Cuidar la democracia

Por Rocío Leiva Mora

Existe un amplio y difícilmente cuestionable consenso de que la democracia es el mejor sistema político que el ser humano ha creado hasta nuestros días. Un sistema que, aunque no inherente a la naturaleza humana, vale la pena cuidar y proteger por sus beneficios al desarrollo humano.

Vale la pena destacar que esta forma de gobierno es un producto elaborado el pensamiento humano y no producto espontáneo de su naturaleza. El ser humano puede ser tanto colaborativo como egoísta y, pocas cosas hay que aporten a la colaboración como los incentivos individuales. Por ello, la democracia es un bien susceptible a la desvirtuación cuando lo que queda es solo el nombre, pero se corrompe la esencia y, al ser los procesos democráticos procesos donde el humano es protagonista, este mismo humano que saca provecho de la democracia, podría llegar a corromperla.

Por ello, la democracia es en esencia frágil cuando confiamos en la mera buena voluntad de los individuos y descuidamos las estructuras e instituciones destinadas a resguardar lo democrático.

Para bien o para mal, Estados Unidos es relevante a nivel mundial, ni los individuos ni las economías son indiferentes a lo que ocurre con la democracia de este país y, su influencia en países como por ejemplo los latinoamericanos, es tanto explícita como implícita. El presidente electo democráticamente en las elecciones pasadas hoy reclama fraude electoral y surge nuevamente la cuestión de proteger la democracia. Una cosa es clara, un fraude electoral es un atentado contra la democracia, pero ¿es un atentado contra la democracia que se acuse de fraude electoral? Si no hay evidencias para ello, sí; pero de existir evidencia, sería un acto de protección a la democracia. Entonces el mero hecho de acusar fraude electoral no debe ser criticado per se, si no la acusación sin pruebas. Y la existencia de pruebas es lo que diferenciará un atentado contra la democracia de un acto de protección a esta.

Es prudente que se cuide en extremo la forma en que se comunica una sospecha de fraude sin antes contar con evidencias que le respalden (sobre todo en la era de las fake news); pero también es prudente no ocultar la posibilidad de que ello ocurra, como si fuera un asunto tabú. Proteger la democracia en estos contextos debe ser mirar estos eventos con objetividad, dejando de lado los sesgos políticos y el carisma (o falta de carisma) de quien los protagonice. La confianza en la democracia no debe ser una fe ciega, como si los procesos políticos fueran divinos e infalibles, pero sí es razonable confiar en la trayectoria de dichos procesos y en las instituciones que gozan de buena reputación, a menos que se evidencia lo contrario.

Si bien pienso que es poco probable que exista fraude electoral en este caso, el hecho de que algo sea poco probable no significa que sea imposible; y estos asuntos deberían ser tratados con la seriedad que ameritan, esperando a que las instituciones competentes los evalúen a la luz de las evidencias. Evaluar estos asuntos con objetividad colaborará en no dividir más a una sociedad cada vez más polarizada.

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