¿No lo vimos venir?

Por Rocío Leiva Mora

Probablemente estemos de acuerdo en que vivimos tiempos de rápidos y constantes cambios, en una sociedad dinámica y acelerada. El avance exponencial de la tecnología, los cambios medioambientales, la interdependencia política y financiera entre países, traen como subproducto que nuestra sociedad esté sujeta a constante cambio y con ello, a altos niveles de incertidumbre. Con un acceso a grandes cantidades de información a solo un click, podemos caer en una ilusión de conocimiento, cuando en realidad a nivel individual sabemos menos de lo que pensamos y, a pesar de que contamos con más herramientas que en el pasado, resulta cada vez más complejo anticipar el futuro. El mito del individuo racional se desvanece poco a poco y con ello viene el aceptar la dificultad de anticipar el futuro y la responsabilidad reflexiva que a esto le acompaña.

Es sencillo decir que algo era obvio luego de que ocurrió. Difícilmente alguien a inicios del 2019 podría haber anticipado con exactitud lo que ocurriría del 18 de octubre del mismo año y, en dicha fecha, me atrevo a decir que era prácticamente imposible suponer lo que estaríamos viviendo hoy a nivel mundial. Con esto no pretendo defender la miopía de la elite y de la clase política; a lo que voy es que, al momento de juzgar los fenómenos sociales y políticos, se debe tener en cuenta lo complejo de anticiparse a los hechos (sobre todo en horizontes temporales lejanos) en una era tan impredecible como la nuestra y, esto debe considerarse al momento de proponer y discutir políticas públicas. Esta incertidumbre se reduciría si se tuviera un apropiado diagnostico de la realidad actual y de los problemas del presente; sin embargo, hoy nos vemos enfrentados a fenómenos que obstaculizan el buen hábito del dialogo y la reflexión, como lo son las corrientes populistas, la posverdad y las discusiones basadas en ideologías más que en razonamientos honestos y respetuosos.

En este último tiempo hemos visto cómo nuestro sistema político es más reactivo que proactivo y que las discusiones tienden a centrarse en cuestiones más inmediatas y urgentes que estructurales y de largo plazo (aunque claramente debe haber un equilibrio entre lo urgente y el largo plazo). Aún cuando se discuten asuntos de tipo estructural, como una constitución política, los incentivos individuales tienden a apuntar hacia el logro de gratificaciones inmediatas como popularidad, aceptación de “la manada” y la obtención de votos. Así, es necesario que a pesar de que nuestros incentivos individuales menosprecien las consecuencias en el largo plazo, ya sea por priorizar lo urgente, por incentivos ocultos o porque el vértigo ante un futuro incierto nos paraliza, es necesario repensar el camino que se está tomando, la calidad de las discusiones actuales y diseñar un sistema que incluso sea capaz de protegernos de nosotros mismos y de la miopía que puedan tener tanto los gobernantes actuales como futuros.

Los seres humanos no somos del todo racionales, eso ya lo sabemos, pero un ejercicio interesante es identificar cuándo no estamos siendo racionales y el efecto de esto en nuestras decisiones y comportamiento. El sesgo de retrospectiva es un sesgo cognitivo que tiene que ver con que, una vez conocido un resultado, se tiende a modificar el recuerdo de la opinión que se tenía previa a este, acomodándola al resultado ocurrido. En otras palabras, a pesar de que uno no haya sido capaz de prever un evento, una vez que este ocurre, resulta obvio que ocurriera y se olvida que no se fue capaz de anticiparlo. Así, resulta tentador criticar a quienes debieron ser responsables de anticipar o solucionar lo ocurrido. A mi parecer esto puede llevar a la arrogancia intelectual de criticarlo todo, pero no proponer nada, de encontrar satisfacción en el juicio posterior pero no hacerse cargo de la reflexión anterior. Porque querámoslo o no, anticipar las futuras crisis y proponer instrumentos eficientes para hacerse cargo de ellas es una tarea más compleja que sencilla y un ingrediente necesario será siempre una reflexión sincera.

Es importante no quedarnos perplejos ante el futuro sino reflexionar cómo es la política que queremos para nuestro país, qué nivel de discusiones deseamos tener, qué calidad de políticos queremos que se levanten y si el rumbo que se está tomando actualmente es acorde a esto. Los cambios no ocurren simplemente, sino que son consecuencias de acciones previas. Si no reflexionamos acerca del futuro, este nos tomará desprevenidos y nuevamente, seremos reactivos. Si el cambio es la única constante, debemos reflexionar sobre cómo estos cambios interactúan con la política, tanto en el presente como en el futuro.

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