El apagón de la vejez

Por Marco Bravo Gatica

La vejez en la antigüedad era merecedora de respeto por el resto de la sociedad, gracias a la experiencia y vivencias que acumulaban aquellos sobrevivientes de la vida. El significado de estar en esa estancia hoy pareciese ser más tedioso que de costumbre. No basta con el hecho de vivir de pensiones poco cariñosas, ser muy cercanos a la soledad o hacer frente a mayor cantidad de enfermedades, un virus poderoso se encarama de golpe en la cima de preocupaciones y miedos.

Este año -con el COVID-19 instalado- su dinámica común y la rutina de vida que llevaban los adultos mayores se ha acotado a cuatro paredes. Su vida se estaría resumiendo a recordar, a través de los medios, el hecho de que son los individuos con mayores probabilidades de perecer y hace imposible el no sentir muy presente aquel enemigo que los tiene confinados. La inmensa pérdida de calidad de vida puede llegar hasta a hacer meditar si de verdad es que vale la pena vivirla, en vista de que corre con desventaja frente al germen. Y lo peor pareciera ser el hecho de que ha perdido cualquier control de su acontecer al ser muchas veces excluido de las decisiones más importantes, solo acatando la protección y el infantilismo con el que se le trata.

La necesidad entonces de incorporar a la tercera edad en el diálogo sobre su propia vida resulta crucial si es que una de las demandas del Chile actual se toma en serio, a saber, aquella que consiste en tratar a cada ciudadano como igual, digno de respeto. La pérdida de autonomía, aquella que nos brinda la dignidad, por parte de los adultos mayores exigiría que como mínimo se les incluya o represente de alguna manera en el necesario debate que estamos teniendo la sociedad para hacer frente a una crisis de dimensión histórica. Hasta hoy, aún están siendo, como Elizabeth Anderson lo describe, tratados como parias, como ciudadanos de segunda clase.

No cabe duda de que, al ser la población de mayor riesgo, exige mayores cuidados, pero el tratar esas preocupaciones exige que ellos estén presentes en la conversación. Resulta crucial, para un correcto diálogo, incluir las voces de aquellos- que son un gran número- que cuentan con las facultades cognitivas para aportar en esa discusión sobre su propio acontecer. Por ejemplo, muchos podrían no tener patologías que hagan empeorar su estado y podrían gozar de más libertades, dado que lo que se busca, en el fondo, es focalizar restricciones por riesgos y no por edades. La situación amerita una focalización más detallada y reflexionada por encima de recurrir a la evidente facilidad de coartar a los mayores, dejando a muchos en un estado que no necesariamente les corresponde.

Si para la mayoría de las personas es un esfuerzo tremendo quedarse en sus casas, para la tercera edad, el hecho de ver que sus posibles últimos tiempos consistan en permanecer encerrados y no vivir, parece ser un golpe letal, un corte de las energías vitales. El virus acabará apagando a los adultos mayores, pero no por su adquisición sino por quitarle la libertad de decidir por su propia vida.

One thought on “El apagón de la vejez

  1. Que gran verdad don Marco, pero esto de hacer a los abuelos a un lado no es de ahora se ha dado siempre, solo que ahora para ellos es más difícil asimilar ese “abandono”, sin el confinamiento se reunían con un vecino, o algún colega de sus años de trabajo y conversaban de todo un poco, es necesario hacerles saber que su opinión aún es importante para la familia, por eso un mensaje a las personas que aún tengan a sus abuelos con ellos, pregunten acerca de sus vivencias, a parte de aprender los hacen sentir que aún tienen algo que entregar.

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