Nuestra elite

“Para la ciudadanía y para el gobierno resulta inentendible que una empresa que se está acogiendo a la Ley de Protección al Empleo, también en paralelo se reparta dividendos casi tres veces más de lo legal. Las dos cosas no conversan”.

Con estas palabras el actual jefe de la billetera fiscal, Ignacio Briones, se refirió a la polémica decisión que tomó hace unos días el directorio del gigante Cencosud, consecuente con repartir aproximadamente el 80% de sus utilidades del ejercicio 2019, en un contexto en donde en los días previos, se había materializado su acogida a la Ley de Protección al Empleo.

Con evidente asombro, no tardaron en aflorar críticas de lado a lado, poniendo énfasis en la poca capacidad para leer y entender el momento que nos encontramos viviendo como sociedad, en donde el cuidado con los guiños y señales que se envían resulta indispensable para sostener la confianza –esto último, clave en una economía de mercado– entre los distintos agentes. Da la impresión, que a través de este controvertido hecho, ganan aún más fuerza las consignas de la ajetreada última primavera chilena, a saber, una desconexión total entre la elite política/empresarial y la realidad que viven millones de compatriotas.

¿Deberíamos sorprendernos? No lo creo. Si atendemos a la revisión histórica  –no es necesario excavar tanto– podemos darnos cuenta que este tipo de actitudes es un rasgo distintivo y sistemático de la clase dirigente chilena. A propósito de tiempos turbulentos, vale la pena traer a colación el momento en donde se intenta instaurar legalmente la dieta parlamentaria en nuestro país. Además de una dilatada crisis del sistema político parlamentario nacional y la cuestión social a tope, Chile era testigo a comienzos de la década del 1920, de una patológica situación de la Hacienda Pública, llevando en su clímax a la mayor parte de los empleados públicos(fundamentalmente profesores y militares) a no recibir ingresos por largos meses. Hasta aquél momento, los cargos de representación popular eran honoríficos y ad honorem, pero en 1924, a pesar de la crítica coyuntura, los parlamentarios vieron la necesidad –exacerbada– de proponerse y brindarse a sí mismos, con absoluta insensibilidad, una considerable dieta parlamentaria. Esto fue lo que terminó desatando la sublevación militar –aunque representando a todo Chile– conocida como el ruido de sables, “gatillazo” de la revolución.

El punto que se quiere ilustrar con este ejemplo, a modo de analogía con la situación expuesta inicialmente, no es cuestionar el hecho de que nuestros representantes no obtengan una remuneración por la actividad que desarrollan –por supuesto que debe existir ese incentivo–, sino más bien, “el momento” en el que se propone el tema a la luz pública. En ambos casos –Cencosud y parlamentarios 1924–, coexistiendo en un entorno con una gran masa de empleados sin sueldo tratando de alivianar el rigor del día a día.

Lo que hay detrás del actuar de la elite chilena a través del tiempo es una clara lógica de análisis costo-beneficio, sin hacer matices. Bajo esta idea, si algo tiene más beneficios que costos, ¡Vamos, adelante! Aún cuando sea éticamente bastante reprochable.

De esta forma, es posible percatarse que la elite política/empresarial queda totalmente superada para entender lo que ocurre a su alrededor, no puede ver con mayor profundidad cómo se acumulan las tensiones propias de una sociedad. Poco sentido común, cero ligazón al territorio; con las entrañas del país real. Se ha dejado al margen el pensamiento, la introspección, la cultura, actuar con prudencia y educarse en virtudes. Nada de esto vemos en nuestra clase dirigente y los prósperos ejecutivos de Sanhattan.

Los buenos liderazgos son clave para la consecución de importantes resultados, para aportar claridad, certezas y racionalidad en momentos complejos. La condición humana necesita refugiarse en ellos para seguir avanzando y desarrollarse. Para alcanzar esto, necesitamos un elite con más contenido, con más lectura, conocedora de la historia de Chile, o en palabras del siempre lúcido Cristián Warknen: “una elite con mayor tonelaje intelectual”.

Daniel Pacheco Henríquez.

Ingeniero Comercial.

Magíster en Economía y Políticas Públicas UAI.

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