Omertá

Por Bruno Odone Pasquali

La publicación de El Padrino en 1969 convulsionó el mundo literario. Por primera vez, la mafia siciliana protagonizaba una novela, desnudando las complejas estructuras sociales que dominaban el crimen organizado italiano y sacando a luz la cultura, tradiciones y secretos que la cosa nostra soportaba.

La novela escrita por Mario Puzo, un italoamericano con un trabajo mal pago y lleno de deudas, se vendió como pan caliente y terminó arribando a la pantalla grande, donde el éxito se multiplicó. Pero no todo fue fácil para el autor: Las presiones de la mafia fueron tantas que todos los que participaron en la producción del filme sufrieron amenazas telefónicas y se amenazó con boicotear el rodaje en diversas ocasiones a partir de avisos de bomba y de fuertes presiones de la Liga de derechos civiles italoamericanos, movimiento liderado por Joe Colombo, el jefe de la familia Colombo, una de las ‘Cinco Familias’ de la cosa nostra en Nueva York.

Y es que la historia protagonizada por la familia Corleone destapaba los secretos más ocultos de la mafia siciliana, pasando a llevar lo más preciado que tiene el crimen organizado: La ley del silencio u omertá. La omertá es el código de honor siciliano que le prohíbe a los involucrados entregar información sobre las actividades delictivas de las cuales forman parte, imposibilitando a cualquier miembro de la mafia a cooperar con autoridades estatales y permitiendo que la información se mantenga exclusivamente en el círculo cerrado de la mafia. Si la omertá se rompe, el castigo es claro: La muerte o, en jerga siciliana, dormir con los peces.

Así, la ley del silencio no cumple un rol banal dentro del crimen organizado, por el contrario, es la razón de su existencia. Desde la economía, podemos describir a la omertá como el principal incentivo para generar un equilibrio cooperativo, es decir, que todos los agentes cooperen entre sí y tomen una decisión socialmente conveniente, decisión a la cual sería imposible llegar si es que los agentes se comportaran buscando exclusivamente su interés individual sin intervención externa. La omertá nos enseña que a la mano invisible de Adam Smith muchas veces le llegan ofertas que no puede rechazar.

En este mundo pandémico hemos confirmado lo que ya sabíamos, lo que le valió un premio Nobel en 1994 al economista John Nash: No todas las situaciones se corrigen persiguiendo intereses individuales, hay ciertas ocasiones en donde todos dependemos de todos los demás. La coordinación, al igual que en la mafia siciliana, es necesaria en los tiempos actuales: Si uno habla, caemos todos. Actualmente, en la lotería del contagio, ocurre lo mismo: Un infectado nos puede contagiar a todos. Mientras no exista remedio, la vacuna somos cada uno de nosotros. De esta forma, el que decide perseguir sus intereses personales (hablar más de la cuenta o romper la cuarentena) nos puede hacer caer a todos.

Los momentos críticos de la historia son aquellos en que el destino no es individual sino común. O, mejor dicho: esos momentos en que no hay forma de negar que el destino no es individual sino común. Aquellos que nos recuerdan lo que Aristóteles nos advertía hace más de 2300 años: Somos un animal político, un ser social por naturaleza, que no puede vivir aislado y sin contacto social (quizás por esta razón nos acompleja tanto lo que estamos viviendo, ¿no?). Y es que el filósofo griego, autor de La Política, aprendió de lo que en su época llamaron “revolución hoplítica”, una nueva estrategia de guerra en donde todos los pelotones sostenían su escudo codo a codo, la deserción de cualquiera mataba a todo el resto. Allí, nuevamente, cada hombre valía lo mismo que el de al lado. De esa experiencia, se dice, nace la democracia.

Y aunque muchos negaron, y seguirán negando, las situaciones en donde la coordinación social supera los beneficios de la mano invisible, los demás podemos quedarnos con una sola certeza: si nos pasó una vez puede pasarnos de nuevo.

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