La patria de todos y todas

Por Matías Acuña Núñez

Cuando ya ha pasado una semana de la celebración de fiestas patrias es inevitable para mí realizar una reflexión producto del escenario que vivimos y que se nos viene.

Es un hecho que lo que comúnmente se entiende por “patria” genera poca simpatía en un sector importante de la sociedad, lo cual es entendible, desde mi punto de vista, cuando observamos que este concepto ha sido asociado históricamente a un sector político en particular. No es novedad que asociaciones de extrema derecha como Patria y Libertad o el Partido Republicano han hecho uso de los símbolos patrios y los han consagrado como parte de su propia identidad política. Tampoco es novedad que muchas veces este tipo de posturas, esto es, las nacionalistas, han estado enlazadas con conductas que relativizan y no respetan necesariamente la dignidad humana, tales como el racismo, la xenofobia, la homofobia o el machismo. Los nazis y los fascistas son, de hecho, versiones exacerbadas de los nacionalistas.

Sin embargo, creo importante hacer una distinción, primeramente, conceptual. La patria o, si se quiere, la nación, puede ser entendida desde dos dimensiones: una excluyente y una inclusiva. La primera supone una idea de nación autoritaria, que antepone el principio del orden por sobre todo. Esto tiene efectos en la preservación del orden social (en desmedro, muchas veces, del progreso social) y el gran énfasis que se brinda al mantenimiento del orden público. A mi entender, esta concepción es la que ilustra más certeramente la idea de “patria” de los sectores políticos de extrema derecha mencionadas en el párrafo anterior y que causan tanto resquemor en buena parte de la población.

Afortunadamente esta no es la única visión de “patria” que existe. Al menos no conceptualmente hablando. Como adelantaba más arriba, también existe la denominada “nación inclusiva”, la cual persigue el progreso social e, irrestrictamente, la democracia y sus valores.

De esto es posible concluir que no es correcto afirmar que “la patria” le pertenece a un sector político.

Pero otra cosa es con guitarra: podríamos señalar que, en la práctica, efectivamente una forma de nación predomina por sobre la otra. Desde un punto de vista que suscribo, en el corazón del estallido social de octubre yace la idea de que la patria de la que somos hijos no nos abraza a todos y a todas como iguales. Hay ciudadanos que no sólo son más privilegiados que otros, sino que pareciera ser que, a todas luces, son más importantes. De ahí que surja un resentimiento tan grande hacia un Chile que se concibe como injusto e indigno. Desde esta óptica, las instituciones en nuestro país -el “sistema”- tendría más que ver con la concepción excluyente, que con la inclusiva.

Este análisis también se puede aplicar al conflicto en La Araucanía. Probablemente el pueblo mapuche sea la expresión máxima de los problemas que surgen del concepto de nación, y particularmente de los que trae consigo el vivir en una nación excluyente que no reconoce a todos los ciudadanos como iguales. Basta sólo leer un poco de historia para notar que los mapuches han sido excluidos del bienestar en el aspecto cívico, cultural y económico, y de la participación política a lo largo de la historia y hasta el día de hoy.

En un momento en que estamos ad portas de discutir las bases de nuestro nuevo pacto social sería interesante hacernos cargo de estos temas. Para ello, la concepción de nación inclusiva pareciese tener algunas claves, la cual asocio a la tradición política de “patriotismo constitucional” (el sociólogo Daniel Chernilo tiene una columna homónima muy interesante al respecto), que plantea primordialmente 3 principios: un compromiso irrestricto del Estado con los derechos humanos de todos quienes residen en el país, derechos sociales garantizados universalmente que permitan el desarrollo de una vida digna, y promoción de las libertades individuales con sujeción a la igualdad ante la ley1.

Si bien es cierto que hay que bajar las expectativas en torno al resultado del proceso constitucional, ya que probablemente no será la cura a todos los dramas que existen en la realidad chilena, también es cierto que este resultado, sí puede tener efectos prácticos y reformular las reglas del juego, si es que se dan las condiciones.

Y más aún, el sólo hecho tener la posibilidad de sentarse a conversar sobre lo que nos aqueja y sobre cómo podemos formular un proyecto que lo enmiende y cimiente el marco institucional que nos regirá para las próximas décadas, es muy valioso en sí mismo. Es una demostración extraordinaria de soberanía popular, de ciudadanía y de libertad. Porque no hay pueblo más libre que el que decide, en conjunto, su propio destino. Ese, propongo, es el patriotismo que debemos defender, porque no hay nada menos patriota que las decisiones las tomen unos pocos.

Es cierto que nuestra patria no va cambiar lo que fue; las aberraciones de nuestro pasado están ahí, y por eso es que es tan importante la memoria. Pero el proceso constituyente se instala como una ocasión invaluable para determinar lo que queremos que sea. Tengo esperanza de que será un hito de sanación y de reencuentro con la patria que alguna vez quisimos. O el momento de hacerlo por primera vez. Y es que después de todo, como Víctor Jara sostuvo alguna vez: también existe el amor a la patria.

1 Chernilo, Daniel. 2019. Columna “Patriotismo Constitucional”. https://comentarista.emol.com/1707474/10237521/Daniel-Chernilo.html

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