Vivir Juntos

Por Bruno Odone Pasquali

Comienza agosto. El octavo mes de un año especialmente difícil. Un año que, como toda época particularmente compleja, entrará de lleno en los libros de historia. Las mascarillas, la distancia social y las calles vacías serán protagonistas de capítulos enteros que pretenderán narrarle a las futuras generaciones lo que se vivió durante el año 2020.

Pero los momentos duros de nuestra sociedad no solo se caracterizan por arribar a las desteñidas hojas de los libros de historia, lo que en realidad los lleva a transformarse en “hechos históricos” es que son situaciones que nos demuestran que el destino de las personas no es individual sino común. Y la pandemia lo volvió a demostrar, esta vez con excesiva claridad: Lo que le pasa a cada uno de nosotros depende de lo que le pase a todos los demás. Salimos a buscar la comida por delivery con mascarilla para no contagiar al repartidor, pero esperamos que el repartidor también la tenga para que no nos contagie a nosotros. O nos salvamos juntos o caemos todos. Así de simple. Y esta vez la palabra “todos” implicó literalmente a todos: La globalización hizo que ningún rincón del mundo se salvara. De China a Reino Unido, de Perú a Camerún. Como nunca se había visto, se hizo realidad el concepto de humanidad.

Y mientras la historia nos trata de enrostrar, una vez más, la receta del progreso. Seguimos ignorando la moraleja, y acá en Chile con ardiente violencia: En la tierra de las araucarias se vuelven a encender los mismos conflictos que han condenado a nuestro país por cerca de 500 años. Si en el año 1600 veíamos malocas y malones, en 2020 vemos desde nuestras redes sociales a un centenar de personas saltando fuera del municipio de Curacautín mientas gritan a viva voz “el que no salta es mapuche”, para luego ser testigos de un triste enfrentamiento entre civiles y mapuches, con golpes, lanzamientos de objetos y el incendio de vehículos. En resumen, vemos como se desvanece la idea de humanidad. Nos dividimos y el de al lado deja de valer lo mismo: No somos mapuches, saltemos.

500 años donde el concepto de humanidad no ha surgido. La vida en comunidad se ha transformado en un anhelo de solo unos pocos.

Y así, en un momento de máxima tensión. Llegará el proceso constituyente. Una oportunidad única para que puedan sentarse a conversar, después de mucho tiempo, el pueblo mapuche y el pueblo chileno.

Sin embargo, no pequemos de ingenuos. El poder vivir juntos no sale gratis. Todas las partes tendrán que ceder. Es lo que hacemos todos los días al salir a la calle (o hacíamos, mejor dicho). Nos enfrentamos a las señales de tráfico, nos detenemos y esperamos nuestro turno para avanzar. El de la otra esquina hace lo mismo cuando le toca. Sacrificamos libertad para ganar libertad. Claro, si no perdiéramos nuestro tiempo en las luces rojas seria imposible siquiera salir a las calles. La ley de la selva, como dicen por ahí.

El proceso constituyente surge como una oportunidad única para darle luz verde, por primera vez en mucho tiempo, a la nación mapuche. Y ahora será el Estado chileno quien deberá sacrificar para ganar. En términos concretos, si queremos lograr la permanencia del Estado chileno tendremos que otorgarle otro carácter a la región de La Araucanía, pero no solo otro carácter territorial, sino también cultural.  Se volvió imprescindible (quizás siempre lo fue) incorporar la cultura mapuche, y la de los diferentes pueblos originarios que componen nuestra estrecha franja de tierra, a la identidad cultural del país. Pienso en Nueva Zelanda y como la cultura maorí es considerada como propia por los neozelandeses, podemos apreciar sus rituales en ceremonias de recibimiento de inmigrantes o de adquisición de ciudadanía, además de que tienen representación en el ámbito político. Diferencia abismal con el grito “el que no salta es mapuche” que vemos por acá.

Perder para ganar pareciera ser la clave para vivir juntos. Y el vivir juntos, según los desteñidos libros de historia, pareciera ser la única receta conocida para progresar como sociedad, o mejor dicho, como humanidad.

Ensayo sobre la ceguera

Por Bruno Odone Pasquali

Nadie es profeta en su tierra, dicen. Así fue el caso de José Saramago, escritor portugués, que atacado por la iglesia y silenciado por el gobierno se vio obligado a marcharse del país luso en señal de protesta y “auto exiliarse” en Lanzarote, cálida isla española. Ahí, rodeado por el océano atlántico y dándole la espalda a su propia patria, escribió una de sus obras más aplaudidas: Ensayo sobre la ceguera del año 1995, según muchos la novela que le permitió dar el paso definitivo para ganar el Nobel de Literatura. En aquella obra, Saramago relata la expansión de una extraña pandemia que volvía ciegas a las personas. Finalmente, parece que efectivamente era profeta.

Digo esto último porque en realidad la novela de Saramago pretendía usar la pérdida de visión como una simple excusa para describir a una sociedad egoísta compuesta por individuos incapaces de mirarse más allá de sí mismos. Actitud que durante esta pandemia efectivamente hemos visto intensificada en nuestro país.

La ceguera abunda en tiempos pandémicos: Ciego es el gobierno, ciega es la oposición y ciegos somos todos nosotros (no lo digo yo, lo dice la ciencia).

Vamos por parte.

¿Por qué es ciego el gobierno? El ejecutivo ha demostrado, una vez más, una falta de visión al anunciar un paquete de medidas en donde tres de sus cuatro pilares (ampliación del CAE, postergación de dividendos y creación de créditos “blandos”) fomentan la deuda de los hogares chilenos. En un país donde, según el Banco Central, el 66% de los hogares tiene deuda y el 55% de esta es de consumo, un crédito blando no puede ser una solución. La explicación radica en que se está ignorando un sesgo cognitivo estudiado por la ciencia: La aversión al riesgo, un fenómeno psicológico que abunda en las personas y que básicamente se refiere a la preferencia de los individuos por evitar incertidumbre en sus inversiones financieras. Imagínense, querer que la gente tome créditos en la crisis económica más grande de los últimos 100 años. Hoy, más que nunca, la gente se verá inmovilizada a enfrentar decisiones riesgosas con tanta incertidumbre futura.

¿Por qué es ciega la oposición? Porque en lugar de impulsar el rol protector del Estado y cuidar a sus ciudadanos (rol históricamente defendido por la izquierda), se opta por una medida en donde se pretende que la gente financie la crisis con sus propios ahorros, usando la lógica del “ráscate con tus propias uñas” en plena crisis económica. Es sorprendente que la oposición defienda una medida regresiva y que va en contra del corazón de cualquier sistema de pensiones en el mundo: Combatir la inconsistencia dinámica, déjenme apelar una vez más a la ciencia. La inconsistencia dinámica es otro fenómeno psicológico que describe que al corto plazo la gente es más impaciente que al largo plazo, esto se traduce en una conducta llamada miopía del comportamiento. Haciendo una analogía con este defecto del ojo, se identificó que, de la misma forma que la miopía hace que cuanto más lejano se encuentre un objeto más borroso se vea este, en el comportamiento humano cuánto más lejano es el futuro, este es percibido por el cerebro como más “borroso” o indefinido.

La miopía del comportamiento nos impide tomar decisiones adecuadas respecto al futuro y terminamos sistemáticamente ahorrando menos en relación con las necesidades futuras que tendremos en nuestra vejez. Así nace el rol del Estado de protegernos de nuestros sesgos conductuales implementando políticas como el ahorro forzoso o la contribución obligatoria a un sistema de pensiones.

La pregunta clave es ¿realmente no hay otra medida más allá de ofrecer créditos blandos (ignorando la aversión al riesgo) u optar a que la gente use sus propios ahorros (ignorando la inconsistencia dinámica)? No seamos ciegos: Hay otras medidas como transferencias directas tipo subsidios o incluso un ingreso básico universal. Además, nadie habla acerca de una reactivación económica que sea compatible con el virus, ¿pretendemos mantener a la gente viviendo encerrada a punta de medidas de emergencia hasta que salga una vacuna? ¿Y si no aparece una vacuna este año, ni el que viene? (El sesgo optimista también nos enceguece de vez en cuando). En Chile seguimos haciendo vista gorda a este tipo de discusiones y el debate público se ha visto reducido a una penosa dicotomía entre créditos blandos o retiro de fondos.

No sé si son ciegos o se hacen los ciegos, pero que después no digan “no lo vimos venir”. Y es que en nuestra clase política pareciera que no hay muchos profetas.

Era la economía, estúpido

Por Bruno Odone Pasquali

La frase “It’s the economy, stupid…”  fue acuñada por primera vez durante la campaña presidencial estadounidense de 1992. El encargado de inventar la repetida frase fue James Carville, asesor de Bill Clinton. Carville tenía la dura tarea de hacerle frente al casi imbatible, para la mayoría de las encuestas y analistas políticos, George H. W. Bush. De esta forma, la frase se transformó en un verdadero mandato filosófico dentro del equipo de campaña de Clinton y orientó todo discurso, palabra y gesto del candidato demócrata. Ese era, según Carville, el único modo de vencer al ampliamente favorito Bush, quien se presentaba para su reelección con cerca de un 90% de aprobación debido a la exitosa primera guerra del Golfo (la vieja táctica de usar conflictos bélicos para ganar elecciones). Sin embargo, y contra todo pronóstico, Clinton logró dar vuelta las encuestas y lo hizo precisamente haciendo énfasis en el elemental (y muchas veces ignorado) hecho de que, sin una economía próspera para la sociedad completa, todo lo demás pasa a segundo plano.

Y cuando Carville decía todo lo demás, efectivamente era todo lo demás.

Yo mismo me hubiese negado a aceptar una afirmación así de rotunda hace dos meses. Pero la actual crisis me puso frente a la verdad. Las situaciones extremas, dicen, te ponen frente a la verdad. Es casi poético, una manera elegante de decir que las situaciones normales la eluden (posiblemente esa es la razón por la cual muchos quieren volver prontamente a la nueva normalidad). Y es que las mentiras habituales que nos acompañaban todos los días ya no funcionan bien, hay que crear mentiras especiales que sirvan para tranquilizarnos durante este sombrío y triste espectáculo.

Y hay una mentira que circulaba con particular fuerza: que China pudo enfrentar de mejor manera la pandemia porque es una dictadura, que pudo cerrar sus ciudades y obligar a sus ciudadanos a respetar las cuarentenas porque es un régimen autoritario. La idea se transformó en uno de esos lugares comunes que aceptamos y repetimos sin repensar. Me incluyo porque también lo creí en un principio, pero pronto apareció Corea del Sur, quienes igualmente supieron contrarrestar el virus con éxito. Solo me quedaba una explicación: La cultura asiática. La caricatura era perfecta: Ordenados, metódicos, organizados y respetuosos. Pero luego llegó Nueva Zelanda y la caricatura se derrumbó como castillo de naipes. No eran ni las dictaduras ni los asiáticos. La crisis me puso frente a la verdad: Los países que enfrentaron con mayor éxito al virus fueron los países más ricos. Efectivamente, ¡era la economía, estúpido!

El obstáculo para establecer cuarentenas extremas en las democracias occidentales nunca fue la libertad. Nada indica que millones de ciudadanos se habrían negado a encerrarse, arriesgando su salud y la de sus familias por gusto. La clave estaba en el axioma más esencial que tiene la ciencia económica: Los individuos responden a incentivos. Nadie podía quedarse encerrado en su casa sin trabajar, el incentivo a tener algo en la olla para el otro día es más fuerte que cualquier virus.

El caso de Chile, y Latinoamérica en general, nos hizo abrir los ojos. Acá, a diferencia de Europa y de los países ricos de Asia, la gente no respeta el encierro, pero la explicación nunca fue el sistema político ni la raza (si es que existe eso de la raza), siempre fueron los incentivos económicos. No hay cuarentena viable en la práctica cuando el porcentaje de empleo informal en nuestro país era cercano al 30% hasta antes de la crisis. La gente saldrá igualmente para poder comer al día siguiente sin distancia social ni comisaria virtual que lo impida. Y ahí surge el rol del Estado para entregarle los recursos a quienes no puedan generar ingresos producto de la medida. El incentivo para quedarse en casa no era repetir la orden mil veces en un matinal o hacer campañas por redes sociales (#QuédateEnCasa), el incentivo real era entregar los recursos suficientes para que las familias puedan quedarse tranquilas en las casas, sin necesidad de salir.

Siempre fueron los incentivos, y siempre lo serán. Como para tenerlo en cuenta para la próxima vez.

Omertá

Por Bruno Odone Pasquali

La publicación de El Padrino en 1969 convulsionó el mundo literario. Por primera vez, la mafia siciliana protagonizaba una novela, desnudando las complejas estructuras sociales que dominaban el crimen organizado italiano y sacando a luz la cultura, tradiciones y secretos que la cosa nostra soportaba.

La novela escrita por Mario Puzo, un italoamericano con un trabajo mal pago y lleno de deudas, se vendió como pan caliente y terminó arribando a la pantalla grande, donde el éxito se multiplicó. Pero no todo fue fácil para el autor: Las presiones de la mafia fueron tantas que todos los que participaron en la producción del filme sufrieron amenazas telefónicas y se amenazó con boicotear el rodaje en diversas ocasiones a partir de avisos de bomba y de fuertes presiones de la Liga de derechos civiles italoamericanos, movimiento liderado por Joe Colombo, el jefe de la familia Colombo, una de las ‘Cinco Familias’ de la cosa nostra en Nueva York.

Y es que la historia protagonizada por la familia Corleone destapaba los secretos más ocultos de la mafia siciliana, pasando a llevar lo más preciado que tiene el crimen organizado: La ley del silencio u omertá. La omertá es el código de honor siciliano que le prohíbe a los involucrados entregar información sobre las actividades delictivas de las cuales forman parte, imposibilitando a cualquier miembro de la mafia a cooperar con autoridades estatales y permitiendo que la información se mantenga exclusivamente en el círculo cerrado de la mafia. Si la omertá se rompe, el castigo es claro: La muerte o, en jerga siciliana, dormir con los peces.

Así, la ley del silencio no cumple un rol banal dentro del crimen organizado, por el contrario, es la razón de su existencia. Desde la economía, podemos describir a la omertá como el principal incentivo para generar un equilibrio cooperativo, es decir, que todos los agentes cooperen entre sí y tomen una decisión socialmente conveniente, decisión a la cual sería imposible llegar si es que los agentes se comportaran buscando exclusivamente su interés individual sin intervención externa. La omertá nos enseña que a la mano invisible de Adam Smith muchas veces le llegan ofertas que no puede rechazar.

En este mundo pandémico hemos confirmado lo que ya sabíamos, lo que le valió un premio Nobel en 1994 al economista John Nash: No todas las situaciones se corrigen persiguiendo intereses individuales, hay ciertas ocasiones en donde todos dependemos de todos los demás. La coordinación, al igual que en la mafia siciliana, es necesaria en los tiempos actuales: Si uno habla, caemos todos. Actualmente, en la lotería del contagio, ocurre lo mismo: Un infectado nos puede contagiar a todos. Mientras no exista remedio, la vacuna somos cada uno de nosotros. De esta forma, el que decide perseguir sus intereses personales (hablar más de la cuenta o romper la cuarentena) nos puede hacer caer a todos.

Los momentos críticos de la historia son aquellos en que el destino no es individual sino común. O, mejor dicho: esos momentos en que no hay forma de negar que el destino no es individual sino común. Aquellos que nos recuerdan lo que Aristóteles nos advertía hace más de 2300 años: Somos un animal político, un ser social por naturaleza, que no puede vivir aislado y sin contacto social (quizás por esta razón nos acompleja tanto lo que estamos viviendo, ¿no?). Y es que el filósofo griego, autor de La Política, aprendió de lo que en su época llamaron “revolución hoplítica”, una nueva estrategia de guerra en donde todos los pelotones sostenían su escudo codo a codo, la deserción de cualquiera mataba a todo el resto. Allí, nuevamente, cada hombre valía lo mismo que el de al lado. De esa experiencia, se dice, nace la democracia.

Y aunque muchos negaron, y seguirán negando, las situaciones en donde la coordinación social supera los beneficios de la mano invisible, los demás podemos quedarnos con una sola certeza: si nos pasó una vez puede pasarnos de nuevo.

Cine en tiempos de crisis

Estamos acostumbrados a que el cine nos presente historias complejas. La industria de Hollywood, con el fin de mantener a las exigentes nuevas generaciones satisfechas, no deja de lanzar sagas interminables con infinitos personajes, sobreexplotando tramas y sacándole hasta el último dólar posible a las buenas historias, olvidando que muchas veces menos es más. Rápidos y Furiosos, Toy Story e incluso La Garra de las Galaxias, han sido algunas de las víctimas de la agresiva vehemencia del séptimo arte norteamericano. Pero ojo, no siempre fue así. Hubo una época en que las películas líderes de taquilla no eran las que contaban con más efectos especiales o las que eternizaban una historia, por el contrario, eran aquellas que narraban sucesos simples y cotidianos, cercanas a la vida común y corriente de cualquier mortal. Así, solo con un hombre que necesita un empleo, su pequeño hijo y una bicicleta, Vittorio De Sica hizo en 1948 una de las mejores películas de la historia del cine, una cinta que hizo llorar a casi toda Italia: Ladri di biciclette, o en español Ladrones de bicicletas, disponible en YouTube para quienes no la han visto.

Pero, ¿Cómo fue que una historia tan sencilla pudo conquistar a millones de personas? Pongámonos en el lugar del público de entonces.

En Italia y en todos los países de Europa Occidental la gente estaba intentando recuperarse de los horrores de la segunda guerra mundial. Los profundos traumas que dejó la guerra se mezclaban con una economía completamente destruida: Faltaban alimentos, los precios eran caros y no había trabajo para todo el mundo. De esta forma, no siempre era fácil dar de comer a la familia y en un contexto donde abundaba la pobreza y la miseria, a la gente no le apetecía ir al cine a ver historias “demasiado bonitas para ser reales”.

El éxito de Ladri di biciclette y del neorrealismo italiano, el género cinematográfico que agrupaba a las cintas que narraban historias de intenso realismo, nos demuestran que las crisis económicas que surgen de guerras, desastres climáticos o pandemias, van más allá de un centenar de empresas cerradas y unos cuantos empresarios en quiebra. En realidad, una economía en recesión se traduce en desempleo, pobreza, hambre, depresión y muertes, afectando la forma de ver la vida de sociedades completas. Y a partir de las concepciones de vida nacen las expresiones artísticas, no solo pasó con el neorrealismo italiano después de la caída del régimen fascista de Mussolini, también pasó con el cine expresionista alemán tras la primera guerra mundial o, inclusive, con el arte gótico tras la peste negra y la guerra de los cien años durante la edad media.

Por esta razón, me llama la atención cuando se trata de crear una disyuntiva entre la economía y las demás actividades que forman parte del ser humano. El modo en que administramos y disponemos de los escasos recursos que nos rodean terminará por afectar ineludiblemente a todos los demás aspectos de nuestras vidas, inclusive el arte. Actualmente, la pandemia ha generado un falso dilema entre economía y salud que se manifiesta perfectamente en las declaraciones de hace un tiempo de Alberto Fernández, presidente de Argentina: “Una economía que cae, siempre se levanta, pero una vida que termina no la levantamos más”.

La frase, creo yo, erra en dos puntos fundamentales:

El primero es establecer que toda economía siempre se levanta. Lo correcto sería diferenciar los efectos a nivel agregado y a nivel individual que las crisis económicas generan. Si bien es cierto que a nivel agregado, es decir, cuando vemos a la economía como un todo, las crisis originan ciclos temporales de recesión que luego vuelven a recuperarse para retornar a la tendencia previa, también es cierto que estas fluctuaciones tienen impactos económicos que pueden ser permanentes a nivel individual, haciendo que una empresa cierre para siempre o que los despidos masivos causen que los trabajadores que queden sin empleo no recuperen su nivel de ingresos ni siquiera 20 años después del despido.

El segundo punto es, precisamente, el de establecer la fallida disyuntiva entre salud y economía. Y es que no se trata de elegir entre una u otra: Ambas se necesitan y complementan entre sí. Investigaciones académicas han demostrado correlaciones entre el desempleo y el suicidio, el uso de drogas y los ataques al corazón. Cuidar la actividad económica, también es cuidar la salud, sobre todo la de los más vulnerables. Sin embargo, cuidar la salud también es indispensable para cuidar la economía. El capital humano que permite a las economías contar con individuos productivos y competentes, se sustenta a partir de dos grandes pilares: La salud y la educación. El desafío es complejo pero aquellos gobiernos que logren proteger de mejor manera la economía y la salud de sus ciudadanos serán los que realmente podrán sacar cuentas positivas tras la pandemia.

Volver a ver hoy (más de 70 años después de su estreno) Ladri di biciclette, puede ser una oportunidad para comprender lo que una recesión económica significa para la vida de miles personas y la forma en que le pega a los más vulnerables. Quizás no tenga los efectos visuales de las películas actuales de Hollywood pero tiene una historia cercana a la realidad que se avecina, en donde los finales felices no les llegan a todos por igual.

Bruno Odone Pasquali.

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Lecciones de yerba mate

Uruguay siempre me ha parecido una nación digna de admirar. Y es que los uruguayos pertenecen a un país que, según las estadísticas oficiales, conserva una población de tan sólo 3 millones de habitantes desde hace más de 30 años y que lidia constantemente con vaticinios que anuncian su desaparición. Pero a pesar del escaso número de moradores, Uruguay en la práctica, y en contra de todo pronóstico, da cátedra en América Latina. Los más futboleros me entenderán. La selección uruguaya, o la celeste, es sinónimo de pura gloria deportiva: 2 mundiales, 15 veces ganadora de la Copa América, protagonistas del Maracanazo y de uno de los partidos más épicos que nos ha tocado ver en un mundial de fútbol, cuando se enfrentaron a Ghana, en cuartos de final del mundial de Sudáfrica, con la heroica mano de Luis Suárez y el recordado penal del Loco Abreu.

Pero la verdad, mi admiración por los charrúas va más allá del fútbol. Política y económicamente también los podemos aplaudir. En el ámbito económico, Uruguay se posiciona permanentemente entre los líderes de la región en base a su alto ingreso per cápita, bajos niveles de desigualdad y pobreza, y ausencia casi total de indigencia. Mientras que en el ámbito político, se caracteriza por garantizar una gran cantidad de libertades individuales a partir de la legalización del matrimonio homosexual, del aborto y, quizás la regulación más polémica, de la producción, venta y consumo de marihuana. Esto último significó que, durante el año 2013, por primera vez la revista británica The Economist incluyera entre sus listas de “lo mejor del año” a un país. Y el elegido fue, precisamente, Uruguay.

Sin embargo, The Economist no solo destacó las reformas pioneras que protagonizó Uruguay ese año. También elogió al presidente uruguayo de ese entonces: José “Pepe” Mujica. Pepe fue calificado como un presidente “admirablemente humilde” y con una “franqueza inusual para un político”. Y es que el ex mandatario realmente se caracterizó por ser un líder diferente durante su gestión: Vivía en una humilde casa de campo, conducía él mismo para ir a trabajar en su Volkswagen Escarabajo y siempre llevaba su mate en mano. No podía ser de otra manera. Hablamos de un personaje que perteneció en su juventud a la guerrilla urbana de los Tupamaros, siendo parte de enfrentamientos armados que le significaron ser apresado cuatro veces (de las cuales dos veces se escapó). Su último período de detención duró cerca de 12 años, siendo víctima del aislamiento y las torturas, cambiando para siempre su vida. Para quienes quieran conocer la historia con más profundidad, recomiendo ver el documental El pepe, una vida suprema de Emir Kusturica, disponible en Netflix.

Pepe terminó su mandato el año 2015, pero durante las últimas semanas, y a raíz de la pandemia del coronavirus, Mujica ha vuelto a dar que hablar. En el programa Lo de Évole, el ex presidente de Uruguay declaró una frase que es digna de ser analizada: “Ahora que las papas queman todos se acuerdan del Estado”.

¿Qué hay detrás de la frase de Pepe Mujica?

Es difícil desnudar con menos palabras las contradicciones del liberalismo que defiende a ultranza el individualismo y la reducción máxima del poder público. Y es que para los creyentes de un gobierno limitado, la pandemia ha significado ver todo lo contrario a sus ideales. A lo largo de todo el mundo el Estado ha crecido enormemente y no es casualidad: El rol del Estado se ha hecho imprescindible, a grandes rasgos, por dos razones. Primero, por la coerción. Solo el Estado tiene la capacidad de coaccionar a los ciudadanos y generar las cuarentenas necesarias para que el virus no se siga propagando. Segundo, por el apoyo económico. Los vastos recursos con los que cuenta el Estado permiten movilizar rápidamente los medios necesarios para reactivar la economía. Acá en Chile, de hecho, hemos sido testigos de cómo desde la gigante LATAM Airlines, hasta el más pequeño de los emprendedores han pedido la asistencia financiera del gobierno. Y es que en tiempos donde las papas queman, los actores privados tienen pocos incentivos para invertir y arriesgar, y las políticas públicas generadas desde el Estado aparecen como la principal acción que permite reactivar una economía dormida por cuarentenas y cordones sanitarios. En Chile lo estamos viendo con los paquetes de liquidez que el gobierno está generando para comprar tiempo mientras se desarrolla la vacuna y las empresas puedan sobrevivir en medio de una economía paralizada a propósito. Y todavía no vemos las medidas que se vienen después de la crisis: En una situación clásica de recesión, las recetas del economista inglés John Maynard Keynes serán desempolvadas y seguramente seremos testigos de un incremento del gasto público para estimular la demanda agregada y disminuir el desempleo.

Algunos querrán asegurarse de que el crecimiento que ha experimentado el rol del Estado sea solo temporal. Pero las crisis a lo largo de la historia nos han enseñado que los Estados salen de ellas fortalecidos, con más poderes y con más responsabilidades, ¿o ustedes se imaginan a alguien manifestando post pandemia que se deberían bajar los niveles de inversión en salud pública? Yo no, o por lo menos no públicamente.

Pero ojo, el crecimiento estatal no solo será en la dirección deseada. Durante esta pandemia, también hemos sacrificado cosas, lo que puede significar una amenaza relacionada al abuso de poder, a la libertad de movimiento y a la protección de nuestros datos privados. A algunos políticos, de hecho, ya se les otorgaron poderes absolutos por tiempo indefinido en respuesta a la crisis del COVID-19, como es el caso del primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. Así es como mueren las democracias, le leí a alguien por ahí.

Me parece que es tiempo de reflexionar sobre si es que el Estado en tiempos de pandemia es el mismo que queremos para la vida cotidiana. El virus cambiará muchas cosas y somos nosotros los que tenemos el poder de decidir cuáles queremos que se mantengan y cuáles no. Sobre todo acá en Chile, estando ad portas de un proceso constituyente. La realidad es que el rol del Estado apareció y se quedará por un largo rato. Mientras tanto, les recomiendo escuchar a Pepe Mujica, más de una lección vamos a aprender. Ah, y obviamente háganlo con un mate en mano.

Arauco tiene una pena, una vez más

Comienza una nueva semana y los turbulentos tiempos que corren, que oscilan entre la esperanza y el temor, no se detienen.

A pesar de estar rodeados por cordones sanitarios y fronteras clausuradas a lo largo de todo el globo, el virus no cesa su intenso viaje y ya ha timbrado su pasaporte en, prácticamente, el planeta entero. Con casi 2 millones de personas confirmadas como casos de coronavirus, la preocupación de las autoridades se ha desviado desde China y Europa Occidental, territorios que cumplen con altos índices de desarrollo humano, hacia las regiones más pobres y desiguales del mundo: América Latina, Medio Oriente y África. Y es que pasó lo inevitable: El virus no perdonó y arribó a zonas que, como dice el Premio Nobel en Economía de 2015, Angus Deaton, en su libro El Gran Escape, no han sido capaz de “escapar” del subdesarrollo y siguen inmersas en la pobreza, las carencias y, lo más grave en el contexto actual, una salud precaria. En su libro, Deaton explica que todos los grandes procesos de progreso humano dejan también un legado de desigualdad. Naturalmente, los frutos del progreso nunca pueden verse reflejados inmediatamente para todos de igual forma, permitiéndole a ciertos actores acceder al deseado desarrollo pero dejando a otros atrás. De esta forma, todo proceso de auge económico deja siempre un doble efecto: Desarrollo y prosperidad, por un lado, y desigualdad, por el otro.

Los tremendos progresos en el área de la salud que hemos experimentado en los últimos 250 años no son la excepción al doble efecto que describe Deaton. Si bien gran parte del mundo ha sido testigo de tremendas mejoras en varios índices de salud como lo son la esperanza de vida, la mortalidad infantil o la desnutrición, existen algunas zonas marginadas del desarrollo que han experimentado casi nulos avances en los índices anteriormente descritos. De esta manera, podemos observar que mientras la esperanza de vida al nacer de las mujeres en Japón es de 86 años, la esperanza de vida al nacer de las mujeres en Zambia se reduce a la mitad y alcanza tan solo los 43 años. E inclusive podemos observar estas desigualdades dentro de un mismo país: La esperanza de vida de los aborígenes australianos es considerablemente inferior (59,4 para los hombres y 64,8 para las mujeres) que la de los australianos no aborígenes (76,6 y 82, respectivamente). Así, nace lo que la OMS llama inequidades sanitarias: Desigualdades evitables en materia de salud entre grupos de población de un mismo país, o entre países.

Por esta razón, es admisible pensar que la ruta del coronavirus por nuestro desigual planeta termine desnudando las amplias inequidades sanitarias que nos rodean. Un buen ejemplo es lo que se ve en Estados Unidos, donde las poblaciones afroamericanas y latinas se han convertido en las principales víctimas: En la ciudad de Nueva York, el epicentro de la pandemia en EEUU, hasta el 8 de abril, el 28% de las 4009 muertes por covid-19 eran personas afroamericanas y el 34% de las muertes correspondían a hispanos. En el estado de Michigan el panorama es aún más nefasto, los afroamericanos conforman solo el 14% de la población, pero acumulan el 33% de los casos reportados de covid-19 y el 41% de las muertes. Lo mismo se replica en ciudades como Chicago, Nueva Orleans o la ciudad de Milwaukee, en Wisconsin.

Y en Chile, ¿Cuál es la realidad?

Lamentablemente, nos condenan nuestras propias inequidades sanitarias.

Entre las araucarias y los copihues que abundan en la región de la Araucanía se esconde una triste realidad: La región es la que más muertes concentra por el coronavirus, alcanzando la tasa de letalidad más alta del país, y Temuco es la comuna con más casos en todo el territorio nacional.

Pero, ¿Qué explica la catastrófica situación que se vive en la región del sur del país? Seguramente todavía es muy prematuro para empezar a plantear teorías que expliquen la alta incidencia del virus en la tierra de las raíces mapuches, pero si nos basamos en El Gran Escape de Deaton, quizás podamos encontrar algunas pistas.

La Araucanía se perfila actualmente como la región que más atrás se ha quedado en el proceso de desarrollo chileno. Según la Casen 2017, la región presenta un 28,5% de población en situación de pobreza multidimensional, situándose 7,8 puntos porcentuales por sobre la media nacional y ocupando el nivel de pobreza más alto del país. Esta realidad se ve perfectamente replicada en las inequidades sanitarias de Chile, entregándonos a la Araucanía como la región líder en los peores indicadores de salud nacional. Otro punto a considerar es la situación que se vivía en el sistema hospitalario de la región, que estaba bajo el promedio nacional en camas (1,4 por mil habitantes en la región y 2,1 en el país) y ventiladores (4,6 por 100 mil habitantes en la región y 9,2 en el país) antes de que el Ministerio de Salud anunciara la compra masiva de nuevos equipos y adelantara la entrega de nuevos hospitales en Padre Las Casas y Angol.

El virus llegó a desnudar nuestras propias inequidades sanitarias y, una vez más, La Araucanía es la victima predilecta.

Se vienen las semanas más críticas de la pandemia y la humanidad enfrentará el desafío de combatir al virus en los sistemas sanitarios menos preparados del mundo para afrontar la situación. En esta fase veremos quienes son los principales afectados por el covid-19 y si es que las inequidades sanitarias se convierten o no en el mejor aliado del renombrado virus.

Bruno Odone Pasquali.

Links de interés:

https://www.who.int/social_determinants/final_report/key_concepts/es/

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52219474

https://www.senado.cl/appsenado/index.php?mo=transparencia&ac=doctoInformeAsesoria&id=1853

Las venas expuestas de América Latina

“Nunca seremos dichosos, ¡nunca!” Escribía, lleno de ira y decepción, el héroe libertador de América, Simón Bolívar, cuando le sinceraba a uno de sus más leales aliados, el General Rafael Urdaneta, su preocupación por las divisiones internas que terminarían desvaneciendo sus sueños de unir a la incipiente América Latina libre e independiente en una sola gran nación: La Gran Colombia.

Casi como un profeta, Bolívar fallecería un año después siendo testigo de la aniquilación de su proyecto político a partir de la guerra que se generó entre la Gran Colombia y su vecino Perú, y de la desintegración del territorio con las separaciones de Ecuador, Panamá y Venezuela.

Y es que el héroe libertador pretendía dejar en el olvido el cruel y sanguinario pasado con el que la región debía coexistir: Con el desembarco de los españoles durante el año 1492, América Latina había sido condenada a convivir con guerras, pestes, imposiciones religiosas y el exterminio de sus pueblos originarios.

Los datos son categóricos. En Haití, por ejemplo, país que junto a República Dominicana forman parte de la isla de La Española, el primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo, estiman que contaban con cerca de 500.000 indígenas al momento de la aparición de Colón, en tan solo 20 años se habían asesinado a 470.000 nativos y esclavizado a los 30.000 restantes, 50 años después ya no quedaba un solo aborigen para contar lo ocurrido.

Pero no bastó con devastar las islas del caribe, ¿Dónde más buscarían oro los españoles? En tierra firme latinoamericana. Así, Hernán Cortés se embarcaría hacia México y destruiría la magnífica capital del imperio azteca: Tenochtitlán, Francisco Pizarro arribó al Perú para aprovecharse de los conflictos entre Atahualpa y su hermano Huáscar y aniquilar el glorioso imperio inca, Vasco Núñez de Balboa a punta de pólvora y espadas logró encontrar la primera ruta hacia el océano pacifico y Pedro de Valdivia, usando las mismas estrategias, cruzó el desierto de Atacama y llegó hasta Chile. De esta forma, comenzaría un largo suplicio en Latinoamérica que Bolívar soñaba con dar por terminado.

Hoy en día, la región vive una realidad diametralmente distinta a la descrita anteriormente. Pero se avecina una nueva amenaza que, al igual que la masacre conquistadora y la desintegración de la Gran Colombia, pareciera reavivar la frase de Simón Bolívar.

La pandemia del coronavirus aterriza en un territorio que se perfila como uno de los más expuestas del mundo a la enfermedad por dos grandes razones: Los bajos niveles de inversión en salud pública y el negacionismo que predomina en los líderes políticos de Brasil y México, los dos países más populosos de América Latina. Pero, ¿Qué tan baja es la inversión en salud pública de la región?

La gran mayoría de los países latinoamericanos declaran la salud como un derecho social garantizado por la constitución. Las constituciones de Brasil y de Venezuela, por ejemplo, la proclaman explícitamente como un “derecho de todos y un deber del Estado”. Sin embargo, cuando analizamos la proporción del PIB que estos países le asignan actualmente a la salud pública, nos podemos percatar de lo lejos que están de otras naciones: Según el Instituto de Estudios para Políticas de Salud (IEPS), México destina el 3% de su PIB a la salud pública y Venezuela tan solo el 1,7%, mientras que el promedio en los países OCDE es de casi 7%. Pero no es todo, si tomamos la inversión total en salud (pública y privada) por habitante, nos llevaremos otra triste sorpresa: La región es una de las que menos invierte en salud con 949 dólares per cápita (casi 4 veces menos que los países miembros de la OCDE e incluso menor a Medio Oriente y el norte de África).

La inversión en salud se identifica como uno de los factores claves que componen el capital humano. Desde la economía, el capital humano es un término que usualmente se utiliza en teorías de crecimiento para conceptualizar los elementos (principalmente educación y salud) que definen las capacidades y habilidades que hacen económicamente productivas y competentes a las personas. Es por esta razón que la inversión en salud no es algo trivial y cumple un rol clave en una región bastante desigual, donde sus habitantes más vulnerables están más expuestos a shocks de salud que les impiden formar parte del mercado laboral formal.

Si a todo esto le agregamos líderes políticos que se niegan a creer en los efectos de la pandemia o simplemente rechazan priorizar cuarentenas estrictas para no incurrir en costos económicos, el panorama se ve realmente escalofriante.

Esperemos que la región sea capaz de tomar las medidas pertinentes y que el crudo invierno que se acerca en el hemisferio sur sea más generoso de lo que nos mostraba la serie Game of Thrones. Lo que parece inevitable es que en la América Latina post coronavirus la inversión en capital humano por fin comience a tomarse en serio para poder, de una vez por todas, asegurar a los latinoamericanos frente a los múltiples shocks de salud a los que se exponen día a día debido a la eterna desigualdad y a la profunda pobreza que caracterizan a nuestra sufrida tierra.

Quizás, de esta forma, podamos acercarnos un poquito más a los sueños de Bolívar y ser algo más dichosos.

Bruno Odone Pasquali

Links de interés:

https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-51916767

https://www.nytimes.com/es/2020/03/19/espanol/opinion/coronavirus-america-latina-gobiernos.html

https://ieps.org.br/wp-content/uploads/2019/11/Garantindo-o-Futuro-da-Sau%CC%81de-no-Brasil.pdf