Tomar distancia

Por Marco Bravo Gatica

Desde octubre hasta aquí hemos presenciado un envilecimiento de la esfera pública. Ya lo ha criticado bastante el ensayista Carlos Peña, quien ha señalado que el hecho de que los grandes temas de la nación se discutan en matinales o en modo de farándula impacta duramente en un mal entendimiento de los fenómenos que acontecen. Estos últimos se reducen a causas únicas aglutinadoras y soluciones fáciles y obvias, en donde la simplificación del acontecer político y social se reducen a la política del entusiasmo y se infecta el debate de moralización. Pero otro problema que contamina a la esfera pública es aquel que le acontece a la “clase” intelectual. El pensar calculante pareciese haber consumido en gran parte a su par reflexivo y el afán por encontrar verdades únicas y sólidas se contagia a los/as “intelectuales”, aquellos encargados de enfrentar de manera pensativa las contingencias que nos impone la naturaleza.  Es justamente el quehacer de los intelectuales uno de los ámbitos que no han dado la talla a los desafíos que se nos han presentado en el último tiempo.

Quienes deben despertar a las gentes de su existencia sonambúlica, aguijonear las conciencias y estar constantemente rellenando la fogata que ilumina al resto de la sociedad para la deliberación; han sido anestesiados y capturados por la tribu y por sí mismos, al adherir a ciertos fetichismos o verdades a medias y se han convertido en “iluminados” que buscan imponer su verdad, que no es más que sus sesgos y tesis preconcebidas.

La situación se puede graficar en lo que ha ocurrido en tiempos de pandemia. Es un error por parte de ciertos intelectuales, el buscar atribuir sus tesis a los acontecimientos y con ello llevar a cabo ciertas políticas públicas por ejemplo asociadas a sus ideas. Corresponde entender que el momento es uno de excepción, y que, si bien requiere también políticas de excepción, tras acabar la pandemia- porque en algún momento acabará- se retomarán debates muy legítimos, pero no vendrán impuestos por la pandemia misma. Esa manía de intentar instalar su ideario aprovechando cuanto suceso ocurra refleja que, más que buscar entender los acontecimientos, se pretende usar los acontecimientos como instrumentos de lucha. 

Un caso se puede ver cuando se profesa que llegó el tiempo del Estado y la autoridad, aquel en que estos se entrometerán en nuestras vidas de manera permanente. Otro es el hecho de vaticinar el fin del mercado o más precisamente del capitalismo. Aquellas tesis grandilocuentes reflejan la miopía de ciertos intelectuales por acotar el debate a la situación actual en que vivimos, aprovechando la incertidumbre reinante para instalar sus programas. Ante los ejemplos, se puede avizorar que vivimos en tiempos de empoderamiento del Estado, y su necesidad ha sido bien recibida por los ciudadanos que hace unos meses daban claras señales de su agotamiento. Pero reducir el acontecer y generar soluciones permanentes a un shock transitorio da cuenta de la gran carencia de los intelectuales en nuestro tiempo, el tomar distancia.

Tomar distancia conllevaría, no sin mucho esfuerzo, abstraerse de los sesgos propios y reflexionar de manera más sincera y profunda. No olvidar las palabras del filósofo chileno, Jorge Millas: “Mirar las cosas siempre de nuevo y más allá de la última visión lograda.”

Las bondades del quehacer reflexivo llevan al resto de la ciudadanía a su humanización y libertad, al hacerlos presentes de su propia vida más allá de un mero “sobre-vivir”. Sin embargo, para que esas bondades se hagan presentes y no se transformen en discursos poco honestos, la exigencia ineludible por parte de los intelectuales es de recordar la propia falibilidad y el tomar distancia.

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