Otro virus en casa

Transitamos por tiempos complejos, qué duda cabe. La incertidumbre y el miedo se han apoderado de nuestra cotidianidad de forma abrupta, sin compasión. Cuesta abstraerse y tomar distancia a la hora de intentar comprender las dimensiones de lo que estamos enfrentando.  Y es que realmente esta situación – como tantas otras en la historia universal – nos viene a recordar nuestros peores temores, conforme a los cuales se realza la vulnerabilidad de la experiencia humana.  

En el plano nacional, dentro de las pocas certezas que tenemos en medio de este nebuloso panorama, podemos dar cuenta que el golpe de la pandemia de COVID – 19 deja al descubierto los enormes problemas estructurales que evidenciamos como sociedad. Algunos ejemplos se relacionan en torno al drama de la informalidad laboral, la dificultad para asegurar insumos médicos en centros de salud en regiones, o los malabares para garantizar alimentos a cientos de niños/as y jóvenes que ven en la asistencia a clases su única fuente diaria de nutrición, etc. En definitiva, se hacen más palpables un sin fin de problemas que circulan de forma soterrada en la vorágine del acontecer chileno.

Dicho lo anterior, en los últimos días ha trascendido en algunos medios de comunicación alarmantes cifras en relación al aumento reportado en casos de violencia intrafamiliar en nuestro país. Datos entregados por el Ministerio de la Mujer nos muestran que en el período comprendido entre el 20 y 22 de marzo pasado se registraron 532 llamadas de mujeres denunciando violencia en sus domicilios a lo largo de Chile. El número aumenta sustancialmente al observar el período que va desde el 27 al 29 del mismo mes, registrando ahora 907 llamadas. Es decir, sólo una semana después, en un contexto en donde paulatinamente se comienza a inducir a la población a realizar cuarentenas, se percibió un aumento de denuncias cercano al 70%. Una muy triste realidad.

Un punto que es importante destacar es el hecho de que si bien, no sólo mujeres sufren de estos traumáticos episodios, sino también niños/as y hombres, la intuición y la evidencia nos demuestran que efectivamente, el primer grupo mencionado está mucho más expuesto a padecer acontecimientos violentos. Sobre lo último, sólo pensemos en que durante marzo de 2019, se registraron 4 casos de femicidios frustrados en Chile, versus 18 casos notificados para marzo recién pasado. Aumento realmente considerable.

Ahora bien, en el contexto de esta crisis sanitaria, resulta natural inferir que se agudice nuestra fragilidad vinculada a estresores como vivir en hacinamiento o el temor a la posibilidad de perder la fuente de empleo. Sin embargo, en mi interpretación, son otros los factores que terminan ponderando mucho más en la construcción de una ecuación para analizar el fenómeno de la violencia intrafamiliar.

Me refiero específicamente a la idea de que a pesar de una mayor visibilidad, aún persiste con fuerza en las raíces de la sociedad chilena una cultura esencialmente machista. Da la impresión que no logramos desprendernos de ciertos patrones de comportamiento que están demasiado arraigados en nuestras formas de vivir. En la pobreza cultural del hombre chileno se siguen sosteniendo creencias, actitudes y conductas que se relacionan a una concepción de superioridad del género masculino. Todavía prevalece en el imaginario público la convicción de que el hombre es el pilar de la casa, y por ende, se le debe respeto y admiración. Ante esta visión, cualquier acto violento podría encontrar justificación.

Es francamente desolador pensar en el dolor y la angustia de aquella persona que ante el temor que produce una amenaza tan implacable como ha demostrado ser el COVID – 19, intentando encontrar paz y seguridad en el calor de su hogar, por el contrario, choque de frente con paredes erigidas por una descabellada violencia.

Aunque se valore el fortalecimiento de la institucionalidad vigente para denunciar y dar apoyo a las víctimas, como es lo que ha hecho el propio Ministerio de la Mujer y el Ministerio Público, es ineludible la responsabilidad de tomar esta realidad e intentar abordarla desde una perspectiva sistémica, más aún cuando el espacio para un proceso constitucional ya está abierto.

En medio de un descalabro mundial desatado por una pandemia de feroces magnitudes, duele asimilar que para muchas personas su propio hogar, no es un lugar seguro producto de la violencia de género. Duele reconocer que en efecto, existe otro virus en casa.

Daniel Pacheco Henríquez.

Ingeniero Comercial.

Magíster en Economía y Políticas Públicas UAI.

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