Medianoche en Madrid: La “superliga” europea

Por Bruno Odone Pasquali

Las noches en Madrid solían ser testigo de una ciudad vibrante y vital que como toda capital europea era reacia al descanso. Difícil era encontrar una mísera esquina en donde reinara la quietud y el reposo. Pero como casi todo durante el último año, la ciudad cambió.

La luna madrileña empezó a conocer de calles desérticas, bares mudos y estadios vacíos. Digo estadios porque Madrid es famosa por acoger a uno de los equipos de fútbol más poderosos del mundo: el Real Madrid. Precisamente fue este equipo el culpable de romper la racha de noches tranquilas a las que la capital española se había malacostumbrado. Ni el toque de queda al que Madrid está amarrado actualmente fue capaz de detener la inquietud que se generó la medianoche del domingo pasado cuando se supo de la creación de la “superliga europea”.

Fue desde el mismísimo estadio Santiago Bernabéu, casa del Real Madrid, donde se comenzó a divulgar la noticia de que los 12 clubes más grandes y poderosos del viejo continente habían decidido crear su propia competencia. Un torneo cerrado y elitista que movería miles de millones de euros y que provocó la rápida reacción de la UEFA, confederación europea de la FIFA y máximo ente del fútbol en aquel continente, por el efecto negativo que tendría en la histórica Champions League.

Europa se despertaba con la novedad y muchos comenzaron a catalogar el hecho como un “golpe de estado”. Y claro, no podía ser coincidencia que Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y máximo defensor de la cuestionada nueva competencia, haya elegido la oscuridad y quietud de la medianoche madrileña para hacer pública la noticia. Pero ¿por qué está siendo tan cuestionada la idea de Florentino?

Hay dos grandes críticas hacia el novedoso proyecto: la crítica deportiva y la económica.

Por un lado, el hecho de reservar un campeonato para los mismos 12 equipos más grandes de Europa es un perjuicio directo hacia el motivo de existencia de cualquier deporte: la búsqueda de la gesta deportiva, de la hazaña histórica, del héroe o heroína que es capaz de ganarle al más poderoso, un David capaz de vencer a Goliat. Guste o no, los hitos deportivos nacen de este tipo de proezas, sino pregunten en Europa sobre el Nápoles de Maradona, en América Latina sobre el Maracanazo, en Estados Unidos sobre el histórico combate entre Mike Tyson y Buster Douglas, en Australia sobre la medalla de oro de Steven Bradbury en los Juegos Olímpicos de 2002, o acá en Chile sobre la famosa frase “en la vida nada es imposible, hueón. Ni una hueá” de nuestro Nico Massú. El mundo entero está en busca de la hazaña.

La marginación de los equipos más débiles de la competencia internacional los deja sin sueños deportivos y asegura una injusta perpetuidad de los equipos más poderosos en la máxima competencia europea, sin respetar la relación entre esfuerzo y premio que cualquier deporte debe asegurar.

Por el lado económico, la “superliga europea” funciona como lo que desde la economía se conoce como una barrera de entrada, es decir, obstáculos que tienen como objetivo dificultar o impedir que nuevos competidores participen en una industria. Así es como se sustentan las estructuras monopólicas u oligopólicas que concentran el poder de mercado en solo unos pocos, permitiendo que las brechas de desigualdad aumenten y se perpetúen.

Pero no nos engañemos, si los equipos más poderosos se permitieron este lujo es porque nosotros se los permitimos. Cuando las regulaciones permiten utilizar la lógica del libre mercado en industrias que no funcionan bajo esa naturaleza se originan este tipo de paradojas: un club deportivo, que debiese tener un deseo intenso y permanente por competir, buscando limitar la competencia.

Y acá en Chile no estamos ajenos a este fenómeno. Es cosa de ver la concentración de mercado que existe en industrias como las farmacias, supermercados o hasta el papel tissue (ahora pareciera que habrá que sumar a las empresas de gas licuado), permitiéndose aumentar precios o limitar la cantidad de productos que se ofrecen. Incluso nuestro fútbol criollo fue victima de estas barreras de entrada, cuando desde la ANFP se le obligó a los clubes de Segunda División pagar una cuota millonaria para ascender a Primera B o cuando se limitaron los cupos de ascenso, todo con la finalidad de dejar el fútbol profesional en manos de unos pocos.

Florentino, y todos los defensores de la meritocracia y la ley del chorreo, deben entender que se les vendrá la noche si es que no son capaces de compartir los beneficios del capitalismo, combatir los monopolios y fomentar la competencia. No hay nada más perjudicial para el sistema que las estructuras monopólicas, y no lo digo yo, lo dice el padre del liberalismo económico, Adam Smith, quien en su libro La riqueza de las naciones esbozó grandes críticas al gran monopolio de su época, la East India British Company, y detalló que los monopolios encarecen los bienes y servicios, y eclipsan el desarrollo de un país.

Todo indica que la “superliga europea” terminará acostándose temprano, pero los sueños de Florentino Peréz no se oscurecerán tan fácil y seguramente seguirán buscando una nueva medianoche madrileña para hacerse realidad.

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