El festín de los audaces

Por Daniel Pacheco Henríquez

Con varias semanas de funcionamiento, ya es posible sacar cuentas sobre el denominado plan Alimentos para Chile, programa impulsado por el Gobierno, cuyo objetivo principal es entregar cerca de 2,5 millones de cajas con alimentos básicos de subsistencia y productos de limpieza a las familias más vulnerables de nuestro país.

Recordemos que el debate se ha concentrado en torno a cuál era el mejor mecanismo –dada la complejidad que nos impone la pandemia– para hacer frente a la dramática situación de hambruna que experimentan cientos de compatriotas hoy en día. La elección del ejecutivo se inclinó por la entrega de cajas en especies. La alternativa inmediata fue preguntarse por qué no haber valorado la opción de efectuar una transferencia monetaria. Lo cierto es que ambos instrumentos tienen buenas razones para ser considerados. Al revisar lo que nos dice la teoría económica, podemos ver que las canastas pueden lograr evitar subidas de precios locales, el Gobierno se asegura de que la ayuda vaya efectivamente en pos del objetivo –esto es, paliar el hambre–, aumentar rápidamente la ingesta calórica, entre otras ventajas. Por su parte, transferir dinero dinamiza el comercio local, tiene menores costos asociados a la logística, se le da autonomía a las personas para poder elegir en qué gastar mejor su dinero, etc. 

Mencionadas las virtudes de ambas medidas, mi impresión es que, dadas las circunstancias, el factor que debería haber hecho la diferencia a la hora de elegir el método, es todo lo que concierne a la agilidad logística y administrativa de lo que significa impulsar un programa social de esta envergadura en tan poco tiempo. Bajo esta lógica, todo apunta a que realizar una transferencia era la mejor opción, sobre todo si pensamos en que el aparato público ya tiene desarrollado un sistema de transferencias –con importante cobertura en sectores informales, por lo demás–, como es el caso de la Cuenta Rut y el Ingreso Familiar de Emergencia

Sin embargo, lo que hemos visto en los hechos en este último tiempo ha sido una política pública notoriamente marcada por la improvisación y el abuso mediático; quiebres de stock en ciertos productos, pagar un precio mayor en algunos alimentos que se deben importar para tenerlos de forma inmediata, gran diferencia en el balance de entrega de cajas –razón entre las repartidas a la fecha y el total proyectado– entre regiones y lo que ocurre en la capital, denuncias del Ministerio Público sobre irregularidades en el diseño de contratos entre las Intendencias y empresas proveedoras del servicio, entre muchas más. Punto aparte la filtración del instructivo elaborado por la SECOM, en donde se detalla cómo debe ser el proceso de distribución de las cajas, destacando  –nada más que por lo vergonzoso– “siempre valorar la figura del presidente”, etiquetar en Twitter al jefe/a de la respectiva comuna y nitidez en las fotografías que se saquen “para ser usadas en televisión”, además de que se vean “funcionarios bajando las cajas y entregándolas a las familias”. En definitiva, pura pirotecnia. 

Lo que se desprende de todo lo anterior, es que más allá de entregar contención al durísimo embate que plantea el COVID  – 19 a cientos de chilenos/as, lo que hay detrás en el actuar del Gobierno, es un claro intento por parte del Presidente de la República por mejorar su posicionamiento político. Un audaz movimiento, si se incorpora en el análisis el hecho de que, durante el desarrollo del estallido social, la figura de Sebastián Piñera alcanzara a los ojos de la ciudadanía la peor aprobación hacia la gestión de un mandatario desde que se tienen registros. De alguna manera, la llegada de la pandemia puede considerarse como un salvavidas para el Gobierno de cara al fin de su período en La Moneda. Tanto el Presidente como su círculo de hierro están muy conscientes de esto. 

No obstante, mejorar su imagen requiere prudencia y responsabilidad, adscribir a justificaciones técnicas en los estímulos de nuevos planes sociales y no dejarse inmiscuir por las pulsiones del momento. No hacer un festín con aquello que más aclamaban muros y calles durante el último octubre chileno, la dignidad de las personas.

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