La vindicación de la verdad

Puede resultar sorprendente para alguna parte de nuestra historia tener que salir en defensa de la verdad, pero en esta misma trama llamada historia, la verdad pareciera vivir en un zigzag entre su relevancia y su desinterés.

Pero la verdad no es -por lo menos en esta columna- un valor absoluto en cuanto a su importancia en el total de la vida. La relevancia de esta surge sobre todo cuando se presenta en la política. Para emprender esta misión corresponde definir lo que aquí se entiende por verdad, como aquel suceso que debe ser apreciado como verdadero solo cuando su estructura se condice con el estado de los asuntos del mundo, según palabras de Bertrand Russell. Pero también como ejercicio sincero, corresponde señalar que, recordando a Hannah Arendt, “nuestra verdad objetiva nunca está completamente libre de interpretación o perspectiva personal”, pero a ojos de la misma intelectual, “esa situación no puede servir como argumento en contra de la realidad y los hechos, ni puede justificar el desenfoque de las líneas divisorias entre hecho, opinión e interpretación.”

En el sentido recién mencionado, lo que hemos visto desde los sucesos de octubre hasta esta crisis del COVID-19, no es otra cosa que una pérdida de la importancia de la verdad. El sin fin de videos o fotos que abrumaban las redes sociales, recreando muchas realidades en el caso del estallido, a tal nivel que diversas instituciones y medios se vieron moralmente obligados a crear nuevos espacios para investigar sobre la veracidad de distintos sucesos.

Se puede ver entonces que esa natural ansia, según Yuvel Noah Harari,  porque de que las ideas propias alcancen poder, estaría por encima de nuestra preferencia por la verdad. Los hechos entonces quedarían subyugados a preconceptos personales y una perspectiva subjetiva.

Cuando este suceso y las opiniones que de ahí surgen se van tomando la agenda política, los riesgos de empeorar nuestra situación toman forma.

El impacto del desinterés por la verdad se ha empezado a notar en la polarización que reinó en el estallido hasta los días previos a que el virus se tomó la agenda. Tras eso, le siguió una gran desconfianza a todo lo que se diga sobre la realidad del coronavirus en nuestro país. Ocurre, además, que está a la vista la oportunidad de manipular a las masas sin sustento en la realidad. Puede pasar también que los decidores de las políticas comiencen a llevar a cabo acciones en base cosas no ciertas. Donald Trump, un habilidoso empleador de la mentira como herramienta política, por ejemplo, hablo de inyectar desinfectantes para curar del coronavirus, y por fortuna acabó desdiciéndose.

Los peligros futuros que nos plantea esto de la post-verdad parten por ascensos de populismos, como ya hemos visto, pero por sobre todo por su efecto en la cuestión constitucional. El grado cero de la política, que se vivirá cuando se lleve a cabo el plebiscito, requerirá que la verdad este encima de la mesa, para que los distintos actores deliberen de manera racional sobre el devenir de nuestro país en las próximas décadas. Si queremos que el resultado del plebiscito y la eventual nueva constitución se sostenga en piso firme, y aunque la palabra suene exagerada, la vindicación de la verdad debe acontecer.

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