No son 30 pesos, no son 8 minutos

Por Camilo Ernesto González

Las protestas del 18 de octubre en Chile tuvieron al mundo expectante por unos meses. Todos querían una respuesta. Chile, la nación insignia del neoliberalismo y una de las economías más prósperas de América Latina se levantó en un “Estallido social”, involucrando a todos los sectores de la sociedad chilena es algo tan insospechado como las recientes protestas ante el asesinato a manos de la policía del afronorteamericano George Floyd. Una vez más el sacrosanto PIB no fue sinónimo de absoluto bienestar.

Si algo debemos aprender los individuos y los políticos de estas crisis es el sentido de responsabilidad, el hacerse cargo, el compromiso social y no me refiero a sus planes económicos de gobierno a corto ni lejano plazo, sino esas falencias sociales que por siglos han atormentado a los pueblos y se han acumulado como una fuerza telúrica entre las placas tectónicas de los más vulnerables. ¿Acaso creen que estaba en la mente de Donald Trump tener que darle prioridad a la solución del problema racial en Estados Unidos? ¿Creen que estaba en la mente y las prioridades de Piñera resolver las promesas no resueltas de 30 y más años de democracia en Chile? Pero los políticos y presidentes que vengan van a tener que cargar como Atlas con este peso que la historia les impone.

La necesidad de la participación política y democrática por medio del voto. Más allá de las lecciones espaciales del voto, se ha demostrado socialmente que la carga acumulada de pequeños costos maximizados individualmente en la pereza y en la ignorancia política ha despertado los titanes sociales de la falta de representatividad y el empoderamiento de personajes políticos faltos de empatía y de credibilidad social.

Lo que más llama la atención son los parecidos entre ambos procesos, que han despertado las más absurdas tesis conspirativas, llegando incluso a culpar a políticos de la izquierda chilena en el movimiento antirracismo norteamericano. El proceso chileno en contra de las promesas no resueltas del neoliberalismo parece tener su paralelo con las protestas de Minneapolis en contra del racismo institucional. Sean 30 o 400 años, la sociedad chilena y norteamericana actual ha decidido no aguantar más.

Se han vertido ríos de tinta con el fin de encontrar un cabeza de turco, un responsable de la crisis como en antaño se culpaban a las brujas de las malas cosechas. Cambian los responsables con la rapidez con la que el presidente de los Estados Unidos decide enviar un tuit. Parece llegar tan lejos como para incluso violar los principios democráticos y libertades políticas de los Estados Unidos. ¿No se le ocurre mirar hacia dentro? ¡Es que el vacío no es solo político!

Pero la realidad es la priorización de la economía por encima del bienestar ciudadano parece ser el telón de fondo, ese bienestar que nos empeñamos en equiparar en dígitos de PIB. Pero lo cierto es que encuentro como si volviera a vivir un Deja vu. Fuerzas policiales devenidas en fuerzas represivas resistiendo un cambio social inminente invocadas bajo los principios democráticos que deben defender, presidentes invocando principios religiosos y sociales como oráculos medievales y soluciones políticas como sacadas de manuales de bolsillo. Viendo esto ciertamente no podemos hacer otra cosa que poner las manos sobre la cabeza.

El 18 de octubre la subida de los precios del metro destapó la Caja de Pandora que sacude (porque creo que aun no ha terminado) a la sociedad chilena y ha movilizado el movimiento social más efervescente de los últimos 30 años de democracia en Chile . No es una crisis solo del modelo neoliberal, son todos los asuntos sociales escondidos bajo el tapete de la política y lo social, asuntos no resueltos porque el costo político es muy alto, hasta que el movimiento social saca a la luz toda la irresponsabilidad política en el trato a la mujer, el acceso a la salud y la educación, la discriminación racial y educacional, la pobreza y el Némesis del neoliberalismo: “la desigualdad”.

El problema es no ser simplista y polarizante, refugiarse en las esquinas del ring parece ser una actitud política universal que busca culpar a las trincheras opuestas de la catarsis política del poder, que ha sido la manera de “resolver todos los conflictos políticos y sociales” desde antes de la Guerra Fría hasta la actualidad. Pero estos políticos de manual se han encontrado con una generación asteada de retóricas torcidas y de semblanzas repudiables.

Pero si el voto es la solución ¿por quién votar? Los costos políticos de actitudes sociales negligentes han dejado a Chile y a Estados Unidos sin figuras políticas fuertes. Mientras Trump se refugia en los sectores de ultraderecha y culpa de la izquierda radical y al partido demócratas de sus propios fracasos y sus burradas encontramos un Biden difícil de digerir. Por otra parte, es difícil encontrar una figura política que sirva de oposición a un Piñera sin aceptación social y acorralado bajo el peso de los intereses políticos que le llevaron al poder sin entender que las calles han determinado otro destino, incluso es difícil aceptarle un sustituto.

Sea cual sea la sociedad que se fecunda con las protestas tiene que ser indiscutiblemente más inclusiva y propensa al intercambio social. Más allá de la visión que se tenga de los presidentes democráticos, tengamos en cuenta que Estados Unidos el “país más democrático del mundo” hoy moviliza más recursos federales para segar las protestas que para frenar la pandemia del COVID19. Nadie está a salvo del poder que se le está entregando en las urnas. ¡Más vale no pecar de ingenuos!

No son 30 pesos son 30 años encuentra su versión anglosajona en: No son 8 minutos son 400 años, una clara alusión a los 8 minutos y 46 segundos que tomó asesinar a George Floyd. Parece que nuestros políticos no se percatan que su indolencia no solo se mide en PIB, se mide en vidas humanas. Quienes sufrimos de gobiernos autoritarios sufrimos más ante las falencias de la democracia. Comprender que las sociedades modernas no pueden ser leídas con los manuales del pasado se vuelve una necesidad histórica, se hace historia en las calles y somos parte de ella. Necesitamos una élite realmente representativa, no una cúpula semi endiosada que esté encapsulada en “éxitos monetarios” y desvirtuada de la realidad social. Necesitamos una reconstrucción de nuestras democracias, más representativas y sociales, más libres de prejuicios de guerra fría, donde un giro a la izquierda no signifique terminar bajo los telones del antiguo Moscú sino un modelo puramente novedoso y multidimensional.

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