Democracia, una discusión necesaria

Por Marco Bravo Gatica

Con el panorama electoral ya instalado en la agenda política y la mayoría de los grupos ubicados en las distintas alternativas, pareciera ser que la primera elección que abre el camino constitucional ya está decidida. Tanto así que muchos de los bandos ya empezaron la batalla por posicionar a sus constituyentes, del mismo modo que muchas figuras ya hablan de su nueva constitución predilecta, entre aquellas, la del mismísimo presidente de la república. Si será o no una constitución socialdemócrata, si los derechos sociales se instalan con fuerza, si se dará mayor reconocimiento a los pueblos indígenas, entre muchas otras, son las cuestiones que comienzan a sonar de cara al contenido de una nueva CPR.

Uno de los temas relacionados que hemos visto aparecer en debates, quizás más especializados, es la cuestión de la participación y representación en nuestra democracia. Desde la Antigua Grecia hasta hoy, la versión de la democracia y su estatus en la sociedad ha sido pensada y discutida por diversos intelectuales. Para los mismos griegos, la concepción de los ciudadanos -una muy pequeña porción de la población podía llevar ese “título”- como animales políticos los hacía partícipes totales y constantes de las asambleas, tratando desde cuestiones nimias hasta las más fundamentales. En ese momento lo que vimos fue la expresión de lo que hoy se suele llamar “democracia directa”. Por mucho tiempo denostada, la palabra democracia fue vista con desconfianza durante mucho tiempo, principalmente por la percepción de que una gran parte del pueblo no fuese capaz de cargar con la responsabilidad de decidir sus propios destinos.

Así las cosas, en el siglo XIX el sistema de gobierno antes mencionado retomó su vigor y vimos algunas naciones pasar de la monarquía a la democracia. Pero con este regreso entró en escena un nuevo debate, uno al que, con grandes matices, podría retornar en nuestra conversación constituyente, el de decidir entre democracia directa y una democracia representativa. En la Francia del XVIII, Jean Jacques Rousseau, un influyente filósofo suizo de la época, reivindicó la idea griega en una especie de democracia “semidirecta” donde la legislación quedaría a cargo del pueblo y el ejecutivo sería comandado por magistrados electos. Esa sería la libertad. Al poco tiempo de estos planteamientos, respondió un filósofo menos conocido en los días que corren pero que bien podríamos decir que sus ideas se nos presentan con mayor fuerza en nuestras democracias actuales, Benjamin Constant. Este último señalaba, en pocas palabras, que la democracia antigua reivindicada por Rousseau no se ajustaba a los tiempos modernos -aquellos del capitalismo y los grandes estados-nación- en que la gente valora mucho más su disfrute privado, y atribuyendo a ese goce la “verdadera” libertad (moderna).

Hoy nos encontramos en una encrucijada, guardando las proporciones, similar, dado que al interior del pueblo existe una gran desconfianza hacia aquellos que dicen representarlos, lo que se puede ver en el hecho de que la “popularidad” de todos los partidos políticos y los legisladores está por los suelos, además, los mecanismos de participación democráticos parecieran estar agotados, algo que nos viene a la mente al ver la baja participación en las urnas y algunos sucesos de violencia. La posibilidad de dar mayores espacios de participación está sobre la mesa y los costos asociados también. Con más preguntas que respuestas, parecen resonar el “¿Cómo conectamos a la “clase política” con la ciudadanía? o “¿Cómo mejoramos la confianza y la legitimidad de nuestra clase dirigente?”, dudas que se requieren ir resolviendo con el fin de recuperar una especie de estabilidad en nuestro país y considerando que el camino constituyente nos da la oportunidad de trabajar el tema tanto como una terapia y como un diálogo hacia una especie de soluciones o mejoras.

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