Los buenos y los viejos

Por Daniel Pacheco Henríquez

Existe relativo consenso en que los aspectos que han puesto en jaque nuestro tejido social obedecen a una dinámica multifactorial. Concentración del poder político, mala distribución del ingreso, desconexión entre élites y capas medias/bajas, sistema de salud deficiente, cultura patriarcal, modelo de desarrollo poco amigable con el medio ambiente, y un etcétera que dependiendo de lente, bien podría extenderse al infinito.

No obstante, lo que no ha sido muy tratado por la opinión pública, es todo lo que concierne a cómo se relacionan las distintas generaciones en el Chile actual a la luz de sus propias experiencias de vida. Porque si atendemos a los hechos desencadenados en el último octubre nacional, es posible identificar que varias expresiones convergían a una evidente resistencia a todo tipo de autoridad. Manifestaciones impulsadas en gran medida por jóvenes, en donde en muchos casos se invitaba –pienso en los influencers del momento– a poner lápida a la “adultocracia”.

Esta atmósfera dejó al descubierto, otro esbozo de polarización. Aquél referido a la idea de estar en presencia, por una parte, por jóvenes consecuentes, y por otro lado, los viejos traidores. No es muy dificil percatarse, sobre la gran dificultad que presenta el hecho que las diversas generaciones se encuentren y dialoguen en nuestro país. Este es, según mi interpretación, uno de los grandes problemas del Chile contemporáneo.

Ahora, es interesante intentar dilucidar, qué es lo que ha contribuído a desarrollar esta puesta en escena. Sin lugar a dudas, un factor preponderante es que, con el retorno a la democracia, no se habló tanto de política en los hogares chilenos. Lo más sencillo sería apuntar a nuestros padres por cometer ese craso error. Pero poniendo en contexto sus trayectorias vitales, podríamos estar de acuerdo en que fue una respuesta natural de una generación que creció totalmente traumatizada, transitando entre el miedo y la incertidumbre. ¡En esta casa no se habla de política!, célebre frase de la serie “Los 80”, que se reprodujo en tantas mesas de nuestro país.

Y parece que tampoco era tan necesario hablar de política, sobretodo cuando instalamos en la discusión, cuáles fueron las dinámicas propias de los 90`. En términos globales, Fukuyama nos señalaba que habíamos llegado al “Fin de la historia”. Con la caída del campo socialista, permeó la idea generalizada de que no había otro sistema económico que el capitalista y que la organización política debía ser en torno a democracias liberales. Hasta acá llegamos, fin de la obra. Con esta influencia y la propia realidad del país, es posible reconocer que las grandes preocupaciones de los padres chilenos en aquella época, eran más bien, de corte económico. Cómo garantizar el bienestar material de sus hijos, poniendo en perspectiva que para el año 90`, las encuestas de carácter socioeconómico daban cuenta que aproximadamente, la mitad de los chilenos vivía bajo la línea de la pobreza. En definitiva, que no vivan la miseria que experimentaron ellos y los que les antecedieron.

Dicho esto, es probable que sí se hayan equivocado en dejar al margen la conversación y la importancia de los temas públicos,  que hubieron cosas que se pudieron haber hecho de mejor forma, pero tratarlos de traidores y obsoletos, y por consiguiente, dejarlos fuera de los acontecimientos recientes, me parece un despropósito.

Quienes nacimos en los 90` y los 2000, debemos entender que, crecimos en el período más tranquilo en 200 años de historia política republicana. No hace falta hacer una revisión tan exhaustiva para corroborar este hecho. Pero por otro lado, vale recordar al gran Jorge Millas, cuando en sus ensayos expresaba la falacia en torno a la creencia de que nosotros –por ser jóvenes– pertenecemos al porvenir, y que este mundo cargado de imperfecciones y pesares, no es el nuestro, en cuanto no somos responsables de lo que es. Es decir, la idea de la juventud no culpable está poniendo frívola, indolente y soberbia a las nuevas generaciones.

No puedo encontrar más razón a un destacado analista nacional cuando se refería a que cincuentones y sesentones crecieron temiéndoles a sus padres, y que ahora también le temen a sus hijos. ¿Qué es esto?

Como jóvenes tenemos mucho que aportar en la construcción del país que anhelamos. Nos relacionamos de otra manera, caminamos por el mundo de la teconología y la innovación, aspectos que serán cada vez más importantes en el desarrollo de las naciones, entre muchas otras virtudes. Pero no por esto, se va a dejar a un lado, las experiencias de otras generaciones. Nos hace falta conversar, entender nuestros miedos y motivaciones, comentar nuestros aciertos y errores, obtener lecciones. ¿Cuántos le habrán preguntado a sus padres, abuelos y tíos, cómo vivieron hace exactos 32 años el triunfo de la opción “NO”?

Confío en que, en otro octubre especial para el país, sí tengamos la convicción y la oportunidad de escucharnos.

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