Poder

Por Matías Acuña Núñez

La muerte de George Floyd a manos de la policía la semana pasada ha desatado una ola de manifestaciones en Estados Unidos. En medio de uno de los momentos más complejos en mucho tiempo, la gente está saliendo a las calles a protestar contra el abuso policial y, principalmente, contra el racismo. Gracias a las bondades de la tecnología y por el hecho de que vivimos en un mundo altamente globalizado, la noticia se ha expandido rápidamente, lo que tiene a millones personas de diversos lugares del planeta apoyando esta legítima causa; ya sea mediante sus redes sociales o en la misma calle, como es el caso de varios países europeos.

La historia de Estados Unidos está marcada por una larga tradición de discriminación racista que va desde la esclavitud, al movimiento por los derechos civiles de Martin Luther King y lo ocurrido históricamente con la población indígena e inmigrantes latinoamericanos, asiáticos y europeos. Dado ello, probablemente resulte simplista atribuir sólo a Trump la responsabilidad de lo que ocurre. Sin embargo, un presidente que hizo campaña con la idea de instalar un muro para controlar la inmigración de ciudadanos mexicanos y que hoy ha respondido a las protestas con un discurso violento y polarizador, sin duda que ayuda a intensificar el descontento. De alguna forma, el mandatario ha colaborado a convertir esta lucha minoritaria, en una reivindicación social.

Los recientes sucesos se suman a la no menor cantidad de levantamientos sociales ocurridos en el último año -y en la última década, por cierto-, dentro de los que se hallan Chile, Ecuador, Francia y Puerto Rico, sólo por mencionar algunos. Aquello produce interrogantes sobre la estabilidad de la democracia, y su latente vulnerabilidad a las crisis sociales. ¿Será esto algo propio de su naturaleza? ¿Algo que yace intrínseco en un sistema que da libertades a sus integrantes para actuar de manera en que socavan el status quo?

En medio de toda esta discusión, algo que sin duda ha provocado curiosidad es la irrupción de Anonymous. La aparición de la famosa máscara en cada una de nuestras pantallas probablemente haya provocado sensaciones diversas. Por un lado, parece brindar la narrativa que estaba haciendo falta para consignar a este año como digno de un rodaje cinematográfico; lo que ayuda a la distensión en un momento en que esto es especialmente necesario (dada la catástrofe sanitaria y económica que vivimos). Pero por las mismas razones por las que para algunos supone algo entretenido, es que para otros este hecho ha despertado signos de la más grande desesperanza. No obstante aquello, ¿cuál es el origen de la máscara de la que todos hablan?

Cuenta la historia que en los albores del siglo XVII, la comunidad católica residente en Inglaterra estaba altamente descontenta con la gran represión que el Estado absolutista, dirigido por Jacobo I, les imponía. Un grupo de ellos, liderados por Guy Fawkes, organizó la llamada “Conspiración de la Pólvora”, la cual tenía como objetivo hacer explotar el Palacio de Westminster -lugar en donde se reunía el rey junto al parlamento británico- como un primer paso para acabar con la represión y establecer un Estado católico. Pese a los esfuerzos, el complot fue descubierto y sus responsables fueron ejecutados públicamente. Sin embargo, la historia se encargó de convertir a Fawkes en un símbolo de revolución, dando inspiración a la máscara que hoy forma parte de la cultura popular y que está basada en sus rasgos faciales.

Es así que nos preguntamos nuevamente: ¿Son las crisis sociales algo propio de la democracia? Aristóteles probablemente nos diría que más que de la democracia, las crisis sociales son propias de la política. Y es que -parafraseándolo- si la gente cree que tiene menos de lo que merece; se siente despreciada o socialmente inferior; y habita un lugar en donde el bienestar se desarrolla de manera desproporcionada, pueden armarse facciones que busquen un cambio. Es decir, cuando los oprimidos se dan cuenta de que son oprimidos, no tarda en llegar un levantamiento social, sea en una monarquía como la de Jacobo I o en una democracia como la que eligió a Trump.

Sin embargo, también es interesante analizar las diferencias entre la Inglaterra de esa época y la de los conflictos sociales actuales. No es difícil advertir la gran brecha temporal que los separa, lo que involucra divergencias en torno al nivel de conocimiento, información circulante, ciencia y tecnología. Las sociedades de hoy son, con toda seguridad, mucho más avanzadas que las de ayer. Y las personas, al ser más educadas, son más autónomas.

En este sentido, podemos apreciar que la tecnología ha impulsado algo así como la “digitalización de la vida”, lo cual implica que gran parte de nuestra cotidianeidad y nuestras relaciones sociales son en torno a nuestros dispositivos electrónicos. Cada persona vive su propia burbuja, mirando los contenidos que le gustan, lo que tiene efectos en la construcción de la propia identidad. Aquello podría interpretarse como sinónimo de que la tecnología nos está aislando y haciendo más individualistas, y menos propensos a hacernos parte de causas sociales. Pero académicos como Manuel Castells le dan una interpretación algo distinta. Según el sociólogo español, la tecnología, y más precisamente, las redes sociales, han aumentado el sentimiento de solidaridad entre las personas del mundo.

Por consiguiente, el acceso a la información y el conocimiento, y el avance de la tecnología nos han hecho, por un lado, más autónomos (lo que no implica que más individualistas) y, por otro lado, más solidarios. Es decir, podemos concebirlos como una herramienta para la organización social, una suerte de catalizador de las causas sociales. Al final, sociedades con más acceso al conocimiento son, probablemente, sociedades más empoderadas y democráticas. Esto toma sentido cuando pensamos en que la manifestación ciudadana de los problemas sociales es un acto profundamente democrático.

Podemos apreciar, entonces, que a diferencia de otros tiempos, hoy el conocimiento está notablemente más democratizado. Gracias a la tecnología, ya no existe un monopolio de la información por parte de la autoridad, lo que implica que esa autoridad cede algo de poder.

Y ante esta premisa, Anonymous es la representación por excelencia. Su alto acceso al conocimiento tienen hoy a varias instituciones, incluido el presidente de la nación más poderosa del mundo, amenazados públicamente respecto de revelar información comprometedora. Cierto o no, esto significa grandes obstáculos para la gobernanza, debido al efecto que provoca esta circulación de información entre las masas.

Ya no nos preguntamos, entonces, por la estabilidad de la democracia, sino que por la del poder mismo. Es la figura de la autoridad lo que está en jaque: ¿hasta qué punto el avance de la tecnología, y más precisamente, la masificación de la información son coherentes con la noción de sociedad y de política que tenemos? ¿Podrán coexistir en el futuro la sociedad de la información y el poder?

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