De tolerancia y esas cosas

Por Pablo Salvatierra

Sin duda el último año de Chile ha sido tremendamente intenso. A poco de cumplir un año del “estallido social” y una pandemia que azota al mundo entero, ambos acontecimientos tienen un elemento en común: han desnudado –para bien o para mal, según cómo se le mire– el Chile en el que vivimos. Así, aspectos como la política, salud, el modelo económico o la desigualdad, han exacerbado la discusión en la sociedad.

Más allá del debate propiamente tal, una de las cosas que me ha llamado profundamente la atención es el nivel de violencia, descalificaciones y el carácter inquisidor con que se juzga a quien piensa distinto por parte de algunas personas. “El facho pobre defiende intereses que no le corresponde”; “si el zurdo entendiera economía no sería zurdo”, son algunas frases con las que me he encontrado en RR.SS. producto de acaloradas discusiones, como por ejemplo, el retiro del 10% de las AFP o el debate constitucional de cara al plebiscito del 25 de octubre.

Dentro de mi carrera universitaria, en el ramo “ética de las comunicaciones” (con una excelente profesora, es menester mencionarlo) revisamos los aspectos más importantes de la libertad de expresión, cuyo fin último es la búsqueda de la verdad. Para ello, resulta clave el debate, la contraposición de ideas, el respeto y la tolerancia. Es por esto que limitar a alguien a no opinar por pensar distinto puede devenir en dos cosas: se puede silenciar una opinión que conduce a la verdad; y la segunda, si la opinión contiene juicios errados, dentro de ella también puede tener porciones de verdad que complementan esta búsqueda. Por lo tanto, el intercambio de ideas resulta fundamental para una sociedad libre y democrática.

Sin ir más lejos, hace un par de meses varios intelectuales –entre ellos J.K. Rowling y Noam Chomsky– firmaron una carta llamada “A Letter on Justice and Open Debate” (“Una carta sobre la justicia y debate abierto”), donde se menciona este ambiente de hostilidad a la hora de mostrar una postura diferente a la de la mayoría:  “esta atmósfera sofocante dañará en última instancia a las causas más vitales de nuestro tiempo. La restricción del debate, […] invariablemente perjudica a quienes carecen de poder y hace que todos sean menos capaces de participar democráticamente […] La forma de derrotar las malas ideas es mediante la exposición, la discusión y la persuasión, no tratando de silenciarlas o desearlas”.

Un punto en el que quiero hacer hincapié, es en no confundir la defensa de la libertad de expresión con admitir cualquier tipo de juicio. De este forma, insultos, incitación al odio, discriminación de cualquier tipo o ataques personales, no hacen más que ensuciar el espíritu de diálogo, elemento vital para formular acuerdos.

Estamos ante un proceso histórico. Nunca antes se le había preguntado a la ciudadanía si desea o no un cambio a la Carta Fundamental, por ello, resulta clave que el intercambio de ideas se dé en el marco del respeto, con argumentos sólidos y por supuesto, informados. Solo así se podrá elevar el nivel del debate y fortalecer la democracia, esa misma que en este mes, pero hace 32 años, les toco a los chilenos decidirla a través de las urnas.  

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