Al ritmo de las redes

Por Daniel Pacheco Henríquez

¿Quién podría atreverse a decir que no vivimos tiempos agitados? Existe la permanente sensación de transitar día a día en una vorágine incontrolable, como si de alguna manera, no tuviéramos la capacidad de atender y asimilar todo lo que ocurre alrededor nuestro. El símbolo por excelencia de esta percepción, son las redes sociales. Cuyas bondades nadie desconoce, pero son pocos los que esbozan las externalidades negativas que generan.

El rasgo más característico de las redes dice relación con la instantaneidad, es decir, con el sistemático esfuerzo por posicionarse dentro de estos canales de forma cotidiana, lo más frecuente posible y a tiempo récord. Lo que trae consigo –en la gran mayoría de los casos– expresiones que se materializan al calor de nuestro vientre. Solo basta dar un breve paseo por plataformas como Facebook, Twitter o Instagram, para vislumbrar un sinfín de ideas preconcebidas, sin matices, con un notorio espíritu polarizante y confrontacional. Si, por otro lado, tenemos que la acción reflexiva –la virtud de lo que significa pensar– requiere a todas luces tomar distancia, mirar lo que está ocurriendo e intentar comprenderlo, eso implica necesariamente demorarse para emitir un juicio. Entonces, es posible señalar que lo que está inserto en las entrañas de las redes sociales es algo así como un “des-pensar”. Después de todo, ¿Es posible concebir y manifestar una opinión seria y fundada en 140 caracteres?

Dentro de todos los males que conlleva esta dinámica, llama particularmente la atención la degradación absoluta de la cosa pública. Hace un par de semanas, se conoció la renuncia de la editora de la sección de opinión del emblemático periódico norteamericano The New York Times, la periodista Bari Weiss. Entre varios motivos, preocupan sus declaraciones referidas a que “Twitter se ha convertido en el máximo editor del diario”, o en esta misma línea, “Las historias se eligen y cuentan para satisfacer al público más limitado, en lugar de permitir que un público más curioso lea sobre el mundo y luego saque sus propias conclusiones”. Nada de esto es ajeno al plano local. Sobretodo cuando vemos que, desde hace bastante tiempo, nuestros políticos ejecutan sus funciones con una mano en sus respectivos escritorios, y con la otra, deslizando el pulgar en sus teléfonos, atentos al ritmo que plantean las redes. Con un miedo abrumador a la impopularidad, al punto que, se está dispuesto a tranzar un mal diseño de política pública, a cambio de navegar tranquilos en el turbulento escrutinio que opera en las citadas plataformas. Esto es francamente insólito.

Convengamos –así confío– que no es lo mismo ver a una persona esmerada en leer la neurosis que acontece en Twitter y al mismo tiempo componer un mensaje con limitaciones de espacio y forma, que sentarse a leer un libro, cuyo ejercicio nos hace dudar a veces, hasta de nuestras propias convicciones. Son experiencias sustancialmente diferentes.

Vale recordar lo que el gran pensador chileno del siglo XX, Jorge Millas, da cuenta en Idea y defensa de la universidad, cuando invita a “poner en acción dos resortes con el que el hombre puede al menos sujetar la bestia que también hay en él: la reflexión guiada por la razón que al par convence y duda, y el conocimiento orientado por la cuidadosa observación del mundo”.

La tecnología y las redes sociales poseen muchas virtudes. Solo imaginemos qué hubiese sido de nosotros en contexto de pandemia sin haber tenido la posibilidad de utilizar estas herramientas para sentirnos más cerca del afecto. Pero sería un descaro no reconocer que, al mismo tiempo, las redes favorecen la ampliación de la estupidez.

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