Aporofobia: el rechazo al pobre

Por Rocío Leiva Mora

Aporofobia: Del griego áporos, que se refiere a las personas carentes de recursos, y de la palabra fobéo, que se refiere al rechazo y al miedo. Esta palabra, relativamente nueva, fue acuñada por la filósofa española Adela Cortina y nace con el objetivo de darle nombre a un fenómeno que hasta hace un tiempo no lo tenía: el rechazo al pobre.

Históricamente el ser humano ha manifestado una tendencia a rechazar a quien es distinto. Si nos centramos un momento en el rechazo al extranjero, notaremos bien que no se rechaza a todo extranjero: recibimos con amabilidad al turista, a quien llega a nuestro país a invertir o nos trae algún tipo de beneficio, pero rechazamos al extranjero necesitado, aquel que llega aparentemente sin darnos mucho a cambio. Acá notamos entonces que no se trata de mera xenofobia, sino que hay otro fenómeno detrás: la aporofobia.

La aporofobia no distingue si el pobre es extranjero o no, si es un desconocido o un familiar, si es hombre o mujer. Adela Cortina explica que el ser humano es un ser reciprocador: damos, pero buscando obtener algo a cambio. De lo anterior se tiene que hemos construido una sociedad basada fuertemente en este principio: una sociedad contractual, de intercambio, una sociedad del “hoy por ti, mañana por mí”. Y, ¿quién queda excluido en el juego del intercambio? aquel que aparentemente no tiene nada valioso que ofrecer; a este se le margina y se atenta así contra su dignidad.

Podemos considerar como una evidencia de esta exclusión la segregación geográfica que se observa en nuestro país, donde los hogares se distribuyen en el territorio según su nivel de ingresos (recordar el caso de las viviendas sociales en Las Condes); también cuando vemos que ciertos grupos se burlan de quienes se ven en necesidad de protestar por pasar hambre; en la discriminación al extranjero (pobre); y también en cómo se configura la educación, los espacios de recreación, círculos sociales, etc. A veces el rechazo es más implícito que explícito, pero sigue siendo rechazo.

Ante la llegada del covid-19, se hace aún más complejo el desafío de lograr una mayor cohesión social en el país y sin duda, la aporofobia no ayuda. La pandemia, sabemos, perjudica de forma discriminada a los más vulnerables y uno de los desafíos que deberemos afrontar producto de esta esta crisis será el aumento en la pobreza. El Informe Especial COVID-19 N°3 de la CEPAL señala que, en la proyección más optimista, este año el país pasará de un 9,8% de pobreza a un 11,9% y, a nivel de Latinoamérica, el aumento de la pobreza significará un retroceso de 13 años. 

Teniendo en cuenta el desafío que se avecina en materia de pobreza, vale la pena preguntarnos ¿es la sociedad chilena, una sociedad aporófoba? Para Adela Cortina, toda sociedad es aporófoba y señala: “si no se respeta la dignidad de todos no hay posibilidad de democracia”. 

Otro fenómeno que aparece es que nos compadecemos más por quienes sufren lejos nuestro que por quien está cerca. Rechazamos con vehemencia el racismo que ocurre lejos pero no así el que se vive en casa; nos conmueve la pobreza de los continentes lejanos, pero se rechaza al pobre que está cerca; porque desde lejos es posible mostrar una compasión que no implica ni incomodidad ni compromiso; de hecho, fue sencillo mostrar compasión al ver el sufrimiento que dejó el terremoto del 2010 en Haití, pero ahora que se tiene al haitiano cerca, se le trata con indiferencia. Quizás hemos avanzado como sociedad en cuanto al respeto, pero queda mucho en lo que respecta a la empatía y la compasión; aún en el respeto hay cabida a la indiferencia y el egoísmo.

¿Qué hacemos ante el problema de la aporofobia? Hasta ahora solo he planteado un problema sobre el cuál reflexionar. Sin duda la educación tiene un rol en este asunto, pero como indica Adela en su libro Aporofobia, el rechazo al pobre, la educación no viene solo de las escuelas sino también desde las instituciones y los medios de comunicación; vivimos en una sociedad que “no educa en el respeto a la dignidad ni tampoco en la compasión”. Es clave no solo cuestionar si el “otro” es aporófobo, vale la pena cuestionarnos si nosotros mismos lo somos. Adela Cortina señala para el diario El Mundo: “la gente admira a los que están bien situados y desprecia totalmente a los que parece que han fracasado en la vida, pero en realidad la pobreza tiene que ver con el fracaso de una sociedad”.

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