Castillo de naipes

Por Daniel Pacheco Henríquez

Esperanza y buen ánimo ha cundido en el oficialismo a raíz de los resultados evidenciados en las dos últimas publicaciones de la encuesta Cadem –termómetro de la realidad política y social del país–, puesto que por primera vez en bastante tiempo, un amplio número de personeros de Gobierno lograron una aprobación hacia el desempeño de sus labores, que oscila sobre el 50%. Hito especial, la consolidación del nuevo Ministro de Salud, Enrique Paris, como el mejor evaluado del gabinete, con una aprobación del 62%. Tono conciliador y apertura a escuchar otras voces, son algunas de las razones que están detrás de esa buena percepción por parte de la ciudadanía.

Un fenómeno interesante que nos dejan los hallazgos de esta encuesta de opinión pública dice relación con la idea de que, a pesar de la mala valoración que tiene la figura del Presidente de la República y el Gobierno como un conjunto, al parecer, los/as Ministros/as, desde una óptica individual, sí tienen la capacidad de desprenderse de esa evaluación negativa. Ahora bien, lo que podría sembrar confianza e ilusión en la gestión gubernamental, en los hechos, poco tiene de importancia, cuando vemos  a un líder de la coalición de Gobierno, actuar con un excesivo sello protagónico, con un afán desmesurado por intentar estar a toda hora en la pole position. Una especie de pánico por “dejar hacer” y empoderar al resto, aquella habilidad tan insigne en  los/as estadistas de envergadura.

El valioso capital acumulado en estas semanas por el Ministro Paris, fruto de una buena comunicación y un adecuado “tacto” político, se había transformado en un importante activo para La Moneda en la lucha contra el Covid – 19, pero rápidamente –como la gran mayoría de las cosas en la época moderna– este avance se ha ido desmoronando. Prueba de aquello, el baldazo de agua fría que le envía el Presidente Piñera, cuando descubrimos –en virtud de las redes sociales– como había sido desarrollada la dinámica de participación en el funeral de Bernardino Piñera, ex arzobispo de La Serena y tío del mandatario, fallecido a causa de la pandemia. Lo complica de sobremanera, puesto que quienes tuvieron que salir a aclarar este polémico episodio fueron precisamente las autoridades sanitarias. Paris y Daza defendiendo lo indefendible, porque a diferencia de la foto que circuló del Presidente hace varias semanas en Plaza Italia –en donde a la gran mayoría le generó indignación y fue considerada un acto de provocación, para otros, especialmente gente de su sector y algunos más volcados a su derecha consistió en una demostración de fuerza a raíz de todo lo vivido desde el 18 de octubre pasado–, este nuevo acontecimiento no tiene doble lectura.

Decir que en la ceremonia fúnebre señalada, se cumplieron todos los protocolos establecidos por el MINSAL, no sólo es sufrir de una severa miopía, sino también es jugar con el dolor de miles de familias que no tuvieron la posibilidad de despedir como quisieran a sus seres queridos, o más nítido aún, es dejar constancia de que en nuestro país las reglas no son para todos. Este ha sido el costo que ha tenido que pagar Enrique Paris.

Se suele escuchar que una máxima en los equipos comunicacionales de los gobiernos de turno, es “patear” los problemas fuera del Palacio. Pero en esta situación, da la impresión que esta norma de acción debía ser repensada; disculpas públicas por parte del Presidente Piñera y de paso, quitarle la mochila a quien lidera el mayor desafío en materia de políticas públicas del último tiempo.

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