Hoy, más que nunca, ¡Humanidades!

Por Daniel Pacheco Henríquez

Un rasgo muy presente en la modernidad dice relación con la creencia de que todo lo que hacemos, debe estar justificado por la utilidad que nos brinda aquella acción, en que se tenga una respuesta –más o menos rápida– a las preguntas: ¿En qué me beneficia esto? ¿Para qué sirve?

En un mundo dominado por la técnica, donde el gran objetivo es la búsqueda de eficiencia –vale decir, hacer la pega con el menor costo posible–, quienes más son sometidos al escrutinio de la utilidad, son los conocimientos que nos otorgan las humanidades. Sólo pensemos por un momento, el tratamiento que le ha dado nuestro sistema escolar chileno a disciplinas como filosofía, historia o las artes. Desplegadas –en el mejor de los casos– como materias de segundo y tercer orden.

Son varias las razones para cambiar la forma en que se concibe el aprendizaje asociado a las humanidades. En lo que sigue, me referiré brevemente a dos. En primer lugar, hoy es posible identificar un crecimiento exponencial del conocimiento en general. En un estudio de José Joaquín Brunner, se muestra que el conocimiento publicado y registrado internacionalmente se demoró aproximadamente 1.750 años en duplicarse por primera vez contado desde el comienzo de la era cristiana, y que las proyecciones para el año 2020 dan cuenta de que se duplicaría cada 73 días. Por lo tanto, en el siglo XXI es practicamente imposible dominar la totalidad de conocimientos, aún escogiendo una sola disciplina como especialización. Se corre el riesgo de quedar obsoleto en poco tiempo. ¿Cuál es el mérito de las humanidades a la luz de este problema? Dado que la formación basada en la mera transmisión de información –por las razones ya expuestas– no pueden lograr su objetivo final, el cultivo de las humanidades desarrolla capacidades vinculadas a la búsqueda, selección y evaluación de la información para poder aplicarla en distintos contextos, además de fomentar habilidades en torno a generar y comunicar nuevos conocimientos. Todo apunta a que en la actualidad, más que especialistas, necesitamos generalistas, personas capaces de vincular y proyectar puentes entre todo el conocimiento disponible, y en esta labor, las humanidades juegan un rol fundamental.

En segundo término, vemos que los problemas por los que transita nuestra sociedad son cada vez más complejos, lo que exige múltiples perspectivas de análisis. La formación en humanidades se hace muy necesaria en un mundo marcado por dilemas morales, económicos, políticos y sociales (basta mirar lo que ha sido nuestro 2020). Por ejemplo, creo que el análisis costo-beneficio se queda corto, sin añadir aproximaciones de teorías de justicia que aporta la filosofía política, para tomar decisiones en torno a plantear hojas de ruta para abordar los problemas medioambientales que enfrentamos como sociedad. Por otro lado, cómo se puede hacer cargo la ciencia política del antiguo clivaje político izquierda-derecha, cuando vemos un eje desgastado y con resultados que desafían a la lógica de voto de clase (sugiero ver en detalle los resultados de la última elección en USA). Probablemente no haya una respuesta clara, pero sí es seguro que la literatura y el arte hacen posible observar una parte de la realidad a la cual la simple razón no alcanza a aproximarse. Los aportes de las humanidades a tener una mejor comprensión de los cambios culturales son incuestionables.

En marzo del 2011, al finalizar la presentación del Ipad 2, Steve Jobs señalaba: “La tecnología no es suficiente. Es la tecnología unida con las Artes Liberales, con las humanidades, lo que produce resultados que hacen cantar a nuestros corazones”. Hoy, más que nunca, ¡Humanidades!

No hay aprendizaje: centralismo y pobre tacto político

Por Daniel Pacheco Henríquez

Somos la única especie capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Pero uno podría pensar que el tamaño de la piedra con la que chocamos es proporcional al aprendizaje que obtenemos, vale decir, si el primer golpe fue muy duro, es menos probable que nos volvamos a equivocar en la misma situación. Ahora, todo indica que hay personas y ciertos grupos que son más propensos a caer en esta contradicción de la experiencia humana.

A comienzos del año 2011, Magallanes se tomó la agenda pública nacional producto de la crisis social desatada a raíz del anuncio por parte del primer Gobierno del presidente Piñera conforme al cual se evidenciaría un aumento en torno al 17% en el precio del gas natural en la región. El conflicto estalla a otro nivel cuando el Ministro de Energía de la época, Ricardo Rainieri, señaló que “el subsidio al gas en Magallanes es una fiesta que debe terminar”, declaración que a la postre le terminaría costando el cargo al otrora secretario de Estado. El paro llegó a su fin, cuando se acuerda subir el precio sólo un 3% en los próximos 10 meses y la entrega de 18 mil subsidios a las familias más pobres de la región. Durísimo traspié para la coalición de derecha.

Piñera terminó entregando un importante mensaje a la población magallánica en aquel entonces: nunca más se pondrá en duda la continuidad de este importante subsidio en el territorio. Pues bien, a casi una década de esta crisis, la misma administración vuelve a insinuar una jugada similar. En efecto, en medio de la discusión del presupuesto de la nación para el ejercicio 2021, el Gobierno decidió rebajar en 3 mil millones de pesos los recursos destinados al subsidio del gas en Magallanes, transfiriéndolos desde la cartera de Energía hacia el tesoro público, lo que hace posible inferir que no está garantizado su continuidad en el futuro.

¿Cómo es posible que los mismos actores vuelvan a incurrir en el mismo error? La verdad es que no hay que sorprenderse mucho. Sobre todo, cuando ponemos en perspectiva la lógica con la que ejercen autoridad y comprenden las dinámicas sociales, es decir, a través de un exacerbado centralismo, y, por otro lado, utilizando sólo como matriz de análisis y solución de problemas, el planteamiento costo-beneficio. No puedo asegurar mala voluntad de los altos funcionarios para con la zona afectada con esta medida, pero sí hay evidencia para sostener que una variable fundamental para entender este problema es que, el poder central chileno no tiene idea alguna sobre las conveniencias del territorio. El gas no es un lujo para la gente de Magallanes, sino más bien, una necesidad básica para poder vivir en el territorio, no hay otra lectura.

También se puede afirmar –con bastante seguridad– que, si el gobierno no se retracta, y persiste el planteamiento de la ley de presupuesto original, existirá una tensión enorme desde Magallanes, teniendo a la región como una de las zonas más afectadas del país producto de la pandemia, con una estrategia en torno a la misma que corre extraordinariamente a destiempo. Todos estos antecedentes son razón suficiente para concluir en primer lugar, que Chile Vamos adolece de herramientas para leer contextos y simbolismos, mostrando un pobre “tacto político”; y en segundo término –lo más importante en mi interpretación–, es que los argumentos y resultados que terminaron inclinando la balanza hacia una estructura centralista del poder en la configuración del Estado chileno en el siglo XIX, hoy día ya no tienen validez.

Espíritu Cívico

Por Daniel Pacheco Henríquez

Al cumplirse un año del inicio de lo que denominamos “Estallido Social”, son muchas las observaciones que se pueden hacer a la luz de los acontecimientos vividos. Por temas de espacio y de capacidad del autor –desde luego– es imposible siquiera delinear nuevas aristas u aproximaciones novedosas que enriquezcan la mirada en una semana tan importante para la trayectoria del país. Sólo quisiera reforzar un punto que considero de suma importancia en relación con lo que viene: en la conciencia y despliegue de nuestro espíritu cívico, en virtud de lo que está en juego el próximo 25 de octubre y los meses posteriores.

Entiendo por espíritu cívico, el respeto irrestricto a los valores que configuran nuestro sistema democrático, cuyos ejes han demostrado ser garantes del ejercicio de nuestras libertades. Bajo esta lógica, es indispensable participar a través del voto, aquel mecanismo que no reproduce las diferencias materiales existentes entre ciudadanos y nos hace sentir –y ser en los hechos– iguales. Ahora, el desafío no consiste solamente en hacer uso del derecho a sufragio, sino también, en participar activamente en lo que vendrá posteriormente. De no ocurrir nada muy extraño –aunque ha pasado en el último tiempo–, todo apunta a que la opción vencedora en el próximo plebiscito es “Apruebo” y “Convención Constituyente”. Siendo miembros de un colectivo y actuando con sensatez en función del momento histórico que nos encontramos, es menester involucrarse enérgicamente en el proceso. Como sociedad civil nos compete ser guardianes de la dinámica constituyente, es decir, ser permanentes fiscalizadores y exigir rendición de cuentas. Si bien en este mismo medio y espacio he sido crítico respecto de ciertas carácterísticas que nos impone la interección vía redes sociales, creo que para esta ocasión, si se utilizan bien, estas plataformas nos pueden ayudar a ejercer un mejor control sobre lo que irá ocurriendo.

Son varias las comparaciones que se han establecido entre lo vivido en octubre pasado y lo que fue el desarrollo de las primeras dos décadas del agitado siglo XX chileno. Fundamentalmente, por la asociación entre el descontento popular evidenciado en las calles del país y lo que conocemos como la “Cuestión Social”, fenómeno ampliamente estudiando por la historiografía nacional. No obstante, lo que no se ha estado muy presente en el debate actual, es cómo se terminó canalizando precisamente –a nivel institucional– el malestar que aquejaba a la sociedad de aquella época. Traer ese aspecto a colación es muy importante, pues nos puede aportar valiosas lecciones. Y esto tiene que ver con que, luego que los oficiales prusianos devuelven el poder después del golpe de Estado, en enero de 1925, poniendo como exigencia al “nuevo gobierno” la idea de convocar a una asamblea contituyente de carácter popular, lo que se vio más bien fue una usurpación del poder constituyente por parte del retornado presidente Arturo Alessandri, quien lideró un proceso cargado de irregularidades, redactando una carta practicamente a su antojo, sin ningún tipo de contrapeso y convocando finalmente a un plebiscito de salida marcado por inconsistencias y desprecio a las capas más humildes del país. Carlos Vicuña Fuentes, político de la época que apoyó a Alessandri para que presidiera el proceso constituyente, relató más tarde en un famoso libro que “el plebiscito consitucional fue la más grosera e indigna mascarada que jamás había presenciado Chile”.

Volviendo a lo que nos acontece, mi lectura es que cuando el tejido que estructura a la sociedad se ha deteriorado –constitución en sentido sociológico, si se quiere– como en el caso de Chile, la constitución en tanto sistema de reglas que moldea nuestro quehacer debe cambiar. Esto plantea un escenario lleno de incertidumbres, pues nadie puede asegurar un resultado favorable. Pero sí estoy convencido que, en la medida en que cada persona se desenvuelva en todo el proceso poniendo de relieve el valor de lo público, haciendo florecer el espíritu cívico, las probabilidades de crear un mejor hábitat para nuestra vida en común aumentarán sustancialmente.

Los buenos y los viejos

Por Daniel Pacheco Henríquez

Existe relativo consenso en que los aspectos que han puesto en jaque nuestro tejido social obedecen a una dinámica multifactorial. Concentración del poder político, mala distribución del ingreso, desconexión entre élites y capas medias/bajas, sistema de salud deficiente, cultura patriarcal, modelo de desarrollo poco amigable con el medio ambiente, y un etcétera que dependiendo de lente, bien podría extenderse al infinito.

No obstante, lo que no ha sido muy tratado por la opinión pública, es todo lo que concierne a cómo se relacionan las distintas generaciones en el Chile actual a la luz de sus propias experiencias de vida. Porque si atendemos a los hechos desencadenados en el último octubre nacional, es posible identificar que varias expresiones convergían a una evidente resistencia a todo tipo de autoridad. Manifestaciones impulsadas en gran medida por jóvenes, en donde en muchos casos se invitaba –pienso en los influencers del momento– a poner lápida a la “adultocracia”.

Esta atmósfera dejó al descubierto, otro esbozo de polarización. Aquél referido a la idea de estar en presencia, por una parte, por jóvenes consecuentes, y por otro lado, los viejos traidores. No es muy dificil percatarse, sobre la gran dificultad que presenta el hecho que las diversas generaciones se encuentren y dialoguen en nuestro país. Este es, según mi interpretación, uno de los grandes problemas del Chile contemporáneo.

Ahora, es interesante intentar dilucidar, qué es lo que ha contribuído a desarrollar esta puesta en escena. Sin lugar a dudas, un factor preponderante es que, con el retorno a la democracia, no se habló tanto de política en los hogares chilenos. Lo más sencillo sería apuntar a nuestros padres por cometer ese craso error. Pero poniendo en contexto sus trayectorias vitales, podríamos estar de acuerdo en que fue una respuesta natural de una generación que creció totalmente traumatizada, transitando entre el miedo y la incertidumbre. ¡En esta casa no se habla de política!, célebre frase de la serie “Los 80”, que se reprodujo en tantas mesas de nuestro país.

Y parece que tampoco era tan necesario hablar de política, sobretodo cuando instalamos en la discusión, cuáles fueron las dinámicas propias de los 90`. En términos globales, Fukuyama nos señalaba que habíamos llegado al “Fin de la historia”. Con la caída del campo socialista, permeó la idea generalizada de que no había otro sistema económico que el capitalista y que la organización política debía ser en torno a democracias liberales. Hasta acá llegamos, fin de la obra. Con esta influencia y la propia realidad del país, es posible reconocer que las grandes preocupaciones de los padres chilenos en aquella época, eran más bien, de corte económico. Cómo garantizar el bienestar material de sus hijos, poniendo en perspectiva que para el año 90`, las encuestas de carácter socioeconómico daban cuenta que aproximadamente, la mitad de los chilenos vivía bajo la línea de la pobreza. En definitiva, que no vivan la miseria que experimentaron ellos y los que les antecedieron.

Dicho esto, es probable que sí se hayan equivocado en dejar al margen la conversación y la importancia de los temas públicos,  que hubieron cosas que se pudieron haber hecho de mejor forma, pero tratarlos de traidores y obsoletos, y por consiguiente, dejarlos fuera de los acontecimientos recientes, me parece un despropósito.

Quienes nacimos en los 90` y los 2000, debemos entender que, crecimos en el período más tranquilo en 200 años de historia política republicana. No hace falta hacer una revisión tan exhaustiva para corroborar este hecho. Pero por otro lado, vale recordar al gran Jorge Millas, cuando en sus ensayos expresaba la falacia en torno a la creencia de que nosotros –por ser jóvenes– pertenecemos al porvenir, y que este mundo cargado de imperfecciones y pesares, no es el nuestro, en cuanto no somos responsables de lo que es. Es decir, la idea de la juventud no culpable está poniendo frívola, indolente y soberbia a las nuevas generaciones.

No puedo encontrar más razón a un destacado analista nacional cuando se refería a que cincuentones y sesentones crecieron temiéndoles a sus padres, y que ahora también le temen a sus hijos. ¿Qué es esto?

Como jóvenes tenemos mucho que aportar en la construcción del país que anhelamos. Nos relacionamos de otra manera, caminamos por el mundo de la teconología y la innovación, aspectos que serán cada vez más importantes en el desarrollo de las naciones, entre muchas otras virtudes. Pero no por esto, se va a dejar a un lado, las experiencias de otras generaciones. Nos hace falta conversar, entender nuestros miedos y motivaciones, comentar nuestros aciertos y errores, obtener lecciones. ¿Cuántos le habrán preguntado a sus padres, abuelos y tíos, cómo vivieron hace exactos 32 años el triunfo de la opción “NO”?

Confío en que, en otro octubre especial para el país, sí tengamos la convicción y la oportunidad de escucharnos.

Elección de Gobernadores Regionales: Un compromiso ineludible

Por Daniel Pacheco Henríquez

En días recientes han trascendido declaraciones de diversos parlamentarios –fundamentalmente de derecha– en torno a la posibilidad de volver a aplazar la elección de gobernadores regionales. Su última modificación situaba los comicios para el 11 de abril de 2021, con segunda vuelta el 9 de mayo. Lo que se propone hoy en día, es mover el proceso hacia fines del próximo año, estando más en línea con las elecciones presidenciales y de los nuevos congresistas.

Quienes están liderando la iniciativa a favor de posponer lo planificado arguyen que, a la fecha, no ha habido una agenda legislativa que facilite el cambio institucional acorde a lo que significa esta medida para el proceso descentralizador del país. Más concreto, visualizan que, de no cambiar el calendario, tendríamos gobernadores sin claridad respecto de sus verdaderas facultades y atribuciones, lo que llevaría a un conflicto de gobernabilidad dentro de los propios territorios. Por lo tanto, aplazando la instancia se ganarían valiosos meses para diseñar un mejor marco administrativo para un correcto ejercicio de las nuevas autoridades.

Dicho todo lo anterior, mi impresión es que, más allá de las dudas propias que genera un suceso inédito en la historia política nacional, con efectiva incertidumbre en relación a un real traspaso de competencias y autonomía a las regiones, todo apunta a que este nuevo intento de correr las elecciones obedece más bien a que los sectores políticos están buscando contar con un mejor escenario para poder proclamar a sus candidatos. Cálculo político puro, debido a que la estrategia tiene como foco poder favorecer, por un lado, a todos quienes, producto de la ley que limita la reelección, no podrían seguir ejerciendo sus respectivos cargos, además de generar incentivos también a todos aquellos personeros de Gobierno que, en contexto de estallido social, no pudieron renunciar a sus deberes en octubre pasado. Todo esto en consideración de la ley que exige dimitir un año antes de la cita electoral para poder presentar una candidatura.

Lamentablemente –como es posible apreciar– queda al descubierto que no existe verdaderamente la convicción a nivel transversal en nuestra clase dirigente, sobre la importancia que tiene una reforma de esta envergadura para las distintas regiones de nuestro país. Grosso modo, se somete como mera moneda de cambio a las burdas, vacías y desgastadas jugarretas de poder de una elite centralista hegemónica, la esperanza de cientos de conciudadanos que anhelan mejores políticas públicas en sus localidades, con sentido de pertenencia, adaptadas a las propias vivencias y dinámicas específicas de las disímiles experiencias que nos impone nuestra “loca geografía”.

¿Qué podría asegurar que el hecho de volver a atrasar la elección de gobernadores regionales sería el puntapié al inicio de una discusión legislativa que promueva dotar el proceso descentralizador? El mensaje es claro, y los regionalistas debemos procurar que se cumplan las fechas y plazos establecidos. Es un compromiso de carácter ineludible con nuestra democracia. La oposición tampoco puede perderse en esto, es una buena oportunidad para demostrar liderazgo y volver a sintonizar con lo que aclaman los territorios. No dejar espacio ni a la más mínima duda, como ya algo han esbozado José Miguel Insulza, Jaime Quintana y Pepe Auth, entre otros/as.

Reflexiones desde el extremo austral

Por Daniel Pacheco Henríquez

A comienzos de este mes, la Cámara de Diputadas y Diputados aprobó y despachó a ley el proyecto que erige el Estatuto Chileno Antártico. Iniciativa que, en términos generales, busca modernizar la forma en que opera el Estado en el continente blanco, contribuyendo a una mejor protección y fortalecimiento de los derechos soberanos que se tienen en aquél vasto territorio. De buenas a primeras, una excelente noticia, pero como bien sabemos: no todo lo que brilla es oro. Por lo tanto, como buen magallánico y observador constante del debate público, me veo en la obligación de aportar con algunas reflexiones en torno al tema.

En primera instancia, es importante dejar constancia de que este proyecto ingresa al Congreso Nacional en enero del año 2014. Naturalmente uno se pregunta ¿Por qué se viene a convertir en ley más de seis años después de iniciar su trámite legislativo? Lo cierto es que no ha sido un periplo de ardua e intensa discusión, sino más bien todo lo contrario. Hasta hace poco tiempo atrás se encontraba en estado totalmente stand by.

Lo que sin duda fue el detonante para agilizar el proceso es la serie de acciones legislativas y comunicacionales que ha emprendido el gobierno argentino el último tiempo, sobre sus pretensiones en la plataforma continental extendida en el mar austral y antártico, aspecto que afectaría los intereses de Chile en la zona polar, llevando a la Cancillería a enviar una nota diplomática en mayo pasado a su par trasandino con la intención de aclarar esta controversia. Dicho esto, lo que se desprende a la luz de estos antecedentes es que, más que voluntad, iniciativa y convicción política acerca de la importancia que tiene el seguir garantizando una soberanía efectiva en propiedad antártica, el establecimiento de la ley se entiende como una ofensiva nacional frente a los movimientos del país vecino. De no haber ocurrido esto último, cuesta imaginar que se desempolvaran los documentos relativos al tema en Santiago y Valparaíso, lo que deja entrever que claramente esta discusión distaba bastante de ser una prioridad.

Otro punto importante dice relación con que, si bien es un tema evidentemente complejo, propio de especialistas en geopolítica, cuerpo diplomático y científicos, por las implicancias que eventualmente tendrá el nuevo estatuto en términos administrativos y jurídicos sobre la región de Magallanes y la Antártica Chilena, era imprescindible atender a la opinión y conocimientos de las personas que habitan esta bella porción del país. Aunque es sabido que el Instituto Antártico Chileno (Inach) –con sede en Punta Arenas– acompañó todo el proceso legislativo, que presentaron en comisiones representantes del gobierno regional de Magallanes y de empresas que prestan servicios importantes en la zona, me parece que el centro de la deliberación debía ser en la Patagonia austral. Era una oportunidad histórica para la región, puesto que sencillamente no es posible concebir de forma efectiva el tema sin Magallanes, puerta de entrada al maravilloso mundo en cuestión.

Todo lo anterior deja de manifiesto que otra vez –como ha sido la tónica desde los albores de la República– se deja al margen, sin consideración a esta noble y aislada región, presa de una institucionalidad centralista asfixiaste. Es hora de que se abandone aquella máxima de “Magallanes como fin del mundo”, o como mero terreno de colonización, y pase a entenderse como lugar funcional, es decir, como eje estructurador que proyecta al Estado chileno, como zona geográfica que penetra hacia las tierras polares.

Punto aparte, la corta y plana visita a la región del presidente Piñera junto a la comitiva de ministros de las carteras implicadas hace pocos días atrás con objeto de promulgar la citada ley. En donde no se quiso responder ni una sola pregunta a la prensa local. Lo que alimenta la especulación de que el Estatuto Chileno Antártico bien se podría haber firmado en cualquier salón del palacio de La Moneda. ¡Insólito!

La erosión del centro

Por Daniel Pacheco Henríquez

Muchas personas estarán de acuerdo en que uno de los factores importantes que podría explicar el pesimismo desatado en el ideario público local, es la polarización de fuerzas que experimentamos desde hace considerable tiempo en nuestro ambiente político y social.

Esta grieta divisoria se agudiza cada día más. Y es que cuando nos detenemos a ponderar cuáles son los elementos que nos mantienen unidos/as como miembros de un país, es fácil avizorar que el break bien podría durar varias horas. Para reforzar la idea, la última encuesta Criteria nos muestra que las dos primeras preferencias que la ciudadanía perfila como próximos presidentes de la República son Joaquín Lavín (UDI) y Daniel Jadue (PC). Como podemos ver, la descripción gráfica de lo que significa polos opuestos (al menos en la institucionalidad que cada uno tiene detrás suyo, porque sabemos que, en la práctica, operan parecido).

Lo interesante y sorprendente de todo esto es que, con diagnóstico en mano compartido, poco se haga para enmendar el rumbo de la situación, ya que efectivamente cuesta encontrar personalidades que se esfuercen en hacerse cargo de este mal. Desde luego, valga la analogía de las tragedias del teatro griego clásico: todo el mundo intuye lo que va a ocurrir, todos aclaman no querer que ocurra, pero cada uno hace precisamente lo necesario para que suceda la desgracia que se pretende evitar.

Bajo este estado de las cosas, se hace más urgente que nunca recordar la tesis central del aclamado libro del politólogo Arturo Valenzuela, El quiebre de la Democracia en Chile, publicado originalmente en 1978. Cuyo core hace referencia a que, más allá del rol que jugaron los extremos políticos en el desplome de la institucionalidad en 1973, hay que otorgar un valor relevante a la total erosión del centro político y a la politización de instituciones que, en el papel, tendían a ser neutrales. Pues bien, parece importante traer a colación el análisis de Valenzuela en relación con el rol que ejercieron las posiciones más “moderadas” en el espectro político, puesto que es posible identificar dinámicas similares en el funcionamiento de la democracia chilena casi medio siglo después.

Por razones que habría que dilucidar con mayor precisión, el centro político chileno se ve superado ante el cáncer de la polarización. Carente de ideas, sin liderazgos que convoquen a las masas, y lo más peligroso –y lamentable, por cierto–, sin la actitud y convicción de que el rol que desempeñan es crucial para la estabilidad del sistema democrático nacional. Con un miedo casi paralizante a la impopularidad, quienes pertenecen a este sector olvidan que la labor del político no es ser popular –cuan Influencer en redes sociales–, sino más bien, con su gestión, aminorar el peso del tránsito diario en la vida de cientos de conciudadanos. Es esta –y no más que esta– la tarea del político/política profesional.

Con todo, urge hacer hincapié en la necesidad de volver al diálogo, los puentes y el establecimiento de mínimos comunes, sobretodo si ponemos en la mesa que el mecanismo diseñado para el proceso constituyente que se avecina –en caso de ganar el Apruebo– exige ponerse de acuerdo, debido a los altos quórums requeridos para cada punto de la nueva Constitución. De esto depende aprovechar una oportunidad histórica y evitar un descalabro de proporciones para los destinos de Chile. Que todos cumplan el rol que tienen que jugar.

Al ritmo de las redes

Por Daniel Pacheco Henríquez

¿Quién podría atreverse a decir que no vivimos tiempos agitados? Existe la permanente sensación de transitar día a día en una vorágine incontrolable, como si de alguna manera, no tuviéramos la capacidad de atender y asimilar todo lo que ocurre alrededor nuestro. El símbolo por excelencia de esta percepción, son las redes sociales. Cuyas bondades nadie desconoce, pero son pocos los que esbozan las externalidades negativas que generan.

El rasgo más característico de las redes dice relación con la instantaneidad, es decir, con el sistemático esfuerzo por posicionarse dentro de estos canales de forma cotidiana, lo más frecuente posible y a tiempo récord. Lo que trae consigo –en la gran mayoría de los casos– expresiones que se materializan al calor de nuestro vientre. Solo basta dar un breve paseo por plataformas como Facebook, Twitter o Instagram, para vislumbrar un sinfín de ideas preconcebidas, sin matices, con un notorio espíritu polarizante y confrontacional. Si, por otro lado, tenemos que la acción reflexiva –la virtud de lo que significa pensar– requiere a todas luces tomar distancia, mirar lo que está ocurriendo e intentar comprenderlo, eso implica necesariamente demorarse para emitir un juicio. Entonces, es posible señalar que lo que está inserto en las entrañas de las redes sociales es algo así como un “des-pensar”. Después de todo, ¿Es posible concebir y manifestar una opinión seria y fundada en 140 caracteres?

Dentro de todos los males que conlleva esta dinámica, llama particularmente la atención la degradación absoluta de la cosa pública. Hace un par de semanas, se conoció la renuncia de la editora de la sección de opinión del emblemático periódico norteamericano The New York Times, la periodista Bari Weiss. Entre varios motivos, preocupan sus declaraciones referidas a que “Twitter se ha convertido en el máximo editor del diario”, o en esta misma línea, “Las historias se eligen y cuentan para satisfacer al público más limitado, en lugar de permitir que un público más curioso lea sobre el mundo y luego saque sus propias conclusiones”. Nada de esto es ajeno al plano local. Sobretodo cuando vemos que, desde hace bastante tiempo, nuestros políticos ejecutan sus funciones con una mano en sus respectivos escritorios, y con la otra, deslizando el pulgar en sus teléfonos, atentos al ritmo que plantean las redes. Con un miedo abrumador a la impopularidad, al punto que, se está dispuesto a tranzar un mal diseño de política pública, a cambio de navegar tranquilos en el turbulento escrutinio que opera en las citadas plataformas. Esto es francamente insólito.

Convengamos –así confío– que no es lo mismo ver a una persona esmerada en leer la neurosis que acontece en Twitter y al mismo tiempo componer un mensaje con limitaciones de espacio y forma, que sentarse a leer un libro, cuyo ejercicio nos hace dudar a veces, hasta de nuestras propias convicciones. Son experiencias sustancialmente diferentes.

Vale recordar lo que el gran pensador chileno del siglo XX, Jorge Millas, da cuenta en Idea y defensa de la universidad, cuando invita a “poner en acción dos resortes con el que el hombre puede al menos sujetar la bestia que también hay en él: la reflexión guiada por la razón que al par convence y duda, y el conocimiento orientado por la cuidadosa observación del mundo”.

La tecnología y las redes sociales poseen muchas virtudes. Solo imaginemos qué hubiese sido de nosotros en contexto de pandemia sin haber tenido la posibilidad de utilizar estas herramientas para sentirnos más cerca del afecto. Pero sería un descaro no reconocer que, al mismo tiempo, las redes favorecen la ampliación de la estupidez.