Pobreza y obesidad, una relación desgarradora y subvalorada

Por Daniela Montes de Oca

Hace poco más de una semana las redes sociales se inundaron de burlas dirigidas a un grupo de personas que, en un contexto de cuarentena obligatoria, se vieron en la necesidad de protestar motivados por el hambre que acecha a sus familias. Las burlas nacían de la incongruencia que los televidentes notaron en la contextura física, el nivel socioeconómico y las demandas de los protestantes. Entonces me pregunto, ¿es realmente incongruente? La respuesta es que no. Es un problema grave que muchos países enfrentamos pero que permanece en segundo plano. Para hacerlo más evidente, me refiero a la subvalorada y desgarradora relación entre pobreza y obesidad.

Se ha observado que la calidad de la dieta depende del nivel educacional, los ingresos, el nivel socioeconómico y las ocupaciones de los integrantes de los hogares. La decisión sobre qué alimentos consumir, por su parte, depende del sabor, el costo por caloría, el tiempo dedicado a la compra y preparación, la variedad y disponibilidad de mercados y qué tan saludable sea el alimento. Por lo tanto, es un problema complejo con muchas variables que lo determinan. Personas pobres tienden a elegir peor su alimentación porque las otras opciones se descartan por precio, distancia física, tiempo o conocimiento.

Comidas densas en energía (alto contenido calórico) compuestas de altos niveles de grasas y carbohidratos suelen tener precios más bajos, y por lo tanto, son consumidas en mayor proporción por hogares con un presupuesto ajustado, que maximizan la ingesta calórica para poder sobrevivir el día a día. El problema es que estos alimentos son deficientes en nutrientes necesarios para una vida saludable y pueden llevar a la obesidad. 

La dieta asequible, alta en calorías y baja en nutrientes, tiene efectos en el individuo y en la sociedad de la que forma parte. El sobrepeso y la obesidad están asociados a enfermedades como diabetes, hipertensión y distintos tipos de cáncer, además de afectar el bienestar emocional y psicológico. Esto trae consigo altos costos para la sociedad en términos de gasto en salud y años de vida potencialmente perdidos.  

Acercaré el problema a la realidad de nuestro país. Según la Encuesta Nacional de Salud en 2016-2017 el 74,2% de la población padecía sobrepeso u obesidad (personas mayores a 15 años), es decir, aproximadamente 3 de cada 4 chilenos. Si miramos en más detalle, el 39% de las mujeres padecen obesidad mientras que el 30% de los hombres (importante diferencia, muy relacionada con la sobre afectación de la mujer por la pobreza, pero eso queda para otra oportunidad), y más preocupante que eso, personas clasificadas en un nivel socioeconómico bajo alcanzan una prevalencia de obesidad de un 40,3% mientras que personas pertenecientes a nivel socioeconómico alto solo un 26,5%. 

Este problema ya está lejos de ser un problema únicamente de salud, es un problema económico, y está lejos de ser un problema individual, es un problema de la sociedad, del que debemos hacernos cargo. Existe evidencia que apoya políticas públicas costo efectivas para atacar el problema, solo falta voluntad política para llevarlas a cabo. El etiquetado de los alimentos ha sido un buen comienzo para informar a las personas sobre lo que consumen, un próximo paso podría ser implementar impuestos a ciertos productos nocivos y subsidiar productos beneficiosos para la salud, teniendo en cuenta la logística detrás de ellos, para que el público objetivo de la política sea el beneficiado.

Referencias:

Drewnowski, A. The Economics of Food Choice Behavior: Why Poverty and Obesity Are Linked. (2012)

Tanumihardjo, S. Anderson, A., Kaufer-Horwitz, M., Bode, L., Emenaker, N., Haqq, A.,  Satia, J., Silver, J., Stadler, D. Poverty, Obesity, and Malnutrition: An International Perspective Recognizing the Paradox (2007)

Vio, F., Kain, J. Descripción de la progresión de la obesidad y enfermedades relacionadas en Chile. (2019)

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