Crimen y… ¿Castigo?

Por Daniela Montes de Oca

Dos eventos ocurridos estos últimos días llamaron particularmente mi atención. La familia del violador en libertad Martin Pradenas Durr pide un recurso de protección en contra de la familia de Antonia Barra por el cual deberán abstenerse de efectuar publicaciones descalificativas por redes sociales (entre otros). El funeral de Bernandino Piñera no cumplió el protocolo que rigen a los funerales en tiempo de pandemia.

Estos dos terribles episodios me llevan a cuestionar qué mueve a esas personas. ¿Por qué se piensan por sobre la ley y la moral y actúan sin temor a las consecuencias (que muchas veces no sufren)? ¿qué tienen ellos de especiales que pueden quedar en libertad mientras se investiga una violación que desencadenó el suicidio de la victima? ¿qué tienen ellos de especiales que pueden incumplir los estrictos y fríos protocolos (claramente por seguridad) que rigen las últimas despedidas de los seres amados?

A este tipo de personas las veo en aquellos que en este tiempo salen a correr a la orilla del mar, que van a visitar a sus familiares y amigos de riesgo sin considerar el peligro al que los exponen o que invitan a salir a tomar un café. En tiempo de pandemia son acciones sencillas las que reflejan este comportamiento, decisiones que en otro momento no serían cuestionadas. En otros tiempos los ejemplos pueden ser más drásticos, fumar tabaco (le haces mucho daño a los demás cuando fumas), manejar bajo los efectos del alcohol, robar, estafar, abusar de alguien. Hay personas que se sienten por sobre la ley y sobre la moral, actúan sin preocuparse de las consecuencias y, la verdad, es que muchas veces no hay consecuencias para ellos, cuando sí debería. 

Esto me recuerda a la teoría de Raskólnikov, el protagonista de la novela de Fiódor Dostoievski, Crimen y Castigo. El protagonista propone que existe una especie de hombre extraordinario que tiene el derecho a cometer crímenes. Estos individuos extraordinarios piensan tener un designio mayor o creen poseer un don o traer una nueva palabra, y lo que él propone, es que en pos de eso son capaces de dejar que su conciencia sobrepase ciertos obstáculos y les permita cometer acciones que los individuos vulgares no podrían. Ejemplifica con Newton, dice que el hubiera tenido el derecho y hasta el deber de eliminar a diez o hasta cien hombres si hubiesen obstaculizado el camino entre sus descubrimientos y el conocimiento de la humanidad. 

Estos individuos extraordinarios son peligrosos, pues la concepción de su singularidad solo radica en su propia mente, es la imagen que ellos perciben de sí mismos. Y quizás esto puede explicar en parte el comportamiento de algunos individuos que actúan sin considerar por ningún motivo las normas. 

Raskólnikov dice que la masa no les reconocía, los castigaba y los mandaba a ahorcar, pero que eso no es obstáculo para que en las generaciones venideras la misma masa erija a este tipo de personas. Lo peligroso de que estos individuos extraordinarios estén en el poder es que ellos serían los encargados de escribir y de hacer cumplir la ley, y si se piensan por sobre ella, es dudosa su capacidad imparcial para realizar la tarea. Puede que sea un poco lo que pasa hoy.

Pero la verdad, es que no existen estos seres extraordinarios, nadie tiene derecho a cometer crímenes, y quienes se piensan inmunes, no lo son, al menos ya no. La ciudadanía está atenta a estos individuos extraordinarios y no dejará sin castigo sus crímenes. Serán expuestos si la justicia manipulada no los castiga. No perdonaremos que la familia del presidente haya tenido un funeral incumpliendo el protocolo, no olvidaremos la cara de Martin Pradenas, y no dejaremos que la conciencia del individuo extraordinario descanse tranquila autoconvenciéndose de que tiene derecho al crimen. Seremos Porfirio Petróvich y los quebraremos.

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