La naturaleza está ahí, escondida

Innumerables son las teorías conspirativas sobre el origen del coronavirus, con supuestos argumentos científicos, políticos, económicos, etc. Lo cierto es que el repertorio da para largas noches de cuarentena. Sin embargo, esto no hace más que lucir la noción de que los seres humanos fracasamos al abandonar la mirada centrada en nosotros mismos.

Esta pandemia se inclina como un nuevo -y temo que no el último- cachetazo de la naturaleza a la civilización humana advirtiendo que está ahí, escondida. Es cuestión de ver a sus integrantes más valientes ¿o quizás a los más angustiados? husmear rincones que los humanos deshabitamos circunstancialmente, plasmando escenas que dan la sensación de que hay un intruso en la casa: pumas en comunas de Chile, tortugas en peligro de extinción en playas de Brasil, cabras salvajes en una ciudad de Gales, entre otras fotografías.

Esta mirada centrada en nosotros mismos se ve reflejada en la paradoja antropocéntrica de que los humanos nos hemos probado tan exitosos en cambiar la naturaleza, que ahora somos víctimas de nuestro propio éxito. En otras palabras, la misma racionalidad instrumental que domina al mundo y el poder de la tecnología que se manifiesta como nuestro poder como especie, se ha convertido en nuestro mayor desafío. Es entonces que resulta imperioso reconsiderar la idea de que la vida en sociedad en si misma se basa en el hecho de que los seres humanos somos capaces de tener una existencia colectiva.

El carácter nuevo de las dimensiones que han tomado nuestros actos hace que, ante la falta de una ética valida respecto de las consecuencias de estos mismos,  la responsabilidad sobre el futuro de la humanidad se pose en los actuales encargados de las políticas públicas. Es en este sentido que los gobernantes, tanto en esta pandemia como en los desafíos venideros, deben ser provisores y actuar con sabiduría y mesura respecto al presente, que debe ser capaz de conservar un futuro al menos semejante. El diseño de las políticas de nuestros tiempos debe ser capaz de tener en consideración las futuras generaciones, de equilibrar y reorientar el dominio del hombre sobre los sistemas de la naturaleza poniendo a esta misma, como un eje estructural en las instituciones a largo plazo.  La vulnerabilidad en los seres humanos que está generando el desequilibrio de los sistemas hace imperioso que naturalicemos nuestras acciones.

En la medida en que como seres humanos seamos capaces de velar hoy por la naturaleza, podremos  proteger a la humanidad como especie, y de yapa, darnos cuenta de que no hay intrusos sino antiguos moradores.

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