Era la economía, estúpido

Por Bruno Odone Pasquali

La frase “It’s the economy, stupid…”  fue acuñada por primera vez durante la campaña presidencial estadounidense de 1992. El encargado de inventar la repetida frase fue James Carville, asesor de Bill Clinton. Carville tenía la dura tarea de hacerle frente al casi imbatible, para la mayoría de las encuestas y analistas políticos, George H. W. Bush. De esta forma, la frase se transformó en un verdadero mandato filosófico dentro del equipo de campaña de Clinton y orientó todo discurso, palabra y gesto del candidato demócrata. Ese era, según Carville, el único modo de vencer al ampliamente favorito Bush, quien se presentaba para su reelección con cerca de un 90% de aprobación debido a la exitosa primera guerra del Golfo (la vieja táctica de usar conflictos bélicos para ganar elecciones). Sin embargo, y contra todo pronóstico, Clinton logró dar vuelta las encuestas y lo hizo precisamente haciendo énfasis en el elemental (y muchas veces ignorado) hecho de que, sin una economía próspera para la sociedad completa, todo lo demás pasa a segundo plano.

Y cuando Carville decía todo lo demás, efectivamente era todo lo demás.

Yo mismo me hubiese negado a aceptar una afirmación así de rotunda hace dos meses. Pero la actual crisis me puso frente a la verdad. Las situaciones extremas, dicen, te ponen frente a la verdad. Es casi poético, una manera elegante de decir que las situaciones normales la eluden (posiblemente esa es la razón por la cual muchos quieren volver prontamente a la nueva normalidad). Y es que las mentiras habituales que nos acompañaban todos los días ya no funcionan bien, hay que crear mentiras especiales que sirvan para tranquilizarnos durante este sombrío y triste espectáculo.

Y hay una mentira que circulaba con particular fuerza: que China pudo enfrentar de mejor manera la pandemia porque es una dictadura, que pudo cerrar sus ciudades y obligar a sus ciudadanos a respetar las cuarentenas porque es un régimen autoritario. La idea se transformó en uno de esos lugares comunes que aceptamos y repetimos sin repensar. Me incluyo porque también lo creí en un principio, pero pronto apareció Corea del Sur, quienes igualmente supieron contrarrestar el virus con éxito. Solo me quedaba una explicación: La cultura asiática. La caricatura era perfecta: Ordenados, metódicos, organizados y respetuosos. Pero luego llegó Nueva Zelanda y la caricatura se derrumbó como castillo de naipes. No eran ni las dictaduras ni los asiáticos. La crisis me puso frente a la verdad: Los países que enfrentaron con mayor éxito al virus fueron los países más ricos. Efectivamente, ¡era la economía, estúpido!

El obstáculo para establecer cuarentenas extremas en las democracias occidentales nunca fue la libertad. Nada indica que millones de ciudadanos se habrían negado a encerrarse, arriesgando su salud y la de sus familias por gusto. La clave estaba en el axioma más esencial que tiene la ciencia económica: Los individuos responden a incentivos. Nadie podía quedarse encerrado en su casa sin trabajar, el incentivo a tener algo en la olla para el otro día es más fuerte que cualquier virus.

El caso de Chile, y Latinoamérica en general, nos hizo abrir los ojos. Acá, a diferencia de Europa y de los países ricos de Asia, la gente no respeta el encierro, pero la explicación nunca fue el sistema político ni la raza (si es que existe eso de la raza), siempre fueron los incentivos económicos. No hay cuarentena viable en la práctica cuando el porcentaje de empleo informal en nuestro país era cercano al 30% hasta antes de la crisis. La gente saldrá igualmente para poder comer al día siguiente sin distancia social ni comisaria virtual que lo impida. Y ahí surge el rol del Estado para entregarle los recursos a quienes no puedan generar ingresos producto de la medida. El incentivo para quedarse en casa no era repetir la orden mil veces en un matinal o hacer campañas por redes sociales (#QuédateEnCasa), el incentivo real era entregar los recursos suficientes para que las familias puedan quedarse tranquilas en las casas, sin necesidad de salir.

Siempre fueron los incentivos, y siempre lo serán. Como para tenerlo en cuenta para la próxima vez.

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