La negación mata

Ya con la pandemia instalada en casi todos los países de manera invasiva, las estadísticas que se pueden ver en cuanto al manejo de distintos países resultan muy ilustrativas. Las altas cifras de contagiados, así como también las de fallecidos se reparten, según los datos disponibles, de manera muy desigual entre naciones. Un dato que resalta es el como le ha ido a aquellos gobernados por presidentes considerados, según la literatura académica, como populistas, debido a la desconfianza que ellos ostentan hacia los expertos.

Para justificar lo anterior, corresponde recordar que el negacionismo por parte de figuras políticas se relacionaba, en el siglo pasado, a aquellos que desconocían las atrocidades provenientes de los totalitarismos. Hoy, la palabra negacionista toma otro sentido en la idea de negar lo que la ciencia nos ofrece y hacer política haciendo caso omiso, muchas veces, a sus recomendaciones. Se puede asociar, reafirmado por distintos sucesos ocurridos esta semana, que aquellos presidentes caracterizados cómo populistas se comportan, entonces,  como negacionistas, al desoír a los expertos considerándolos como una elite no preocupada de los problemas reales del pueblo y buscando una “democratización de la ciencia” representada en ellos mismos, descreyendo del cambio climático, o en su momento del COVID-19 al evitar medidas drásticas y buscar con él, parafraseando a Boris Johnson, mejorar el sistema inmune de los individuos.

Hoy al ver las estadísticas de los países gobernados por este tipo de líderes, no queda más que asociar gran parte de sus malas cifras a esta deprimente conducta que ha cobrado miles de vidas. Tal como Johnson, Donald Trump, Jair Bolsonaro o, desde la otra vereda, Andrés López Obrador han reaccionado tarde para enfrentar al virus, sin querer desviar sus planes corrientes frente a esa fuerza externa que les quita la soberanía de las decisiones programáticas y llevarlos a actuar de emergencia. Hoy estos países son líderes en la parte oscura de las estadísticas del coronavirus.

Esta lamentable situación puede enseñar las trágicas consecuencias que surgen al desestimar la ciencia, y que podría ir muchas veces de la mano con líderes populistas. Aquí en Chile muchos políticos se acercaron a Jair Bolsonaro y competían por sacarse primero la foto con el nuevo presidente de Brasil. Si bien en Chile pareciese verse lejano un personaje de esas características, más allá del atractivo que haya tenido, en su momento para algunos Jair Bolsonaro, nunca se puede decir que se está libre de que emerjan líderes que se atribuyan la representación de los sentimientos latentes de la nación y que les bajen el perfil a pandemias por llevar a cabo su programa, que involucra una guerra contra la ciencia y los expertos tras ella.

Valorando el intento de la academia por estudiar el fenómeno del populismo, dejando cualquier adjetivo calificativo y teorizando con ojos neutrales, las experiencias que estamos viendo, de gobiernos que calzan en la categoría, no pueden sino reafirmar que en la práctica conlleva consecuencias negativas.

Ad portas de los desafíos medioambientales, el COVID-19 ha puesto en evidencia, a través de Estados Unidos, Brasil o México, los riesgos de tener a populistas a cargo y sobre todo la triste realidad de que, a la larga, la negación del siglo XXI, mata.

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