Ignacio Briones

Por Marco Bravo Gatica

En las últimas semanas hemos visto cómo la carrera presidencial se ha desatado. Pese a ser una elección de menor envergadura frente a la histórica constituyente fijada para abril, los distintos conglomerados, partidos y actores están moviendo sus piezas con el fin de quedarse con la elección presidencial de fin de año y ser quien, o quienes, se hagan cargo de implementar o conducir una futura nueva constitución. En este escenario, con una centroizquierda que rápidamente se ha ido cuadrando bajo la figura de Paula Narvaez y un Frente Amplio sin una carta potente a la vista, pareciera ser que la entretención correrá por cuenta de la derecha, dónde el último que se estaría incorporando a la contienda es el actual ministro de hacienda, Ignacio Briones.

Puede que este último hecho suene irrelevante, ya que, a la larga, las posibilidades del ministro de quedarse con la victoria a fin de año son casi nulas. De hecho, las posibilidades de que se imponga frente a Joaquín Lavín o Evelyn Matthei en una eventual primaria ya suenan irrisorias.

Sin duda que sus rivales tienen un tonelaje político importante y es muy probable que entre ellos dos salga el futuro abanderado del sector. ¿Significa lo anterior que la jugada de Briones -o quienes buscan proclamarlo- es absurda?

Es común en la cuestión política que jugadas como está se lleven a cabo. ¿Cuántas veces no hemos visto candidatos que, con total certeza, compiten sin ninguna opción de salir victoriosos? De hecho, en cada elección se cuentan, cómo mínimo, tres o cuatro dentro del grupo de los “sin opciones”.

Sin embargo, dado el momento que vive la derecha en nuestro país, la candidatura de Briones, cómo todas aquellas que “sin opciones” se aventuran a procesos electorales, tiene su razón de ser.

La particularidad del caso Briones consiste, principalmente, en dar aire a una derecha que se quiera preciar como liberal. En momentos en que el sector coquetea con el populismo, tras aliarse con José Antonio Kast de cara a las elecciones de constituyentes, Evelyn Matthei repite la antigua y superflua dicotomía de que “la izquierda quiere todo regalado y la derecha es quien premia a quienes se esfuerzan” o Joaquín Lavín, quien un día puede abrazar la socialdemocracia y al otro ser contrario a demandas de libertad que cualquier socialdemócrata estaría de acuerdo, frente a todo este escenario, una candidatura que abrace gran parte del ideario liberal podría darle vitalidad a un nicho que el último tiempo ha sufrido múltiples decepciones.

Pese a ser un Ministro de Hacienda -con la impopularidad que aquel cargo conlleva- y haber sido el protagonista de algunos errores y fracasos del gobierno en este último año de emergencia sanitaria y económica, el discurso que trae consigo goza de una profundidad y coherencia liberal poco común tanto en su partido cómo en el conglomerado. Conocido defensor de las bondades del mercado, Briones no se conforma con eso y considera la relevancia de lo que se conoce cómo libertad positiva, es decir, aquella libertad que está consciente de la necesidad de brindar condiciones que puedan hacer efectiva la libertad. El relato de la igualdad de trato, que resuena mucho en el malestar que acaece en el Chile actual, está muy presente en esa concepción.

En vista de estas credenciales y de la necesidad del sector de revitalizar su discurso y profundizarlo frente a las demandas que han surgido el último tiempo en nuestro país, la posibilidad de que Ignacio Briones asista a las primarias de Chile Vamos parece ser una buena noticia. Tal cómo dijo Carlos Peña: “Briones- y quienes lo proclaman- tiene muy buenas razones para ir a perder”.

Democracia, una discusión necesaria

Por Marco Bravo Gatica

Con el panorama electoral ya instalado en la agenda política y la mayoría de los grupos ubicados en las distintas alternativas, pareciera ser que la primera elección que abre el camino constitucional ya está decidida. Tanto así que muchos de los bandos ya empezaron la batalla por posicionar a sus constituyentes, del mismo modo que muchas figuras ya hablan de su nueva constitución predilecta, entre aquellas, la del mismísimo presidente de la república. Si será o no una constitución socialdemócrata, si los derechos sociales se instalan con fuerza, si se dará mayor reconocimiento a los pueblos indígenas, entre muchas otras, son las cuestiones que comienzan a sonar de cara al contenido de una nueva CPR.

Uno de los temas relacionados que hemos visto aparecer en debates, quizás más especializados, es la cuestión de la participación y representación en nuestra democracia. Desde la Antigua Grecia hasta hoy, la versión de la democracia y su estatus en la sociedad ha sido pensada y discutida por diversos intelectuales. Para los mismos griegos, la concepción de los ciudadanos -una muy pequeña porción de la población podía llevar ese “título”- como animales políticos los hacía partícipes totales y constantes de las asambleas, tratando desde cuestiones nimias hasta las más fundamentales. En ese momento lo que vimos fue la expresión de lo que hoy se suele llamar “democracia directa”. Por mucho tiempo denostada, la palabra democracia fue vista con desconfianza durante mucho tiempo, principalmente por la percepción de que una gran parte del pueblo no fuese capaz de cargar con la responsabilidad de decidir sus propios destinos.

Así las cosas, en el siglo XIX el sistema de gobierno antes mencionado retomó su vigor y vimos algunas naciones pasar de la monarquía a la democracia. Pero con este regreso entró en escena un nuevo debate, uno al que, con grandes matices, podría retornar en nuestra conversación constituyente, el de decidir entre democracia directa y una democracia representativa. En la Francia del XVIII, Jean Jacques Rousseau, un influyente filósofo suizo de la época, reivindicó la idea griega en una especie de democracia “semidirecta” donde la legislación quedaría a cargo del pueblo y el ejecutivo sería comandado por magistrados electos. Esa sería la libertad. Al poco tiempo de estos planteamientos, respondió un filósofo menos conocido en los días que corren pero que bien podríamos decir que sus ideas se nos presentan con mayor fuerza en nuestras democracias actuales, Benjamin Constant. Este último señalaba, en pocas palabras, que la democracia antigua reivindicada por Rousseau no se ajustaba a los tiempos modernos -aquellos del capitalismo y los grandes estados-nación- en que la gente valora mucho más su disfrute privado, y atribuyendo a ese goce la “verdadera” libertad (moderna).

Hoy nos encontramos en una encrucijada, guardando las proporciones, similar, dado que al interior del pueblo existe una gran desconfianza hacia aquellos que dicen representarlos, lo que se puede ver en el hecho de que la “popularidad” de todos los partidos políticos y los legisladores está por los suelos, además, los mecanismos de participación democráticos parecieran estar agotados, algo que nos viene a la mente al ver la baja participación en las urnas y algunos sucesos de violencia. La posibilidad de dar mayores espacios de participación está sobre la mesa y los costos asociados también. Con más preguntas que respuestas, parecen resonar el “¿Cómo conectamos a la “clase política” con la ciudadanía? o “¿Cómo mejoramos la confianza y la legitimidad de nuestra clase dirigente?”, dudas que se requieren ir resolviendo con el fin de recuperar una especie de estabilidad en nuestro país y considerando que el camino constituyente nos da la oportunidad de trabajar el tema tanto como una terapia y como un diálogo hacia una especie de soluciones o mejoras.

El plebiscito y la legitimidad

Por Marco Bravo Gatica

Comenzó la campaña para el plebiscito del 25 de octubre y con eso el movimiento de piezas a su alrededor. Principalmente a través de las redes, los distintos movimientos y partidos marchan con sus banderas, fervientes en apoyo a las dos grandes opciones.

El plebiscito venidero probablemente marcará un nuevo hito en nuestra historia política, de manera similar, guardando las proporciones, a lo ocurrido en la elección del año 1988. No es un gran misterio que la repercusión de esta última delineó gran parte de las futuras elecciones hasta 2010, año en que la derecha logró volver al poder (con una figura de presidente que reconoce abiertamente haber votado por el NO), pero el 88 siguió tensionando las relaciones entre izquierda y derecha hasta el día de hoy. Así las cosas, no sería de extrañar que este plebiscito vuelva a impactar fuertemente el orden político. Los discursos, tras lo que hasta el momento parece ser una abultada victoria a favor de la alternativa del apruebo, irán a condenar como inmorales a aquellos del bando perdedor, siguiendo una lógica que no resulta extraña en vistas del escenario del último tiempo. Los pronósticos ya se hacen sentir, al ver a históricos políticos de derecha, viejos defensores de la constitución vigente, decididos a apoyar una nueva carta magna por distintas razones, entre las que se cuentan la legitimidad futura del sector.

La opción de aprobar, que supone genuinos miedos, entrega la posibilidad de encausar, de manera institucional, aquella frustración tan arraigada en la población y dar inicio a un período de conversación, que tendrá representantes de todos los sectores (y no sólo de anarquistas o comunistas como algunos suponen) y en donde se pondrán sobre la mesa las distintas visiones de mundo hasta ahora presentes en la sociedad.

A mi parecer, son pocos los que especulan que lo ocurrido en octubre responde exclusivamente a grupos que buscan desestabilizar el país (que los hay). Por el contrario, pareciera existir un relativo consenso sobre el hecho de que “algo anda mal” y que ese malestar tocó fondo. Bien documentado está ya a estas alturas, a través de analistas de distinto signo político, que razones materiales, de trato y políticas existen para justificar las manifestaciones -me refiero a las pacíficas- de aquel movido octubre.

El irremediable ímpetu por la igualdad que conlleva el ser humano requiere un momento de legitimación, debido a que, pese al avance en igualdad material de las últimas décadas, como señalaba Alexis de Tocqueville, “la más viva pasión que la igualdad de condiciones hace nacer, es el amor a esta misma igualdad”. Ante ese fervor y en vista, a mi juicio, del genuino malestar, la idea de participar en la decisión de una nueva carta magna brinda la posibilidad de salir institucionalmente de esta crisis y no entrar en un círculo de revolución en revolución. La opción de un sector de presentarse como legítimos de cara al futuro está sobre la mesa y algunos ya empezaron a jugarla.

El pantano de la mediocridad

Por Marco Bravo Gatica

En los últimos meses se ha hecho evidente la situación de muchos individuos que pierden su empleo, entran en la pobreza o padecen de hambre. Sus vidas transitan a un estado de precariedad y los viejos anhelos, en cuanto a condiciones materiales, de los últimos treinta años se van esfumando. Ese conjunto de instituciones y mecanismos económicos -que hacen posible el crecimiento y el progreso- venían muy lentos en los últimos diez años y en el reciente octubre nos tocó presenciar su desborde.

La pregunta sobre el cómo avanzamos viene abierta hace algún tiempo por diversos economistas, quienes buscan dar un nuevo aire, necesario para revivir las viejas aspiraciones de ver a un Chile en vías del desarrollo. Sin duda que dicho camino conlleva riesgos, pero la posibilidad de quedar entrampados como un país de ingreso medio (y con la crisis reciente medio-bajo) también es muy latente y la evidencia empírica nos abunda en casos.

Las sirenas sobre un agotamiento del modelo vienen sonando al tiempo en que su progresivo y constante avance se fue haciendo más pausado y muchos quedaron fuera de ese tren. El ideal meritocrático, tan ensalzado en los últimos lustros, se debilita en cuanto a su motivación, al ver que los grandes esfuerzos por acceder a bienes que antes daban estatus (como la educación) hoy no te rinden como antes y como su promesa anunciaba.

Tras dos grandes crisis en nuestro haber reciente, la necesidad de reflexionar en alternativas para salir de esta trampa se hace urgente. El primer paso venía bien, dado por los grandes avances en cobertura, pero, como lo dijo Carlos Peña, la vivencia de la desigualdad se hacía intolerable y los años de crecimiento al 7% solo viven en nuestros recuerdos, por lo que pensar en avanzar hacia la calidad que reviva los anhelos resulta un paso entendible. Más allá de que las crisis no permeen la naturaleza humana y que los cambios que se anuncien se vean en el margen, los esfuerzos deben apuntar a relegitimar un camino para el segundo paso y que aborde los desafíos venideros.

La reactivación económica y el proceso constituyente conllevan, además de los lógicos riesgos, la posibilidad y el deber de tomar un rumbo que, a la vez de enfrentar las vulnerabilidades penetradas por las consecutivas crisis, revitalice las expectativas de progresar y nos aleje del pantano de la mediocridad.

Clima político

Por Marco Bravo Gatica

Tras la derrota por el retiro de fondos, el presidente Sebastián Piñera tomó la decisión de ajustar, de manera importante, su equipo político. Lo que algunos llamaron “la entrada de los duros” viene con el fin de ordenar el frente interno e intentar conducir lo que resta del periodo, cargado de temas electorales y discusiones importantes, con ayuda de experiencia y trayectoria política.

Lo que está por jugarse dejan de ser reformas al margen del sistema o modelo y se profundizan en cuanto a su envergadura. Uno que mencionan muchos analistas, como el gran tema por venir, es el de la reforma del sistema de pensiones. Siendo una de las banderas que con mayor fuerza se elevaron en octubre, se puede ver que retoma la agenda en cuanto al modelo que lo lleva a cabo. Ya no se trata solo de un porcentaje ni del sistema privado, la reforma y discusión abarcará el sistema previsional en su conjunto, esto es, privado y público.

Y es que, en los últimos diez años, mucho de lo que ha acontecido en la arena política, a saber, un escenario de retroexcavadora en retroexcavadora y de improvisación en improvisación en cuanto a políticas públicas, se ha extrapolado en la discusión sobre pensiones. Mucho tiempo en el Congreso discutiendo si el aumento de cotización irá con cargo al empleador o con cargo al trabajador, frenando cualquier avance que vaya en pro de mejorar el nivel de pensiones.

En cuanto al panorama para este nuevo ciclo de discusión, el ambiente que se respira hace ver lejana la posibilidad de llegar a un acuerdo que brinde una mejora en las pensiones.

Por un lado, vemos al presidente aturdido por alcanzar la figura de Patricio Aylwin, como lo evidenció en la cuenta pública, y dejar un legado como el conductor de una nueva transición y gestor de grandes acuerdos, sin embargo, las últimas semanas le han enseñado que cualquier especie de acuerdo con la oposición es imposible por lo que comienza a optar, con el nuevo gabinete, por resignar esa vía y apostar por el ciclo electoral futuro. Y en el otro frente, continuamos observando a una izquierda que aún no puede soportar la idea de que la derecha gobierne democráticamente y que además mira con vergüenza lo realizado en los 20 años de Concertación.

Esa atmósfera, que no deja espacio para reconocer al otro como un contendor y que, por el contrario, lo culpa de todos los males de la nación, no puede resultar favorable en grandes avances de política pública.

El acuerdo de que hay bajas pensiones trasciende colores ideológicos, sin embargo, pareciera ser que los fetiches y creencias profundas de los distintos sectores son mayores a ese acuerdo básico. La necesidad de renunciar a algunas cosas se hace imperiosa si es que se pretende mejorar las pensiones. El clima augura un mal pronóstico.

Fiebre ideológica

Por Marco Bravo Gatica

Dos semanas llevamos de alta tensión política, la discusión sobre el retiro de fondos ha llevado a la clase dirigente a dar muestra de la polarización reflejada durante la última década, generando además un nuevo despertar en la ciudadanía y una gran fijación de las miradas a lo que acontezca en el Congreso.

Una de las causas a las que se pueden atribuir las posturas de los dos grandes sectores de la política nacional en este debate es la ideología, mejor dicho, un exceso de ideología. Corresponde destacar que, si bien izquierda y derecha llevan buen tiempo descubriendo la sustancia de sus ideales -de hecho, en la derecha esta podría ser una de las raíces de su estado de descomposición actual-, en este caso se ha visto una vuelta a las fuentes básicas que uno acostumbraría a asociar. Por un lado, la derecha defensora del mercado y del individuo, mientras que por el otro a una izquierda adepta al actuar del Estado y pensando en colectivo.

Si bien la batalla que aconteció esta semana pareciera reflejar justamente lo contrario, a saber, que ambos sectores estarían levantando las banderas de su enemigo, es posible percatarse de que lo que está detrás es la sobrevivencia del sistema de capitalización individual o el fin de este último, por lo que la dicotomía típica se mantiene.  Más allá de que las ideologías nos brinden cuantiosas bondades, el contexto de atrincheramiento y moralización en gran parte de las posiciones ideológicas termina reduciendo todo a una batalla final en la que, dependiendo del lado en que te encuentres, serás el bueno o el malo de una película muy cruenta.  La virtud de la ideología termina pervertida en un vicio.

Y es que además de la destemplanza ideológica, podemos ver una pérdida del sentido de realidad, al desconocer y desechar todo el saber técnico, que aglutinaba a economistas de todo el espectro político y que apuntaba al proyecto como una mala política pública para el bienestar de las personas.

La elite política, que lleva gran tiempo ensimismada, sigue dando muestras de poca conversación y mucho resquemor, en donde cada gran proyecto significa algo de vida o muerte o cada jugada se juega como si fuesen los últimos minutos del partido. La escena que vimos en el Congreso el miércoles pasado algo de eso refleja; burlas y actos infantiles, como si se olvidará que al día siguiente muchos otros temas de la nación deben ser discutidos y la necesidad de dialogar con el del frente no existiera.

El clima poco aporta a ser optimista sobre los tiempos que corren y los que están por venir. La discusión del retiro de fondos dejó en evidencia que la elite política no está muy a la altura de su quehacer. La fiebre ideológica no permite reconocer como válidos al resto de los credos combatientes y nos sitúa en una dicotomía simplona que no deja espacio para pensar en lo que nos devela la realidad material. La prudente misión de la política, de conformarse con evitar el peor de los males, parece ir perdiendo relevancia.

La derecha y la ideología

Por Marco Bravo Gatica

En la última semana, tras grandes desencuentros en la coalición oficialista, se ha comenzado a discutir arduamente sobre el sustrato ideológico que mueve o debería mover a la derecha en los tiempos que corren. No es un misterio para nadie que el estallido de octubre elevó grandes diferencias entre los tres principales partidos de Chile Vamos, y es que pareciera ser que, cuando la agenda se envuelve de preguntas profundas, las distintas inspiraciones pareciesen chocar entre sí en la coalición.

Corresponde señalar que en el ámbito académico e intelectual esta es una disputa que se viene gestando desde hace casi una década, embarcándose en la difícil labor de definir cuál es la bandera a izar por el sector, o a definir aquel acuerdo interno que aglutine las diversas ideas de buen gobierno en un arreglo más amplio que abarque a toda la derecha. Lo liberal, lo social, lo cristiano y lo conservador buscan alcanzar el poder, sin embargo, tal tarea los obliga a unir fuerzas con sus “cercanos” para dar viabilidad a los distintos proyectos.

Un actor clave de que esta disputa haya pisado tierra firme en la acción política es Mario Desbordes, quien ha impulsado y exprimido el ala social del sector, hasta el punto de que se ha puesto en cuestión si es que ese tipo de ideas caben en lo que podríamos considerar como derecha, y con eso generando gran tensión en el sector.

Más allá de que la visión de Desbordes sea correcta o no para insertarla en Chile Vamos, el debate que se abre sería muy productivo para un sector que no ha sido capaz de elaborar un conjunto de ideas sólidas que, al tiempo de generar una mejor identificación, lo guíe en su quehacer político de cara a las inmensas preguntas que se le ponen en frente, como también para dejar, eso que en política es tan apetecido, un legado. Hasta ahora los gobiernos de Sebastián Piñera, como bien juzga Hugo Herrera, se han caracterizado por priorizar el desempeño económico y la buena gestión, transformándose en su gran barómetro, pero al poner lo huevos en la misma canasta termina pagando el costo cuando la fortuna no lo acompaña.

Es por lo anterior que la derecha no debiera rehuir a pensar en su “ideología”, perdiendo el miedo y rechazo que esa palabra genera en la política. Debe entender ese concepto como esos entramados de pensamiento político que iluminan las ideas centrales, los supuestos expresos y los prejuicios no declarados que a su vez gobiernan la acción política. Hasta ahora la derecha política y los gobiernos de Sebastián Piñera han dedicado gran parte de sus esfuerzos a esta última parte -la acción- olvidando el crucial punto que le antecede, a saber, el del pensamiento político.

El agitado panorama electoral y el último año de gobierno le imponen un gran desafío a la derecha. El contar con un mejor desarrollo de la pregunta ideológica podría ser un atributo decisivo para dar forma a su mundo político y moldear su futuro.

El liberalismo y sus tensiones

Por Marco Bravo Gatica

Mucha tinta se ha escrito en nuestro país sobre el debate entre liberalismos. Con pretensiones electorales o de influencia de ideas se han escrito muchos libros desde izquierda a derecha para ofrecer el proyecto más convincente y, también suelen decir, el “más” liberal. Cristóbal Bellolio, en su libro “Liberalismo, una cartografía”, ofrece un material distinto, uno que gráfica las principales tensiones del liberalismo, en lo que destaca un fin educativo más que persuasivo. En este libro se deja afuera la distinción entre falsos y verdaderos liberales, buscando llevar a sus límites este conjunto de ideas que sitúan a la libertad en su centro. Bajo ese marco entonces podríamos decir que más que enemigos o impostores, lo que vendrían siendo entre si los Axel Kaiser, Lucia Santa Cruz, Andrés Velasco, Daniel Brieba, Agustín Squella o Vlado Mirosevic, y la mayoría de quienes han escrito libros sobre liberalismo, consistiría en una muy amplia familia, con dimes y diretes, pero con bordes a sus extremos relativamente definidos. Bellolio nos ofrece un mapa que instala, ubica y rastrea las características de diferentes liberalismos, en cuanto a lo que comparten como a lo que los diferencia. Con esta cartografía en mano se puede evaluar las contribuciones como deficiencias de los distintos principios liberales mientras se percibe el alcance y el poder del liberalismo en su conjunto.

A través de distintos debates contemporáneos el autor va repasando los puntos elementales de esta gran parentela. En una especie de manual para principiantes -con puntuales pasajes complejos- identifica siete criterios para definir la vereda en que se encontraría un liberal. Al recorrer el libro el autor va mostrando como se ajustan y reajustan los principios centrales del liberalismo de tal manera de afrontar los escollos que se van presentando, pero también dando espacio para mostrar sus cerrojos, un ejemplo sería el consenso a una especie de tolerancia a la desigualdad.

Esos frentes internos serían los que ordenen las alianzas del espectro político por la búsqueda del poder, pactando a distintos liberales junto a socialistas y conservadores. Este punto resulta interesante para entender el panorama, porque daría cuenta de que la mansión liberal sería muy amplia como para poder coexistir y que prefieran las potenciales amistades que podrían generar con otras ideologías, o que las posibilidades de obtener buenos resultados electorales sean escasas al ir en familia. Ambas parecerían plausibles, pero la primera se expresa con mayor claridad en el libro, al dar cuenta de una gran amplitud al interior la familia.

Ya sean tensiones internas o externas, este árbol de muchas ramas llamado liberalismo sigue resistiendo a los muchos ventarrones que le han sobrevenido. Sin embargo, el autor cierra con que no es ni de cerca el fin de la historia, siendo él un escéptico frente a la posibilidad de que la ideología liberal tenga las herramientas suficientes para responder a los nuevos desafíos, aquellos que hoy le imponen el populismo, la inteligencia artificial o el cambio climático. Hoy la pandemia refuerza esa duda y se le abren muchos frentes a los cuales debe responder, a saber, el atractivo que toma el autoritarismo, el debilitamiento de la globalización, entre otras dificultades. Si algo queda claro es la apertura de la familia liberal para poner en evaluación sus premisas y el espacio para los cuestionamientos. Cristóbal Bellolio indica que “por ahora el liberalismo sería el mejor discurso que hemos sido capaces de elaborar para conducir nuestros pasos” y que la tensión vendría siendo un componente más de su morfología. La historia sigue su curso.