Vivir Juntos

Por Bruno Odone Pasquali

Comienza agosto. El octavo mes de un año especialmente difícil. Un año que, como toda época particularmente compleja, entrará de lleno en los libros de historia. Las mascarillas, la distancia social y las calles vacías serán protagonistas de capítulos enteros que pretenderán narrarle a las futuras generaciones lo que se vivió durante el año 2020.

Pero los momentos duros de nuestra sociedad no solo se caracterizan por arribar a las desteñidas hojas de los libros de historia, lo que en realidad los lleva a transformarse en “hechos históricos” es que son situaciones que nos demuestran que el destino de las personas no es individual sino común. Y la pandemia lo volvió a demostrar, esta vez con excesiva claridad: Lo que le pasa a cada uno de nosotros depende de lo que le pase a todos los demás. Salimos a buscar la comida por delivery con mascarilla para no contagiar al repartidor, pero esperamos que el repartidor también la tenga para que no nos contagie a nosotros. O nos salvamos juntos o caemos todos. Así de simple. Y esta vez la palabra “todos” implicó literalmente a todos: La globalización hizo que ningún rincón del mundo se salvara. De China a Reino Unido, de Perú a Camerún. Como nunca se había visto, se hizo realidad el concepto de humanidad.

Y mientras la historia nos trata de enrostrar, una vez más, la receta del progreso. Seguimos ignorando la moraleja, y acá en Chile con ardiente violencia: En la tierra de las araucarias se vuelven a encender los mismos conflictos que han condenado a nuestro país por cerca de 500 años. Si en el año 1600 veíamos malocas y malones, en 2020 vemos desde nuestras redes sociales a un centenar de personas saltando fuera del municipio de Curacautín mientas gritan a viva voz “el que no salta es mapuche”, para luego ser testigos de un triste enfrentamiento entre civiles y mapuches, con golpes, lanzamientos de objetos y el incendio de vehículos. En resumen, vemos como se desvanece la idea de humanidad. Nos dividimos y el de al lado deja de valer lo mismo: No somos mapuches, saltemos.

500 años donde el concepto de humanidad no ha surgido. La vida en comunidad se ha transformado en un anhelo de solo unos pocos.

Y así, en un momento de máxima tensión. Llegará el proceso constituyente. Una oportunidad única para que puedan sentarse a conversar, después de mucho tiempo, el pueblo mapuche y el pueblo chileno.

Sin embargo, no pequemos de ingenuos. El poder vivir juntos no sale gratis. Todas las partes tendrán que ceder. Es lo que hacemos todos los días al salir a la calle (o hacíamos, mejor dicho). Nos enfrentamos a las señales de tráfico, nos detenemos y esperamos nuestro turno para avanzar. El de la otra esquina hace lo mismo cuando le toca. Sacrificamos libertad para ganar libertad. Claro, si no perdiéramos nuestro tiempo en las luces rojas seria imposible siquiera salir a las calles. La ley de la selva, como dicen por ahí.

El proceso constituyente surge como una oportunidad única para darle luz verde, por primera vez en mucho tiempo, a la nación mapuche. Y ahora será el Estado chileno quien deberá sacrificar para ganar. En términos concretos, si queremos lograr la permanencia del Estado chileno tendremos que otorgarle otro carácter a la región de La Araucanía, pero no solo otro carácter territorial, sino también cultural.  Se volvió imprescindible (quizás siempre lo fue) incorporar la cultura mapuche, y la de los diferentes pueblos originarios que componen nuestra estrecha franja de tierra, a la identidad cultural del país. Pienso en Nueva Zelanda y como la cultura maorí es considerada como propia por los neozelandeses, podemos apreciar sus rituales en ceremonias de recibimiento de inmigrantes o de adquisición de ciudadanía, además de que tienen representación en el ámbito político. Diferencia abismal con el grito “el que no salta es mapuche” que vemos por acá.

Perder para ganar pareciera ser la clave para vivir juntos. Y el vivir juntos, según los desteñidos libros de historia, pareciera ser la única receta conocida para progresar como sociedad, o mejor dicho, como humanidad.

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