Arauco tiene una pena, una vez más

Comienza una nueva semana y los turbulentos tiempos que corren, que oscilan entre la esperanza y el temor, no se detienen.

A pesar de estar rodeados por cordones sanitarios y fronteras clausuradas a lo largo de todo el globo, el virus no cesa su intenso viaje y ya ha timbrado su pasaporte en, prácticamente, el planeta entero. Con casi 2 millones de personas confirmadas como casos de coronavirus, la preocupación de las autoridades se ha desviado desde China y Europa Occidental, territorios que cumplen con altos índices de desarrollo humano, hacia las regiones más pobres y desiguales del mundo: América Latina, Medio Oriente y África. Y es que pasó lo inevitable: El virus no perdonó y arribó a zonas que, como dice el Premio Nobel en Economía de 2015, Angus Deaton, en su libro El Gran Escape, no han sido capaz de “escapar” del subdesarrollo y siguen inmersas en la pobreza, las carencias y, lo más grave en el contexto actual, una salud precaria. En su libro, Deaton explica que todos los grandes procesos de progreso humano dejan también un legado de desigualdad. Naturalmente, los frutos del progreso nunca pueden verse reflejados inmediatamente para todos de igual forma, permitiéndole a ciertos actores acceder al deseado desarrollo pero dejando a otros atrás. De esta forma, todo proceso de auge económico deja siempre un doble efecto: Desarrollo y prosperidad, por un lado, y desigualdad, por el otro.

Los tremendos progresos en el área de la salud que hemos experimentado en los últimos 250 años no son la excepción al doble efecto que describe Deaton. Si bien gran parte del mundo ha sido testigo de tremendas mejoras en varios índices de salud como lo son la esperanza de vida, la mortalidad infantil o la desnutrición, existen algunas zonas marginadas del desarrollo que han experimentado casi nulos avances en los índices anteriormente descritos. De esta manera, podemos observar que mientras la esperanza de vida al nacer de las mujeres en Japón es de 86 años, la esperanza de vida al nacer de las mujeres en Zambia se reduce a la mitad y alcanza tan solo los 43 años. E inclusive podemos observar estas desigualdades dentro de un mismo país: La esperanza de vida de los aborígenes australianos es considerablemente inferior (59,4 para los hombres y 64,8 para las mujeres) que la de los australianos no aborígenes (76,6 y 82, respectivamente). Así, nace lo que la OMS llama inequidades sanitarias: Desigualdades evitables en materia de salud entre grupos de población de un mismo país, o entre países.

Por esta razón, es admisible pensar que la ruta del coronavirus por nuestro desigual planeta termine desnudando las amplias inequidades sanitarias que nos rodean. Un buen ejemplo es lo que se ve en Estados Unidos, donde las poblaciones afroamericanas y latinas se han convertido en las principales víctimas: En la ciudad de Nueva York, el epicentro de la pandemia en EEUU, hasta el 8 de abril, el 28% de las 4009 muertes por covid-19 eran personas afroamericanas y el 34% de las muertes correspondían a hispanos. En el estado de Michigan el panorama es aún más nefasto, los afroamericanos conforman solo el 14% de la población, pero acumulan el 33% de los casos reportados de covid-19 y el 41% de las muertes. Lo mismo se replica en ciudades como Chicago, Nueva Orleans o la ciudad de Milwaukee, en Wisconsin.

Y en Chile, ¿Cuál es la realidad?

Lamentablemente, nos condenan nuestras propias inequidades sanitarias.

Entre las araucarias y los copihues que abundan en la región de la Araucanía se esconde una triste realidad: La región es la que más muertes concentra por el coronavirus, alcanzando la tasa de letalidad más alta del país, y Temuco es la comuna con más casos en todo el territorio nacional.

Pero, ¿Qué explica la catastrófica situación que se vive en la región del sur del país? Seguramente todavía es muy prematuro para empezar a plantear teorías que expliquen la alta incidencia del virus en la tierra de las raíces mapuches, pero si nos basamos en El Gran Escape de Deaton, quizás podamos encontrar algunas pistas.

La Araucanía se perfila actualmente como la región que más atrás se ha quedado en el proceso de desarrollo chileno. Según la Casen 2017, la región presenta un 28,5% de población en situación de pobreza multidimensional, situándose 7,8 puntos porcentuales por sobre la media nacional y ocupando el nivel de pobreza más alto del país. Esta realidad se ve perfectamente replicada en las inequidades sanitarias de Chile, entregándonos a la Araucanía como la región líder en los peores indicadores de salud nacional. Otro punto a considerar es la situación que se vivía en el sistema hospitalario de la región, que estaba bajo el promedio nacional en camas (1,4 por mil habitantes en la región y 2,1 en el país) y ventiladores (4,6 por 100 mil habitantes en la región y 9,2 en el país) antes de que el Ministerio de Salud anunciara la compra masiva de nuevos equipos y adelantara la entrega de nuevos hospitales en Padre Las Casas y Angol.

El virus llegó a desnudar nuestras propias inequidades sanitarias y, una vez más, La Araucanía es la victima predilecta.

Se vienen las semanas más críticas de la pandemia y la humanidad enfrentará el desafío de combatir al virus en los sistemas sanitarios menos preparados del mundo para afrontar la situación. En esta fase veremos quienes son los principales afectados por el covid-19 y si es que las inequidades sanitarias se convierten o no en el mejor aliado del renombrado virus.

Bruno Odone Pasquali.

Links de interés:

https://www.who.int/social_determinants/final_report/key_concepts/es/

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52219474

https://www.senado.cl/appsenado/index.php?mo=transparencia&ac=doctoInformeAsesoria&id=1853

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