Cine en tiempos de crisis

Estamos acostumbrados a que el cine nos presente historias complejas. La industria de Hollywood, con el fin de mantener a las exigentes nuevas generaciones satisfechas, no deja de lanzar sagas interminables con infinitos personajes, sobreexplotando tramas y sacándole hasta el último dólar posible a las buenas historias, olvidando que muchas veces menos es más. Rápidos y Furiosos, Toy Story e incluso La Garra de las Galaxias, han sido algunas de las víctimas de la agresiva vehemencia del séptimo arte norteamericano. Pero ojo, no siempre fue así. Hubo una época en que las películas líderes de taquilla no eran las que contaban con más efectos especiales o las que eternizaban una historia, por el contrario, eran aquellas que narraban sucesos simples y cotidianos, cercanas a la vida común y corriente de cualquier mortal. Así, solo con un hombre que necesita un empleo, su pequeño hijo y una bicicleta, Vittorio De Sica hizo en 1948 una de las mejores películas de la historia del cine, una cinta que hizo llorar a casi toda Italia: Ladri di biciclette, o en español Ladrones de bicicletas, disponible en YouTube para quienes no la han visto.

Pero, ¿Cómo fue que una historia tan sencilla pudo conquistar a millones de personas? Pongámonos en el lugar del público de entonces.

En Italia y en todos los países de Europa Occidental la gente estaba intentando recuperarse de los horrores de la segunda guerra mundial. Los profundos traumas que dejó la guerra se mezclaban con una economía completamente destruida: Faltaban alimentos, los precios eran caros y no había trabajo para todo el mundo. De esta forma, no siempre era fácil dar de comer a la familia y en un contexto donde abundaba la pobreza y la miseria, a la gente no le apetecía ir al cine a ver historias “demasiado bonitas para ser reales”.

El éxito de Ladri di biciclette y del neorrealismo italiano, el género cinematográfico que agrupaba a las cintas que narraban historias de intenso realismo, nos demuestran que las crisis económicas que surgen de guerras, desastres climáticos o pandemias, van más allá de un centenar de empresas cerradas y unos cuantos empresarios en quiebra. En realidad, una economía en recesión se traduce en desempleo, pobreza, hambre, depresión y muertes, afectando la forma de ver la vida de sociedades completas. Y a partir de las concepciones de vida nacen las expresiones artísticas, no solo pasó con el neorrealismo italiano después de la caída del régimen fascista de Mussolini, también pasó con el cine expresionista alemán tras la primera guerra mundial o, inclusive, con el arte gótico tras la peste negra y la guerra de los cien años durante la edad media.

Por esta razón, me llama la atención cuando se trata de crear una disyuntiva entre la economía y las demás actividades que forman parte del ser humano. El modo en que administramos y disponemos de los escasos recursos que nos rodean terminará por afectar ineludiblemente a todos los demás aspectos de nuestras vidas, inclusive el arte. Actualmente, la pandemia ha generado un falso dilema entre economía y salud que se manifiesta perfectamente en las declaraciones de hace un tiempo de Alberto Fernández, presidente de Argentina: “Una economía que cae, siempre se levanta, pero una vida que termina no la levantamos más”.

La frase, creo yo, erra en dos puntos fundamentales:

El primero es establecer que toda economía siempre se levanta. Lo correcto sería diferenciar los efectos a nivel agregado y a nivel individual que las crisis económicas generan. Si bien es cierto que a nivel agregado, es decir, cuando vemos a la economía como un todo, las crisis originan ciclos temporales de recesión que luego vuelven a recuperarse para retornar a la tendencia previa, también es cierto que estas fluctuaciones tienen impactos económicos que pueden ser permanentes a nivel individual, haciendo que una empresa cierre para siempre o que los despidos masivos causen que los trabajadores que queden sin empleo no recuperen su nivel de ingresos ni siquiera 20 años después del despido.

El segundo punto es, precisamente, el de establecer la fallida disyuntiva entre salud y economía. Y es que no se trata de elegir entre una u otra: Ambas se necesitan y complementan entre sí. Investigaciones académicas han demostrado correlaciones entre el desempleo y el suicidio, el uso de drogas y los ataques al corazón. Cuidar la actividad económica, también es cuidar la salud, sobre todo la de los más vulnerables. Sin embargo, cuidar la salud también es indispensable para cuidar la economía. El capital humano que permite a las economías contar con individuos productivos y competentes, se sustenta a partir de dos grandes pilares: La salud y la educación. El desafío es complejo pero aquellos gobiernos que logren proteger de mejor manera la economía y la salud de sus ciudadanos serán los que realmente podrán sacar cuentas positivas tras la pandemia.

Volver a ver hoy (más de 70 años después de su estreno) Ladri di biciclette, puede ser una oportunidad para comprender lo que una recesión económica significa para la vida de miles personas y la forma en que le pega a los más vulnerables. Quizás no tenga los efectos visuales de las películas actuales de Hollywood pero tiene una historia cercana a la realidad que se avecina, en donde los finales felices no les llegan a todos por igual.

Bruno Odone Pasquali.

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