Un ejemplo para otros países

Por Pablo Torrejón Aguirre

Desde el manejo de la pandemia hasta el liderazgo carismático de Jacinda Ardern, han hecho de Nueva Zelanda durante el último tiempo, una especie de ejemplo a seguir por muchos. Según el PNUD, el país tiene un índice de desarrollo humano de 0.921 de 1.0, ubicándose en el lugar número 14 a nivel mundial.  

Para Chile el ejercicio de estudiar países como Nueva Zelanda es una idea que ha despertado interés en distintos sectores del país desde hace ya un tiempo a esta parte, no sólo por el circunstancial manejo de la pandemia, sino también por su eficiencia de estado, su similitud económica basada en recursos naturales y su integración con los pueblos indígenas y originarios.  A fines de los noventa, la comisión modernización del estado que estaba compuesta por Claudio Orrego (jefe de la comisión), Harald Beyer, Pepe Auth, Cristián Larroulet, entre otro/as viajó a Nueza Zelanda buscando explorar formas de funcionamiento del estado. En 2017 una delegación del Centro de Estudios Públicos que incluyó a Isabel Aninat, Ignacio Briones y nuevamente a Harald Beyer, entre otros delegados y delegadas, buscaba explorar en ese mismo país nuevas ideas para la modernización del estado.

Detrás de esta admiración por nuevos modelos, hay algo que no debemos pasar por alto, si realmente queremos observar y emular ejemplos como el neozelandés y no estrellarnos en el intento. Esto es su integración con los pueblos originarios. Si pensamos en Chile, estamos bastante lejos de ello y la violencia se ha tomado la discusión notando el triste fracaso del diálogo. Es por lo mismo que me parece importante levantar una perspectiva que puede aportar a que vuelva el diálogo y facilite ese anhelado proyecto de un estado moderno.

El enorme desafío común que representa la crisis climática plantea que los pueblos originarios tienen algo importante que decirnos.

En el censo realizado en 2017, del total de personas que viven en Chile, el 12,8% pertenece a un pueblo indígena u originario alcanzando más de 2 millones personas. Dentro de esta diversidad presente en el país existe el We Tripantu, celebración que se realiza durante el solsticio de invierno (20 de junio recién pasado) y marca el año nuevo para los mapuches. Esta festividad es relevante para ellos ya que marca que la naturaleza comienza a cambiar y que llegarán las nuevas lluvias que permitirán los nuevos brotes. Es el renacer de la naturaleza marcado por días cada vez más largos hasta el solsticio de verano y representa un momento donde se reciben las nuevas energías de la tierra. Esta festividad invita a reflexionar sobre nuestra relación con la naturaleza y el medioambiente, reflexión tan importante hoy en día.

Una reactivación económica sostenible requerirá de la generación de conocimiento sobre nuevas tecnologías y recursos naturales emergentes como el hidrógeno verde. Si logramos generar este conocimiento por medio del entendimiento que tienen los pueblos originarios sobre la naturaleza, tendremos la oportunidad de reconocer a los pueblos originarios y al mismo tiempo crear una idea potente a largo plazo sobre la crisis climática. Tendremos la oportunidad de ser un ejemplo para otros países. La actual pandemia nos ha mostrado lo globalizado que esta el planeta y cómo no sólo las bacterias sino también las ideas viajan rápidamente influyendo incluso entre países tan distanciados geográficamente.

El diálogo en este sentido es oportuno e importante, sobre todo ad portas de un plebiscito constituyente donde, eventualmente, estará la oportunidad de repensar los fundamentos de una sociedad. Pensar en los problemas que nos puede traer en lugar de lo que podemos crear es condenarse a vivir en el pasado y perspectivas como la visión de la naturaleza presente en los pueblos originarios, pueden aportar a enfrentar lo complicado que será la crisis climática para todos.

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