Universos paralelos

Por Rocío Leiva Mora

“El pueblo pasa hambre porque sus superiores consumen en exceso sobre lo que recaudan” – Lao-Tsé

Hace unas semanas muchos titulares contaban sobre un supuesto hallazgo de la NASA: un universo paralelo. A la brevedad, la comunidad científica salió a desmentir estas noticias, las anomalías halladas en estudios no implicaban nada relacionado con universos paralelos. Nuevamente, una brecha ya conocida hacía de las suyas: los incentivos de estos medios de comunicación iban en pos de titulares atrayentes, pero este objetivo no hallaba coincidencia con la realidad, dando origen a una vergonzosa publicación de noticias falsas.

Incentivos y objetivos contrapuestos han sido problemáticas que los humanos y las sociedades hemos experimentado desde siempre; de aquí, la complejidad de la toma de decisiones, la importancia de lograr acuerdos, y que – en palabras de Montesquieu – para evitar el abuso de poder, sea necesario que el “poder detenga al poder”.

La semana pasada, el hashtag #MaríaAntonieta se tomó las tendencias en Twitter, como un espejo de lo que ya había pasado en el estallido social. En aquel entonces se debió a la célebre frase de Cecilia Morel “vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás” y, ahora, a raíz de una licitación de productos gourmet en La Moneda en un contexto en que compatriotas se organizan para alimentarse mediante ollas comunes. Estos “accidentes” nos dan pistas de cómo ven el mundo nuestros gobernantes, de cómo operan, de sus incentivos. Incentivos personales que no siempre van alineados con las necesidades de quienes supuestamente representan y que quizás nunca encuentren puntos en común, como dos líneas paralelas. Pero la realidad es más compleja que un plano euclidiano, los gobernantes y los gobernados son codependientes, las decisiones de uno repercuten en el otro y, así como los gobernantes deben conocer los incentivos de los gobernados, los gobernados deben conocer los incentivos de sus gobernantes. En el contexto de entender a los gobernantes, es importante entender cómo el poder afecta la mente de las personas. El síndrome Hubris, un trastorno de la posesión del poder (Owen & Davidson, 2008), tiene que ver con esto.

El 2008 se publica en la revista Brain un paper bajo el titulo (traducido): “Síndrome de Hubris: ¿un trastorno de personalidad adquirido? Un estudio de los presidentes de los Estados Unidos y los primeros ministros del Reino Unido en los últimos 100 años.” que da cuenta de un trastorno que pueden sufrir individuos en posiciones de poder. El paper presenta 14 síntomas de este síndrome, sugiriendo que, para diagnosticar a alguien con el síndrome, deben estar presente al menos tres de estos. Algunos de los síntomas son: confianza excesiva en el propio juicio y desprecio hacia consejo o la crítica de los demás; exagerada autoconfianza, que raya en un sentido de omnipotencia sobre lo que pueden lograr personalmente; pérdida de contacto con la realidad, a menudo asociada con aislamiento progresivo; inquietud, temeridad e impulsividad; la incompetencia hubrística, donde las cosas van mal porque demasiada autoconfianza ha llevado al líder a no preocuparse por los aspectos básicos de la política; entre otros. Resulta inevitable que, al leer estas características, evoquemos ciertos personajes políticos que conocemos.

Hubris (o Hybris) es un término que los griegos asociaban a la desmesura, a considerarse igual a los dioses, desconocer los propios límites y a la arrogancia. En la mitología griega, la diosa Némesis se encargaba de castigar la hybris devolviendo así al individuo al lugar que le corresponde en el orden de las cosas; según Owen & Davidson (2008), una de las consecuencias de los rasgos hubrísticos es que la extrema autoconfianza puede llevar al individuo a tomar decisiones peligrosas y a resultados perjudiciales, incluso para sí mismo.

La distancia social entre gobernantes y gobernados no es algo nuevo, la frase “que coman pasteles” encuentra su correlato más allá de Versalles. Gobernantes que parecen vivir en un universo paralelo, autoridades que desconocen “el nivel de pobreza y hacinamiento” que los ciudadanos viven y que tienen una “protección tan fuerte” que no se puede “tontear” con ellos. Gobernantes que se prestan para “ayudar” a otros países a sobrellevar sus problemas pero que, al momento de conducir los problemas del propio país, cometen error tras error. Los rasgos hubrísticos van en el sentido de ampliar aún más la brecha entre el universo de los gobernados y el de sus gobernantes.

Owen y Davidson concluyen su paper con la importancia de que la opinión del pueblo acerca de sus líderes no considere solo el contexto que el líder enfrenta, sino que la evaluación incluya también lo que le ocurre al líder mismo (donde debiera considerarse este síndrome).

Referencias:

David Owen, Jonathan Davidson, Hubris syndrome: An acquired personality disorder? A study of US Presidents and UK Prime Ministers over the last 100 years, Brain, Volume 132, Issue 5, Mayo 2009, P. 1396–1406.

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