Las venas expuestas de América Latina

“Nunca seremos dichosos, ¡nunca!” Escribía, lleno de ira y decepción, el héroe libertador de América, Simón Bolívar, cuando le sinceraba a uno de sus más leales aliados, el General Rafael Urdaneta, su preocupación por las divisiones internas que terminarían desvaneciendo sus sueños de unir a la incipiente América Latina libre e independiente en una sola gran nación: La Gran Colombia.

Casi como un profeta, Bolívar fallecería un año después siendo testigo de la aniquilación de su proyecto político a partir de la guerra que se generó entre la Gran Colombia y su vecino Perú, y de la desintegración del territorio con las separaciones de Ecuador, Panamá y Venezuela.

Y es que el héroe libertador pretendía dejar en el olvido el cruel y sanguinario pasado con el que la región debía coexistir: Con el desembarco de los españoles durante el año 1492, América Latina había sido condenada a convivir con guerras, pestes, imposiciones religiosas y el exterminio de sus pueblos originarios.

Los datos son categóricos. En Haití, por ejemplo, país que junto a República Dominicana forman parte de la isla de La Española, el primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo, estiman que contaban con cerca de 500.000 indígenas al momento de la aparición de Colón, en tan solo 20 años se habían asesinado a 470.000 nativos y esclavizado a los 30.000 restantes, 50 años después ya no quedaba un solo aborigen para contar lo ocurrido.

Pero no bastó con devastar las islas del caribe, ¿Dónde más buscarían oro los españoles? En tierra firme latinoamericana. Así, Hernán Cortés se embarcaría hacia México y destruiría la magnífica capital del imperio azteca: Tenochtitlán, Francisco Pizarro arribó al Perú para aprovecharse de los conflictos entre Atahualpa y su hermano Huáscar y aniquilar el glorioso imperio inca, Vasco Núñez de Balboa a punta de pólvora y espadas logró encontrar la primera ruta hacia el océano pacifico y Pedro de Valdivia, usando las mismas estrategias, cruzó el desierto de Atacama y llegó hasta Chile. De esta forma, comenzaría un largo suplicio en Latinoamérica que Bolívar soñaba con dar por terminado.

Hoy en día, la región vive una realidad diametralmente distinta a la descrita anteriormente. Pero se avecina una nueva amenaza que, al igual que la masacre conquistadora y la desintegración de la Gran Colombia, pareciera reavivar la frase de Simón Bolívar.

La pandemia del coronavirus aterriza en un territorio que se perfila como uno de los más expuestas del mundo a la enfermedad por dos grandes razones: Los bajos niveles de inversión en salud pública y el negacionismo que predomina en los líderes políticos de Brasil y México, los dos países más populosos de América Latina. Pero, ¿Qué tan baja es la inversión en salud pública de la región?

La gran mayoría de los países latinoamericanos declaran la salud como un derecho social garantizado por la constitución. Las constituciones de Brasil y de Venezuela, por ejemplo, la proclaman explícitamente como un “derecho de todos y un deber del Estado”. Sin embargo, cuando analizamos la proporción del PIB que estos países le asignan actualmente a la salud pública, nos podemos percatar de lo lejos que están de otras naciones: Según el Instituto de Estudios para Políticas de Salud (IEPS), México destina el 3% de su PIB a la salud pública y Venezuela tan solo el 1,7%, mientras que el promedio en los países OCDE es de casi 7%. Pero no es todo, si tomamos la inversión total en salud (pública y privada) por habitante, nos llevaremos otra triste sorpresa: La región es una de las que menos invierte en salud con 949 dólares per cápita (casi 4 veces menos que los países miembros de la OCDE e incluso menor a Medio Oriente y el norte de África).

La inversión en salud se identifica como uno de los factores claves que componen el capital humano. Desde la economía, el capital humano es un término que usualmente se utiliza en teorías de crecimiento para conceptualizar los elementos (principalmente educación y salud) que definen las capacidades y habilidades que hacen económicamente productivas y competentes a las personas. Es por esta razón que la inversión en salud no es algo trivial y cumple un rol clave en una región bastante desigual, donde sus habitantes más vulnerables están más expuestos a shocks de salud que les impiden formar parte del mercado laboral formal.

Si a todo esto le agregamos líderes políticos que se niegan a creer en los efectos de la pandemia o simplemente rechazan priorizar cuarentenas estrictas para no incurrir en costos económicos, el panorama se ve realmente escalofriante.

Esperemos que la región sea capaz de tomar las medidas pertinentes y que el crudo invierno que se acerca en el hemisferio sur sea más generoso de lo que nos mostraba la serie Game of Thrones. Lo que parece inevitable es que en la América Latina post coronavirus la inversión en capital humano por fin comience a tomarse en serio para poder, de una vez por todas, asegurar a los latinoamericanos frente a los múltiples shocks de salud a los que se exponen día a día debido a la eterna desigualdad y a la profunda pobreza que caracterizan a nuestra sufrida tierra.

Quizás, de esta forma, podamos acercarnos un poquito más a los sueños de Bolívar y ser algo más dichosos.

Bruno Odone Pasquali

Links de interés:

https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-51916767

https://www.nytimes.com/es/2020/03/19/espanol/opinion/coronavirus-america-latina-gobiernos.html

https://ieps.org.br/wp-content/uploads/2019/11/Garantindo-o-Futuro-da-Sau%CC%81de-no-Brasil.pdf

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