La erosión del centro

Por Daniel Pacheco Henríquez

Muchas personas estarán de acuerdo en que uno de los factores importantes que podría explicar el pesimismo desatado en el ideario público local, es la polarización de fuerzas que experimentamos desde hace considerable tiempo en nuestro ambiente político y social.

Esta grieta divisoria se agudiza cada día más. Y es que cuando nos detenemos a ponderar cuáles son los elementos que nos mantienen unidos/as como miembros de un país, es fácil avizorar que el break bien podría durar varias horas. Para reforzar la idea, la última encuesta Criteria nos muestra que las dos primeras preferencias que la ciudadanía perfila como próximos presidentes de la República son Joaquín Lavín (UDI) y Daniel Jadue (PC). Como podemos ver, la descripción gráfica de lo que significa polos opuestos (al menos en la institucionalidad que cada uno tiene detrás suyo, porque sabemos que, en la práctica, operan parecido).

Lo interesante y sorprendente de todo esto es que, con diagnóstico en mano compartido, poco se haga para enmendar el rumbo de la situación, ya que efectivamente cuesta encontrar personalidades que se esfuercen en hacerse cargo de este mal. Desde luego, valga la analogía de las tragedias del teatro griego clásico: todo el mundo intuye lo que va a ocurrir, todos aclaman no querer que ocurra, pero cada uno hace precisamente lo necesario para que suceda la desgracia que se pretende evitar.

Bajo este estado de las cosas, se hace más urgente que nunca recordar la tesis central del aclamado libro del politólogo Arturo Valenzuela, El quiebre de la Democracia en Chile, publicado originalmente en 1978. Cuyo core hace referencia a que, más allá del rol que jugaron los extremos políticos en el desplome de la institucionalidad en 1973, hay que otorgar un valor relevante a la total erosión del centro político y a la politización de instituciones que, en el papel, tendían a ser neutrales. Pues bien, parece importante traer a colación el análisis de Valenzuela en relación con el rol que ejercieron las posiciones más “moderadas” en el espectro político, puesto que es posible identificar dinámicas similares en el funcionamiento de la democracia chilena casi medio siglo después.

Por razones que habría que dilucidar con mayor precisión, el centro político chileno se ve superado ante el cáncer de la polarización. Carente de ideas, sin liderazgos que convoquen a las masas, y lo más peligroso –y lamentable, por cierto–, sin la actitud y convicción de que el rol que desempeñan es crucial para la estabilidad del sistema democrático nacional. Con un miedo casi paralizante a la impopularidad, quienes pertenecen a este sector olvidan que la labor del político no es ser popular –cuan Influencer en redes sociales–, sino más bien, con su gestión, aminorar el peso del tránsito diario en la vida de cientos de conciudadanos. Es esta –y no más que esta– la tarea del político/política profesional.

Con todo, urge hacer hincapié en la necesidad de volver al diálogo, los puentes y el establecimiento de mínimos comunes, sobretodo si ponemos en la mesa que el mecanismo diseñado para el proceso constituyente que se avecina –en caso de ganar el Apruebo– exige ponerse de acuerdo, debido a los altos quórums requeridos para cada punto de la nueva Constitución. De esto depende aprovechar una oportunidad histórica y evitar un descalabro de proporciones para los destinos de Chile. Que todos cumplan el rol que tienen que jugar.

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