El liberalismo y sus tensiones

Por Marco Bravo Gatica

Mucha tinta se ha escrito en nuestro país sobre el debate entre liberalismos. Con pretensiones electorales o de influencia de ideas se han escrito muchos libros desde izquierda a derecha para ofrecer el proyecto más convincente y, también suelen decir, el “más” liberal. Cristóbal Bellolio, en su libro “Liberalismo, una cartografía”, ofrece un material distinto, uno que gráfica las principales tensiones del liberalismo, en lo que destaca un fin educativo más que persuasivo. En este libro se deja afuera la distinción entre falsos y verdaderos liberales, buscando llevar a sus límites este conjunto de ideas que sitúan a la libertad en su centro. Bajo ese marco entonces podríamos decir que más que enemigos o impostores, lo que vendrían siendo entre si los Axel Kaiser, Lucia Santa Cruz, Andrés Velasco, Daniel Brieba, Agustín Squella o Vlado Mirosevic, y la mayoría de quienes han escrito libros sobre liberalismo, consistiría en una muy amplia familia, con dimes y diretes, pero con bordes a sus extremos relativamente definidos. Bellolio nos ofrece un mapa que instala, ubica y rastrea las características de diferentes liberalismos, en cuanto a lo que comparten como a lo que los diferencia. Con esta cartografía en mano se puede evaluar las contribuciones como deficiencias de los distintos principios liberales mientras se percibe el alcance y el poder del liberalismo en su conjunto.

A través de distintos debates contemporáneos el autor va repasando los puntos elementales de esta gran parentela. En una especie de manual para principiantes -con puntuales pasajes complejos- identifica siete criterios para definir la vereda en que se encontraría un liberal. Al recorrer el libro el autor va mostrando como se ajustan y reajustan los principios centrales del liberalismo de tal manera de afrontar los escollos que se van presentando, pero también dando espacio para mostrar sus cerrojos, un ejemplo sería el consenso a una especie de tolerancia a la desigualdad.

Esos frentes internos serían los que ordenen las alianzas del espectro político por la búsqueda del poder, pactando a distintos liberales junto a socialistas y conservadores. Este punto resulta interesante para entender el panorama, porque daría cuenta de que la mansión liberal sería muy amplia como para poder coexistir y que prefieran las potenciales amistades que podrían generar con otras ideologías, o que las posibilidades de obtener buenos resultados electorales sean escasas al ir en familia. Ambas parecerían plausibles, pero la primera se expresa con mayor claridad en el libro, al dar cuenta de una gran amplitud al interior la familia.

Ya sean tensiones internas o externas, este árbol de muchas ramas llamado liberalismo sigue resistiendo a los muchos ventarrones que le han sobrevenido. Sin embargo, el autor cierra con que no es ni de cerca el fin de la historia, siendo él un escéptico frente a la posibilidad de que la ideología liberal tenga las herramientas suficientes para responder a los nuevos desafíos, aquellos que hoy le imponen el populismo, la inteligencia artificial o el cambio climático. Hoy la pandemia refuerza esa duda y se le abren muchos frentes a los cuales debe responder, a saber, el atractivo que toma el autoritarismo, el debilitamiento de la globalización, entre otras dificultades. Si algo queda claro es la apertura de la familia liberal para poner en evaluación sus premisas y el espacio para los cuestionamientos. Cristóbal Bellolio indica que “por ahora el liberalismo sería el mejor discurso que hemos sido capaces de elaborar para conducir nuestros pasos” y que la tensión vendría siendo un componente más de su morfología. La historia sigue su curso.

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