Emergencia y centralismo.

En medio del ingrato momento que nos encontramos viviendo a raíz de la pandemia de COVID – 19, son muchas más las dudas que certezas que tenemos a la hora de proyectar nuestras trayectorias a mediano y largo plazo. Este estado de las cosas puede llegar a generar una especie de neurosis en la población, considerando que los seres humanos nos movemos en función de deseos y expectativas futuras. Experimentamos más bien, la sensación de estar deambulando por un largo y ancho terreno baldío.

Aún así, el trabajo de aquellos que se dedican a sistematizar y reportar información ya nos va permitiendo obtener algunas conclusiones. En este contexto, resulta bastante interesante observar la disímil penetración que ha tenido el virus dependiendo la región de Chile desde donde se efectúa la radiografía.

A pesar de que en teoría, todo el mundo está expuesto a la posibilidad de enfrentarse a esta dura enfermedad, da la impresión de que hay sectores de nuestro país que son más vulnerables a los estragos que genera el COVID – 19.

Lo cierto es que las regiones que se han visto más afectadas son las situadas en el sur de Chile. Al finalizar la jornada del 23 de abril, teníamos a Magallanes con un 5,07% del total de casos en Chile, Biobío con un 5,5%, Ñuble 5,81% y Araucanía con 9,62%. En contraposición vemos un desarrollo distinto en la zona norte; con Atacama evidenciando un 0,17%, Coquimbo con 0,59% o Tarapacá con 1,09%.

Ante el heterogéneo comportamiento de la pandemia en el territorio nacional, surge una interesante pregunta: ¿Es efectiva una respuesta centralizada a esta crisis sanitaria?

Una de las justificaciones más potentes que tiene el sistema de organización política centralizado dice relación con la capacidad de ejercer un importante control sobre lo que ocurre en un determinado lugar, lo que se podría traducir en eficiencia en la implementación de programas, favorecer la rendición de cuentas o Accountability, entre otros.

Muchas veces olvidamos a partir de la definición anterior, que en países con una geografía tan diversa – como es el caso de Chile – los anhelos y necesidades de la gente también atienden a distintas realidades. Resulta obvio inferir que la dinámica vital de una persona es extremadamente diferente dependiendo si vives en Putre, Providencia o Padre Las Casas.

Si tanto alcaldes y gobiernos regionales gozaran de mayor autonomía – en virtud del conocimiento que tienen sobre la ciudadanía en la que desempeñan autoridad – estaríamos en presencia de respuestas mucho más focalizadas y flexibles a la situación que nos aqueja. Con el inicio más temprano de cuarentena y una efectiva barrera sanitaria, lo más probable es que la región de Magallanes no estaría envuelta en el caos actual que presenta, conviviendo entre el conflicto y el aislamiento.

Dicho esto, una vez que se supere este dramático episodio, es inminente la necesidad de incluir en el debate público, la pregunta en torno a cuál es la forma de organización política que más nos conviene a la luz de las experiencias recientes, que otorgue mejores reacciones a las complejidades del siglo XXI. Hay que – al menos – repensar la vieja idea del “orden institucional y control centralizado” que nos ha acompañado durante toda nuestra historia republicana.

Daniel Pacheco Henríquez.

Ingeniero Comercial.

Magíster en Economía y Políticas Públicas UAI.

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