Interferencia a la autonomía.

En el amanecer de esta semana mucha gente fue someramente interferida. En aras de la libertad de información, la intimidad de muchos pacientes -afectos al virus que atemoriza a la población- fue obstruida por un medio de comunicación y se pudo ver, casi exactamente, donde se encontraban aquellos que poseían el virus. El hecho ilustra un punto a tomar en cuenta en las décadas venideras, a saber, el peligro de perder el poder de nuestro espacio más íntimo, ya que en las sociedades liberales en que habitamos, la privacidad es el lente a través del cual se puede ver la autonomía.

Sin duda que el progreso de los últimos siglos nos ha traído diferentes bondades, pensando en mejores condiciones materiales, aumentos en derechos, y sobre todo un aumento exponencial del conocimiento. Pero también esa mejora en el conocimiento impacta en lo que se sabe de la vida de cada uno de los individuos.

El drama de los datos de esta semana intimida al avizorar que, frente la debilidad de la privacidad y al galopante progreso de esta nueva sociedad del conocimiento, el futuro moderno augura la ventilación de los hábitos de consumo y movimiento con los que se pueden extraer patrones que a la larga permiten manipular de manera invisible a los individuos, poniendo en riesgo la autonomía individual.

Vista comúnmente como la capacidad de tomar decisiones auténticas sobre cuestiones centrales de la vida, la autonomía cedería un inmenso terreno a aquellos que buscan manipular los intereses con el fin de dirigir tu consumo o conducir tus ideas en elecciones, como ya se ha visto en la elección de Donald Trump o la victoria del Brexit.

Ya nos recordaba Immanuel Kant, hace cerca de tres siglos atrás, que la conducta moral que nos distingue como seres humanos y que nos entrega dignidad es la autonomía, pero cuando distintas entidades nos usan como objetos- heterónomos diría Kant- es cuando dejamos de ser fines y nos transformamos en simples medios.

Justamente el hecho de que las personas tomen sus propias decisiones es la justificación, para algunos como John Stuart Mill, de que exista una coerción social para que las personas no se dañen unas a otras.

Las razones anteriores me parecen suficientes para condenar el oprobio hacia la sociedad cometido por aquel medio de comunicación. Esta interferencia al ejercicio de la autonomía firma un peligroso precedente, uno del que deberemos ir haciendo frente con el correr del siglo. La contienda ya comenzó.  

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