Acuerdo y polarización

Por Rocío Leiva Mora

Tiempos vertiginosos corren en la esfera pública, ciertamente desde octubre del año pasado los asuntos políticos se han posicionado en las conversaciones triviales del ciudadano promedio. El estallido social, el debate sobre el plebiscito constitucional y los efectos colaterales del coronavirus junto al manejo de estos por parte de las autoridades, han colaborado en construir un ambiente de crítica y debate sobre los asuntos públicos, así como un fuerte cuestionamiento al statu quo. En los últimos años hemos podido apreciar una creciente polarización en la sociedad chilena, pero que también tiene su contraparte más allá de las fronteras de nuestro país.

Lo interesante es que, a pesar de esta polarización ideológica, aún existen asuntos capaces de convocar a individuos de diversos sectores ideológicos, grupos etarios y socioeconómicos y, el plebiscito constitucional anuncia ser uno de estos casos. Las encuestas anticipan la aprobación de este nuevo proceso constituyente por alrededor de un 70% de la población y, aunque el grupo que va por el rechazo parece ser bastante homogéneo en cuanto a su posicionamiento político, el “apruebo” es capaz de convocar individuos tanto de izquierda como de derecha o de centro (ver encuesta Criteria del mes de julio). Sin embargo, paralelo a esto, tenemos que, en nuestro país, quienes van adelante en las preferencias presidenciales son los actuales alcaldes Joaquín Lavín y Daniel Jadue, lo que nos advierte que, aunque se esté avanzando en el lograr acuerdos, la polarización en el país persiste. Y no solo la polarización persiste, sino también la violencia latente (por parte de distintos frentes), violencia que vimos en el pasado y que nada impide que volvamos a presenciar. Es una ingenuidad creer que luego del plebiscito viene el paraíso. La fragmentación y las heridas profundas de una sociedad no sanan de un día para otro.

La alternativa a la violencia es el diálogo, y para que exista diálogo, se necesita que existan al menos dos partes dispuestas a dialogar y un contexto propicio para que esto ocurra. ¿Esperaremos un estallido cada vez que se requiera de cambios? Asumir esto es asumir como normal algo que en realidad es una falla en nuestra sociedad. Entre los desafíos que deberá afrontar este gobierno (y los que vendrán), es el de encontrar mecanismos apropiados para canalizar las demandas sociales y, asimismo, tener la voluntad de escucharlas; se necesita tanto un gobierno que escuche como una ciudadanía que quiera y pueda comunicar. La estrategia que ha tenido el gobierno de esperar hasta último minuto antes de ceder solo ha traído división a una sociedad ya fragmentada, y no solo a la sociedad, sino al mismo oficialismo.

Si bien el plebiscito constituyente no se habría logrado si no fuera por el estallido de octubre, es peligroso suponer que la constitución es la solución al problema de fondo. Una nueva constitución puede calmar las aguas, pero no deja de ser una solución tardía a demandas históricas. Si queremos un Chile que dialogue necesitamos un gobierno que dialogue, entender que una marcha o un estallido debiera ser la excepción antes que la norma y que para ello se requiere antes que todo, la voluntad de escuchar. No se deben confundir los problemas de fondo con los meros síntomas; el estallido fue solo un síntoma y, un cambio constitucional, si bien puede implicar un cambio profundo, continúa siendo solución a un síntoma.

Si queremos un Chile que dialogue, el gobierno deberá hacer esfuerzos en mostrar un interés real en los problemas que aquejan a la población y no solo reaccionar para calmar aquello que le es amenazante. Es probable que luego de los acuerdos que se han logrado aún quede la sensación de que un estallido social es el mecanismo más eficiente para lograr cambios y, ese es un riesgo que trasciende al plebiscito de octubre. Atender las demandas urgentes sin quitar la mirada de los problemas de fondo será necesario para avanzar en la vía del diálogo.

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