Fiebre ideológica

Por Marco Bravo Gatica

Dos semanas llevamos de alta tensión política, la discusión sobre el retiro de fondos ha llevado a la clase dirigente a dar muestra de la polarización reflejada durante la última década, generando además un nuevo despertar en la ciudadanía y una gran fijación de las miradas a lo que acontezca en el Congreso.

Una de las causas a las que se pueden atribuir las posturas de los dos grandes sectores de la política nacional en este debate es la ideología, mejor dicho, un exceso de ideología. Corresponde destacar que, si bien izquierda y derecha llevan buen tiempo descubriendo la sustancia de sus ideales -de hecho, en la derecha esta podría ser una de las raíces de su estado de descomposición actual-, en este caso se ha visto una vuelta a las fuentes básicas que uno acostumbraría a asociar. Por un lado, la derecha defensora del mercado y del individuo, mientras que por el otro a una izquierda adepta al actuar del Estado y pensando en colectivo.

Si bien la batalla que aconteció esta semana pareciera reflejar justamente lo contrario, a saber, que ambos sectores estarían levantando las banderas de su enemigo, es posible percatarse de que lo que está detrás es la sobrevivencia del sistema de capitalización individual o el fin de este último, por lo que la dicotomía típica se mantiene.  Más allá de que las ideologías nos brinden cuantiosas bondades, el contexto de atrincheramiento y moralización en gran parte de las posiciones ideológicas termina reduciendo todo a una batalla final en la que, dependiendo del lado en que te encuentres, serás el bueno o el malo de una película muy cruenta.  La virtud de la ideología termina pervertida en un vicio.

Y es que además de la destemplanza ideológica, podemos ver una pérdida del sentido de realidad, al desconocer y desechar todo el saber técnico, que aglutinaba a economistas de todo el espectro político y que apuntaba al proyecto como una mala política pública para el bienestar de las personas.

La elite política, que lleva gran tiempo ensimismada, sigue dando muestras de poca conversación y mucho resquemor, en donde cada gran proyecto significa algo de vida o muerte o cada jugada se juega como si fuesen los últimos minutos del partido. La escena que vimos en el Congreso el miércoles pasado algo de eso refleja; burlas y actos infantiles, como si se olvidará que al día siguiente muchos otros temas de la nación deben ser discutidos y la necesidad de dialogar con el del frente no existiera.

El clima poco aporta a ser optimista sobre los tiempos que corren y los que están por venir. La discusión del retiro de fondos dejó en evidencia que la elite política no está muy a la altura de su quehacer. La fiebre ideológica no permite reconocer como válidos al resto de los credos combatientes y nos sitúa en una dicotomía simplona que no deja espacio para pensar en lo que nos devela la realidad material. La prudente misión de la política, de conformarse con evitar el peor de los males, parece ir perdiendo relevancia.

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