondo con los meros síntomas; el estallido fue solo un síntoma y, un cambio constitucional, si bien puede implicar un cambio profundo, continúa siendo solución a un síntoma.

Si queremos un Chile que dialogue, el gobierno deberá hacer esfuerzos en mostrar un interés real en los problemas que aquejan a la población y no solo reaccionar para calmar aquello que le es amenazante. Es probable que luego de los acuerdos que se han logrado aún quede la sensación de que un estallido social es el mecanismo más eficiente para lograr cambios y, ese es un riesgo que trasciende al plebiscito de octubre. Atender las demandas urgentes sin quitar la mirada de los problemas de fondo será necesario para avanzar en la vía del diálogo.

Causa, efecto y caos

Por Rocío Leiva Mora

Toda acción trae una consecuencia y, en una sociedad tan entrelazada y compleja como la nuestra, las relaciones causales que nos rodean muchas veces van más allá de lo que nuestro cerebro cazador-recolector alcanza a identificar. Una opinión, un tweet, una escena cotidiana alcanzada por una video cámara puede llegar al otro extremo del planeta a la velocidad de nuestra conexión a internet y, toda esta información queda a merced del “efecto multiplicador” de las redes sociales. Para bien o para mal, las acciones de los individuos ya no están solo sujetas al escrutinio de su círculo más cercano, ni la labor de un trabajador es solamente evaluada por su superior directo; esta gran lupa llamada redes sociales no solo tiene el rol observador sino, en ocasiones, un efecto distorsionador de los hechos, en ese sutil espacio donde la información objetiva y la opinión se entremezclan.

Pero hay un lado positivo. La presión que la ciudadanía ejerce sobre los gobernantes para exigir transparencia y justicia no se juega solo en las calles, sino que las redes sociales se han transformado en una nueva cancha de juego, cobrando aún mayor fuerza en este Chile bajo pandemia. Esta gran lupa la podemos ver como un instrumento útil, pero no infalible, para visibilizar hechos de injusticia, abandono de deberes por parte de autoridades, abusos de poder y un sin número de situaciones cuestionables que en otra época se hubieran pasado, tal vez, por alto.

Un hombre que llegó a ser un asesino, un sistema penitenciario cuestionable, firmas en un documento que nunca se debió firmar, un hombre que no debió quedar en libertad, una joven que no debió morir. Una concatenación interminable de causas y efectos, con más aristas de las que podríamos suponer, encuentra en este mundo de las redes sociales una ventana para exigir justicia. Pero ¿quién es el culpable en el caso Ámbar? ¿Hay solo un culpable? Lo claro es, que en este complejo entramado de conexiones causales (y no causales) no hay un solo culpable; hay culpables con nombre y apellido, pero también hay un entorno y un sistema que falló, una vez más.

Los jueces que firmaron el documento que liberaba a Hugo Bustamante seguramente vieron esta acción como un trámite más dentro de su rutina diaria, sin imaginar que su negligencia traería consecuencias caóticas y que el precio de tal error sería una vida humana. Desde siempre, toda acción ha conllevado una consecuencia, solo que hoy estas consecuencias tienen el potencial de viralizarse.

Hay quienes dicen que tal vez, si los jueces tuviesen mayor responsabilidad (quizás penal) por sus negligencias, como en este caso, liberar a un asesino, se cometerían menos errores. En un sistema donde las consecuencias de una acción van más allá de lo que uno pudiese esperar, la responsabilidad ética de los profesionales es un mínimo que debiésemos exigir, sobre todo para quienes (debido a la naturaleza de sus cargos) las consecuencias de sus acciones tienen un alcance mayor, al punto de converger a la vida o muerte de una persona.

Las redes sociales pueden ser un buen medio para poner sobre la mesa la rigurosidad, ética y el compromiso que esperamos de las autoridades y visibilizar aquellas situaciones indeseables. Esperemos, sin embargo, que no se vuelva costumbre tener que esperar a que ocurran tragedias para que las autoridades tomen con seriedad sus roles; una triste muestra de este actuar reactivo de nuestros gobiernos es la serie de leyes con nombres de víctimas que hoy rigen en nuestro país.

¿No lo vimos venir?

Por Rocío Leiva Mora

Probablemente estemos de acuerdo en que vivimos tiempos de rápidos y constantes cambios, en una sociedad dinámica y acelerada. El avance exponencial de la tecnología, los cambios medioambientales, la interdependencia política y financiera entre países, traen como subproducto que nuestra sociedad esté sujeta a constante cambio y con ello, a altos niveles de incertidumbre. Con un acceso a grandes cantidades de información a solo un click, podemos caer en una ilusión de conocimiento, cuando en realidad a nivel individual sabemos menos de lo que pensamos y, a pesar de que contamos con más herramientas que en el pasado, resulta cada vez más complejo anticipar el futuro. El mito del individuo racional se desvanece poco a poco y con ello viene el aceptar la dificultad de anticipar el futuro y la responsabilidad reflexiva que a esto le acompaña.

Es sencillo decir que algo era obvio luego de que ocurrió. Difícilmente alguien a inicios del 2019 podría haber anticipado con exactitud lo que ocurriría del 18 de octubre del mismo año y, en dicha fecha, me atrevo a decir que era prácticamente imposible suponer lo que estaríamos viviendo hoy a nivel mundial. Con esto no pretendo defender la miopía de la elite y de la clase política; a lo que voy es que, al momento de juzgar los fenómenos sociales y políticos, se debe tener en cuenta lo complejo de anticiparse a los hechos (sobre todo en horizontes temporales lejanos) en una era tan impredecible como la nuestra y, esto debe considerarse al momento de proponer y discutir políticas públicas. Esta incertidumbre se reduciría si se tuviera un apropiado diagnostico de la realidad actual y de los problemas del presente; sin embargo, hoy nos vemos enfrentados a fenómenos que obstaculizan el buen hábito del dialogo y la reflexión, como lo son las corrientes populistas, la posverdad y las discusiones basadas en ideologías más que en razonamientos honestos y respetuosos.

En este último tiempo hemos visto cómo nuestro sistema político es más reactivo que proactivo y que las discusiones tienden a centrarse en cuestiones más inmediatas y urgentes que estructurales y de largo plazo (aunque claramente debe haber un equilibrio entre lo urgente y el largo plazo). Aún cuando se discuten asuntos de tipo estructural, como una constitución política, los incentivos individuales tienden a apuntar hacia el logro de gratificaciones inmediatas como popularidad, aceptación de “la manada” y la obtención de votos. Así, es necesario que a pesar de que nuestros incentivos individuales menosprecien las consecuencias en el largo plazo, ya sea por priorizar lo urgente, por incentivos ocultos o porque el vértigo ante un futuro incierto nos paraliza, es necesario repensar el camino que se está tomando, la calidad de las discusiones actuales y diseñar un sistema que incluso sea capaz de protegernos de nosotros mismos y de la miopía que puedan tener tanto los gobernantes actuales como futuros.

Los seres humanos no somos del todo racionales, eso ya lo sabemos, pero un ejercicio interesante es identificar cuándo no estamos siendo racionales y el efecto de esto en nuestras decisiones y comportamiento. El sesgo de retrospectiva es un sesgo cognitivo que tiene que ver con que, una vez conocido un resultado, se tiende a modificar el recuerdo de la opinión que se tenía previa a este, acomodándola al resultado ocurrido. En otras palabras, a pesar de que uno no haya sido capaz de prever un evento, una vez que este ocurre, resulta obvio que ocurriera y se olvida que no se fue capaz de anticiparlo. Así, resulta tentador criticar a quienes debieron ser responsables de anticipar o solucionar lo ocurrido. A mi parecer esto puede llevar a la arrogancia intelectual de criticarlo todo, pero no proponer nada, de encontrar satisfacción en el juicio posterior pero no hacerse cargo de la reflexión anterior. Porque querámoslo o no, anticipar las futuras crisis y proponer instrumentos eficientes para hacerse cargo de ellas es una tarea más compleja que sencilla y un ingrediente necesario será siempre una reflexión sincera.

Es importante no quedarnos perplejos ante el futuro sino reflexionar cómo es la política que queremos para nuestro país, qué nivel de discusiones deseamos tener, qué calidad de políticos queremos que se levanten y si el rumbo que se está tomando actualmente es acorde a esto. Los cambios no ocurren simplemente, sino que son consecuencias de acciones previas. Si no reflexionamos acerca del futuro, este nos tomará desprevenidos y nuevamente, seremos reactivos. Si el cambio es la única constante, debemos reflexionar sobre cómo estos cambios interactúan con la política, tanto en el presente como en el futuro.