Cultura de corrupción, cultura de protestas

Por Rocío Leiva Mora

Uno podría suponer que con una pandemia mundial las personas evitarían a toda costa los eventos masivos o situaciones con riesgo de contagio. Pero muy a pesar de ello, y para sorpresa de algunos, hemos sido testigos de una serie de protestas con disturbios en Latinoamérica, en países como Chile, Perú y Guatemala, entre otros; un síntoma de descontento que, aunque por motivos aparentemente distintos, tiene como factor común un malestar hacia el gobierno por motivos de corrupción y/o desigualdades sociales. Descontento que, fundamentado o no, se alimenta de las grandes y pequeñas expresiones de corrupción en gobiernos que tal vez, cegados por el poder, ignoran que sus dichos y actos no son gratuitos. Una clase política que creció en medio de una cultura de corrupción puede que hoy esté dando a luz una cultura de protestas que, de forma explícita o implícita, fundada o infundada, busca tomar la justicia bajo métodos cuestionables.

Sin en afán de ahondar en los motivos que llevan a los disturbios, ni en la legitimidad de ellos, parece ser que es un fenómeno que se quedará por un tiempo (al menos hasta que se establezca un nuevo estatus quo), porque, a pesar de que se rechace la violencia, existe la sensación de que es un mecanismo que da resultados. Parece ser que estamos viviendo una transición cultural donde los gobiernos para poder sobrevivir deberán comenzar a considerar la presión social como una variable aún más relevante, atendiendo así a sus demandas, con lo positivo o negativo que ello pueda implicar. Porque si bien, todos deseamos gobiernos menos corruptos, la corrupción sabe cómo sobrevivir, y uno de los riegos de tener un contexto así, es el surgimiento de líderes populistas. Y no se debe pensar que el líder populista ha de surgir solo de un sector político en particular, sino que izquierda, derecha o centro son susceptibles a ello porque el poder es susceptible a ello.

Así, mi preocupación es que, si esta cultura de protestas se establece, alimentada por una cultura de acusación (y “cancelación”) cuyo hábitat natural son las redes sociales, pueda dar a luz en el mediano plazo un nuevo estatus quo de paz superficial y populismo bien elaborado; un populismo que sea comprado por los diversos sectores políticos. Porque como hemos visto, el malestar social no es propio de izquierda o derecha (evidencia de esto es la convocatoria que tuvo el “apruebo”), y, aunque el hábito de la acusación no es exento de sesgo ideológico, como tal, parece ser cada vez más transversal entre individuos.

Ante esta situación, es necesario no solo estar consciente de los sesgos ideológicos propios con tal de ser lo más objetivos posibles al momento de juzgar, sino que la población se eduque en reconocer las manifestaciones del populismo y las características de quienes lo encarnan.

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