La gente no es tonta

Por Matías Acuña Núñez

El domingo 25 de octubre de 2020 será recordado por mucho tiempo como un día histórico para la república, y para el mundo.

Lo que ocurrió no es menor. Y es que el resultado del plebiscito se erige como una salida institucional a la crisis que veníamos viviendo desde hace un año, y nos recuerda que los problemas políticos se solucionan precisamente con política. Habló la democracia. Habló el pueblo de Chile.

Sin embargo, el período previo de campaña electoral de cierto sector político brilló por su bajeza.

La campaña del rechazo reflejó los aspectos más deplorables -y no digo que todos lo sean- de la derecha. (Con campaña hago alusión no sólo a la franja televisiva, también a la propaganda y al discurso de sus adherentes). Buscó difundir una serie de imágenes y mensajes oportunistas, tales como la idea de vincular directamente al Apruebo con el tema de la violencia; o, en este mismo sentido, apelar al miedo con eso de Chilezuela.

Hubo mensajes algo ridículos, como el “en esta franja usted no verá políticos”, que fue exhibido por un partido de ese lado del espectro, en un intento por desvincularse de su rol como partido político no siendo otra cosa que un partido político. Nada más que populismo en su máxima expresión.

Eslóganes como “rechazar para reformar” resultaron a ojos de todos un tanto inverosímiles -por decir lo menos- cuando revisamos el expediente de proyectos que han sido frenados y rechazados -miren que paradójico- por ellos mismos.

Y de lo inverosímil pasaron, impresentablemente, a lo falso, cuando mostraron el secuestro de un sacerdote -parte de una secuencia artística- como si fuese un suceso de violencia en medio de las manifestaciones.

Esto último hubiese sido lo más grave si no fuera por la absoluta falta de respeto y el descaro que significó utilizar “el derecho de vivir en paz” de Víctor Jara -hombre torturado y asesinado por la dictadura que algunos integrantes de aquel conglomerado defienden- en su franja televisiva que, por cierto, también fue el emblema de la protesta social de octubre.

Estos elementos nos hablan un poco del concepto de sociedad civil que tienen en ese sector político. Nos inducen a interpretar que la idea que por allí ronda es la de una población incapaz de darse cuenta de que están intentando influir en su elección no mediante un legítimo argumento sino despertando su miedo y reforzando sus incertezas.

Lo que yace justo en el corazón de esa premisa es, pienso, la percepción de que los ciudadanos y las ciudadanas son, también, incapaces de ejercer su rol de sujetos cívicos para tomar parte de la deliberación para la autodeterminación colectiva. Es finalmente una suerte de subestimación y escepticismo de la propia autonomía del individuo. Esto, naturalmente, resuelve en una enraizada desconfianza en la democracia misma.

La toma de decisiones y la distribución del poder en Chile sin duda se ha visto influida por ello, lo que en nuestros tiempos se lee como una incompatibilidad con la época que vivimos como sociedad. El incremento en los niveles de educación que ha experimentado nuestro país en las últimas décadas viene de la mano de una madurez social, un inconformismo y visión crítica del entorno que se habita y sobre las instituciones que lo rigen. Eso explica, por lo menos una parte, del conflicto social de octubre, y hace necesario, a la vez, que en el proceso constituyente se planteen mecanismos de participación política más directos.

Entonces, sí, podrán asediar a la población con su ola de proclamas y spots propagandísticos con los que, por ejemplo, invadieron YouTube durante estos meses (y aquí no busco hacer un juicio moral respecto de que si es correcto o no permitir la gran brecha de aportes económicos entre ambas campañas; ni tampoco digo que haber votado rechazo sea algo inmoral; sólo constato los hechos). Pero no olviden que la gente no es tonta. Y tiene memoria.

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