A un año

Por Rocío Leiva Mora

Recuerdo que estaba en la universidad el miércoles 16 de octubre del año pasado cuando, mientras estudiábamos para una prueba con un grupo de compañeros, vi en mis redes sociales que la ministra de trasporte se pronunciaba respecto las evasiones masivas del metro por parte de los estudiantes. Recuerdo que su respuesta me llamó profundamente la atención y me preocupó; me parecía que la ministra no se tomaba la molestia de intentar comprender las razones que motivaban a los estudiantes a protestar de esta manera, es más, en vez de atender el asunto, su énfasis estuvo en que quienes evadían eran fácilmente identificables y podrían ser sancionados quitándoseles el beneficio de la TNE (tarjeta nacional estudiantil). Probablemente ella pensó (al igual que otros), que se trataba de un asunto menor, algo sin importancia que se diluiría en el tiempo; probablemente fue solo un inconveniente más en su agenda diaria.

Los estudiantes secundarios ya llevaban toda la semana evadiendo el pasaje del metro como protesta a un alza en su precio, pero no se hablaba mucho de ello; personalmente pensé que sería un asunto que se resolvería rápido, donde alguna de las partes cedería, ya sea bajándose el pecio del pasaje o con los estudiantes cesando la evasión; pensaba ingenuamente que ocurriría la primera opción. No le presté demasiada atención al asunto hasta ese miércoles 16, ese día quedó evidenciado que las autoridades no tenían interés en atender lo que ocurría, no había ninguna señal de buscar una solución razonable o de dialogar; en ese momento solo podía vislumbrar que el problema crecería como una bola de nieve, pero imposible era imaginar hasta donde llegarían las consecuencias de este error clave por parte de las autoridades. En cierta forma existió una “ventana” de oportunidad para solucionar el asunto de manera rápida, pero en vez de aprovecharla, la autoridad pertinente se mostró implacable.

Ha pasado más de un año y me cuestiono si el actual gobierno comprenderá que fueron sus propios errores, errores de sus ministros (no solo de la ministra Hutt) los que propiciaron y colaboraron con la violencia que tanto lamentan. Me pregunto si notarán que fue su propio mal manejo, la desconexión de sus autoridades, sus “comentarios desafortunados” y su indiferencia a las demandas sociales legítimas lo que abrió las puertas de par en par al debilitamiento del gobierno mismo; de alguna forma, colaboraron una y otra vez con su propia deslegitimación. Fueron sus propios dichos la gota que rebalsó el vaso; dichos y acciones que, en vez de cooperar con frenar la violencia en las calles, la provocaban aún más, hasta el punto en que esa violencia que sorprendía hace un año se ve cada vez más como algo natural.

Gobernar sin duda debe ser todo un arte: responder a las distintas lealtades, mantener contenta a la ciudadanía para contar con sus votos en las próximas elecciones, sumando a ello el amor al poder y la necesidad de mantener una reputación, entre mil cosas más. En un mundo donde los favores se intercambian como monedas no debe ser sencillo responder a todos. No es de sorprender que resolver los problemas de fondo de la ciudadanía no esté entre los primeros lugares en la lista de prioridades y que los incentivos estén más bien en mostrar resultados de corto plazo, enmarcados en los cuatro años que dura un mandato presidencial. Es necesario asumir el hecho de que cada uno, sin importar bando político, tiene sus propios intereses y agenda personal y, que estos no necesariamente coinciden con los intereses del país.

A esto mismo se debe la importancia de buscar los mecanismos institucionales apropiados para avanzar en alinear los incentivos de los gobiernos con las necesidades reales de la ciudadanía, necesidades que muchas veces no requieren de resultados vistosos y de corto plazo, sino de un trabajo pausado, prolongado, que no hace ruido, con resultados a veces de largo o mediano plazo, pero que atiende a los problemas de fondo. El desafío es buscar las herramientas para que se logre un equilibrio de horizontes, donde los gobiernos de turno no solo tengan incentivos a mirar a corto plazo, sino también a colaborar con resultados visibles a largo plazo.

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