El plebiscito y la legitimidad

Por Marco Bravo Gatica

Comenzó la campaña para el plebiscito del 25 de octubre y con eso el movimiento de piezas a su alrededor. Principalmente a través de las redes, los distintos movimientos y partidos marchan con sus banderas, fervientes en apoyo a las dos grandes opciones.

El plebiscito venidero probablemente marcará un nuevo hito en nuestra historia política, de manera similar, guardando las proporciones, a lo ocurrido en la elección del año 1988. No es un gran misterio que la repercusión de esta última delineó gran parte de las futuras elecciones hasta 2010, año en que la derecha logró volver al poder (con una figura de presidente que reconoce abiertamente haber votado por el NO), pero el 88 siguió tensionando las relaciones entre izquierda y derecha hasta el día de hoy. Así las cosas, no sería de extrañar que este plebiscito vuelva a impactar fuertemente el orden político. Los discursos, tras lo que hasta el momento parece ser una abultada victoria a favor de la alternativa del apruebo, irán a condenar como inmorales a aquellos del bando perdedor, siguiendo una lógica que no resulta extraña en vistas del escenario del último tiempo. Los pronósticos ya se hacen sentir, al ver a históricos políticos de derecha, viejos defensores de la constitución vigente, decididos a apoyar una nueva carta magna por distintas razones, entre las que se cuentan la legitimidad futura del sector.

La opción de aprobar, que supone genuinos miedos, entrega la posibilidad de encausar, de manera institucional, aquella frustración tan arraigada en la población y dar inicio a un período de conversación, que tendrá representantes de todos los sectores (y no sólo de anarquistas o comunistas como algunos suponen) y en donde se pondrán sobre la mesa las distintas visiones de mundo hasta ahora presentes en la sociedad.

A mi parecer, son pocos los que especulan que lo ocurrido en octubre responde exclusivamente a grupos que buscan desestabilizar el país (que los hay). Por el contrario, pareciera existir un relativo consenso sobre el hecho de que “algo anda mal” y que ese malestar tocó fondo. Bien documentado está ya a estas alturas, a través de analistas de distinto signo político, que razones materiales, de trato y políticas existen para justificar las manifestaciones -me refiero a las pacíficas- de aquel movido octubre.

El irremediable ímpetu por la igualdad que conlleva el ser humano requiere un momento de legitimación, debido a que, pese al avance en igualdad material de las últimas décadas, como señalaba Alexis de Tocqueville, “la más viva pasión que la igualdad de condiciones hace nacer, es el amor a esta misma igualdad”. Ante ese fervor y en vista, a mi juicio, del genuino malestar, la idea de participar en la decisión de una nueva carta magna brinda la posibilidad de salir institucionalmente de esta crisis y no entrar en un círculo de revolución en revolución. La opción de un sector de presentarse como legítimos de cara al futuro está sobre la mesa y algunos ya empezaron a jugarla.

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