Al borde del abismo

Por Daniel Pacheco Henríquez

Se repite hasta la saciedad en el espacio público, que nos encontramos inmersos en una crisis institucional de considerables proporciones. En esto coinciden analistas con distintas sensibilidades, académicos/as, periodistas, etc. Y por supuesto, es también lo que reflejan todas las encuestas de opinión a las que uno tiene acceso sistemáticamente. Sin embargo, da la impresión de que, los que aún no acaban de comprender el fenómeno, siguen siendo aquellos que están encargados -ni más ni menos- de la conducción del país. Nuestra alicaída clase dirigente.

Cuando es posible constatar que, desde hace varios años, la dinámica política nacional se ha visto enmarcada por una creciente y profunda polarización -cuya consecuencia principal es la tremenda dificultad para alcanzar grandes acuerdos-, más la sentida acusación que hace referencia a una despreciable desafección con los intereses y deseos de la ciudadanía, la intuición nos dice que, la enorme crisis que estamos viviendo -a raíz de la pandemia por Covid-19– podría significar una oportunidad importante para enmendar el rumbo.

La polarización de fuerzas tiene larga data en la historia nacional. Precisamente, en uno de los períodos más álgidos caracterizados por este mal, el General de Ejército Carlos Prats González -reserva moral del país- da cuenta en sus Memorias, acerca de la necesidad de que, más allá de la contingencia política partidista en períodos complejos, los esfuerzos se deben concentrar en actuar a toda hora con excesiva ponderación y ecuanimidad, esto es procurar mantener equilibrio, mostrar serenidad y tomar distancia en medio del caos.

Pues bien, al ver cómo ha sido la performance de la clase política en general desde hace un prolongado tiempo, lo cierto es que, es posible ubicar su comportamiento en una vereda totalmente antagónica en virtud de las reflexiones que nos aporta Prats.

 Un aspecto central en el funcionamiento de las democracias es el respeto irrestricto a la regla de la mayoría. No obstante, lo que otorga sentido y legitimidad a esta definición es la correcta deliberación sobre los problemas públicos.

En referencia a esto último, sólo detengámonos un momento en lo acontecido la semana pasada en el parlamento durante la discusión y posterior votación sobre el proyecto de retiro del 10% de los fondos de AFP. Tono y reacciones carnavalescas, argumentos vacíos de lado y lado, una guerra de principios. Al presenciar las intervenciones, rápidamente uno se daba cuenta de que era un debate sobreideologizado, en ningún momento los aspectos técnicos tuvieron un rol protagónico. Una frivolidad francamente impresentable.

Lo más lamentable de todo este espectáculo, es que ninguno de los que estuvo ahí, terminarán pagando los costos de las malas decisiones que se adoptan. Irresponsabilidad absoluta.

A la luz de los hechos, ¿Cómo augurar tiempos prósperos para la nación en medio de este clima? ¿Podremos realmente tener expectativas positivas en cuanto al proceso constituyente que se avecina? En ningún caso son preguntas triviales. Nos encontramos al borde del abismo.

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