Gestión Humana

Por Daniel Pacheco Henríquez

Organizaciones de diversa índole enfrentan un complejo escenario a raíz de la pandemia de COVID – 19. Por ejemplo, empresas con distinta estatura y trayectoria,  se han visto enfrentadas al drama de tener que cerrar sus operaciones. Este escenario de emergencia sanitaria, nos plantea múltiples desafíos, haciendo imprescindible el despliegue de considerables esfuerzos en el intento de asegurar la supervivencia institucional. Ahora bien, sin quitarle peso a la importancia que tiene asegurar buenos resultados, las organizaciones no pueden sino guardar especial atención al componente ético y moral que nos plantea este reto de alcance planetario. Esto supone que quienes están a la cabeza liderando equipos de trabajo, deben lograr aproximarse de buena manera a entender los orígenes de los cambios culturales, los sentimientos, miedos y anhelos de las personas, etc.

Sobre la última idea, llaman la atención algunas definiciones adoptadas por ciertas entidades en el transcurso de lo que va nuestra convivencia con el Coronavirus. Sólo para graficar, muestra de aquello es la convicción por parte de las autoridades del MINEDUC, conforme a la cual el SIMCE debe ser materializado sin objeción en el ejercicio anual 2020. Más allá de los cuestionamientos en perspectiva histórica de este instrumento de medición de la calidad en la provisión de educación por parte de los establecimientos escolares, resulta –al menos– “curioso” que la mayor preocupación en materia educacional en este duro contexto sea la variable calidad o rendimiento. Cuando existen importantes beneficios y retribuciones en función del puntaje obtenido, el incentivo a priorizar a toda hora los resultados parece bastante obvio.  

De forma paralela a esta realidad, surgen inevitablemente preguntas del tipo: ¿Por qué no caben dentro de las prioridades resguardar la salud mental y emocional de cientos de estudiantes en Chile? O por otro lado, ¿Cómo exponer lo menos posible a aquellos trabajadores/as que por la naturaleza de sus roles, no pueden desempeñarse a través de teletrabajo? Por cierto, la lista de inquietudes es extensa. 

Lo que deben entender los directivos –de todo rubro, por supuesto– es que en el estado actual de las cosas es muy complejo que las organizaciones logren un desempeño “óptimo” de las actividades que realizan habitualmente. Habrá que sacrificar muchas cosas, no se podrá alcanzar todo lo planificado con antelación. Por lo tanto, más que intentar insistir en el mejor escenario, las energías tendrán que concentrarse en eludir lo peor que podría suceder. Esto sería aumentar –innecesariamente– el rigor subyacente a transitar en el confinamiento, o llevándolo al extremo, que se eleven de manera considerable los números de contagios y fallecidos en nuestro país. 

Eludir estas trágicas circunstancias, demanda poner en el centro de las capacidades de gestión un irrestricto respeto de los derechos humanos. Tomando las reflexiones del gran pensador alemán Immanuel Kant y su famoso imperativo categórico, la gerencia debe apuntar avanzar por un camino pavimentado de una profunda estampa moral, esto es; poner a las personas como fin último de todo su quehacer. 

Lo anterior es un llamado a poner en tela de juicio lo que se entiende tradicionalmente como gestión. Concepto amplio, pero en la cual históricamente se lo ha vinculado a disponer principalmente conocimientos financieros, económicos, de operaciones y logística.  Sin descuidar y minimizar los últimos, si se quiere incluir en el desarrollo de la función directiva un fuerte componente humanitario, es fundamental aproximarse a través del estudio de disciplinas y actividades usualmente despreciadas; me refiero a la filosofía política, historia, literatura y cuantas más. Sólo por medio de ellas es posible alcanzar un mejor entendimiento de la experiencia humana. Y desde luego, las personas son lo más valioso que posee cualquier organización. 

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